La Coctelera

Reggio

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3 Septiembre 2007

Cuándo, cómo y dónde, de Arcadi Espada en El Mundo

EN LA COLUMNA DE UMBRAL / 6

«Aunque eso ahora ya poco importa», leo que dice la profesora Anna Caballé después de asombrarse de que las necros de Umbral insistan en que murió con 72 años y eludan la evidencia de que nació en la inclusa de Madrid, de padre desconocido. ¿Cómo que poco importa ya? Los mutis desmayados de la profesora Caballé siempre me provocaron gran nerviosismo. Esta de su muerte es precisamente la hora del Código Civil, la hora grande de la prosa stendhaliana, el signo de la cuna y de la tumba. La commedia è finita! Umbral no escribirá más sobre nada ni manejará literariamente fechas, soles, padres o hijos. La autoficción siempre acaba con el epitafio. ¡Ahora hay que dejar paso a la ficción crítica! Pero antes de que empiece, y dado que los periódicos han publicado la fecha exacta de su muerte y se han referido incluso al último sol de las uvas que amaneció en su boca, es imprescindible que se sepa cuándo, cómo y dónde Francisco Umbral.

Ese lead modesto es la obra hasta ahora principal de la profesora, que en septiembre de 1999, en el número 4 del Boletín de Estudios Biográficos de la Universidad de Barcelona, anunciaba: «Ya casi todo el mundo sabe que Francisco Umbral es un nombre literario. El nombre que figura en su carné de identidad es el de Francisco Pérez Martínez y nació en la inclusa de Madrid el 11 de mayo de 1932 (y no de 1935, como asegura la leyenda». Al igual que cualquier otro relato científico (también le pasa a las metáforas aunque tantos metafóricos lo ignoren) este párrafo es falsable. Pero el que se aventure deberá encararse con el registro civil. Es con aliados de similar calibre con los que se sostienen muchos otros de los datos que luego de este párrafo reunió la profesora en El frío de una vida, la que llaman «biografía no autorizada» de Francisco Umbral (queriendo decir, supongo, que es la única), y cuya sola mención se ha eludido estos días como peste en el duelo por el escritor. España es ese país meramente poético que ni acierta a contar sus muertos (aún hoy no dejan de decir que fueron 192 las víctimas del atentado del 11 de marzo) ni sabe poner entre paréntesis una vida. Ni sabe ni, lo que es mucho peor, le importa.

Anduve cerca cuando el trabajo de la profesora sobre Umbral. Sé bien con qué paciencia, rigor y drama siguió las huellas de un escritor que admiraba profundamente. Y sé también que algunas delicadas certezas que reunió sobre su vida no pasaron el cedazo de su prudencia crítica. Como me pasó siempre con su método (y hasta con su modo) las obstinaciones psicoanalíticas me fatigaron hasta el malestar físico. Creo también que sobrealimentó la presunta comodidad de Umbral con el franquismo y que yerra, aunque es un yerro muy común, al no entender que el periodismo de Umbral es mucho más importante que Mortal y Rosa, esa cumbre del género ídem que Josep Pla puso por las nubes diciendo que «con un poco menos de lirismo también nos habríamos arreglado». Pero Umbral tuvo suerte con la profesora Caballé: en España casi ningún escritor ha podido leer su vida. Aquí un escritor sólo alcanza a leer (¡en vida!) sus necrológicas.

© Mundinteractivos, S.A.

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