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3 Septiembre 2007

¿Ciencia perfecta?, de Enrique M. Ureña en Expansión

Entre los economistas alemanes de la segunda mitad del siglo XIX se encuentran varios que, sin abandonar el discurso propio de la ciencia económica, descubren elementos de carácter ético. Uno de los más preclaros fue sin duda Albert Schäffle (1831-1903), que ofrece para España el interés adicional de haber influido en Francisco Giner de los Ríos y otros personajes pertenecientes al ámbito de la Institución Libre de Enseñanza.

La primera vez que tuve noticia de Schäffle fue por cierto hace cuarenta y cinco años en las clases de Hacienda Pública de Enrique Fuentes Quintana en San Bernardo, circunstancia que aprovecho para rendir sentido homenaje a su memoria.

La mejor manera de comenzar el tema señalado en nuestro título es citar las líneas con las que abre Schäffle un artículo publicado en 1861 en una de las revistas más prestigiosas de Alemania: “Algunos consideran la Economía Política como una ciencia perfecta, en la que los más jóvenes sólo podrían retocar lo que los mayores han trabajado en la piedra bruta; y estos mayores, se dice, la habrían trabajado ya incluso con finura.

Otros, principalmente moralistas y teólogos, ven en la Economía Política la teoría aún tosca del mammonismo; el catecismo de aquella religión moderna, tan extendida, que adora al becerro de oro. Algunos de entre estos últimos exigen una reforma fundamental de la Economía Política, pero, al carecer de un conocimiento adecuado de esa disciplina, no pueden sino excitar con su patética censura el desprecio y la risa del economista. Y el resto consideran a la Economía Política sin más como una disciplina materialista, cuyo contacto daña las disciplinas morales y teológicas.”

Schäffle no gasta después tinta ni papel para criticar a los economistas satisfechos con una ciencia supuestamente perfecta, ni tampoco a los moralistas y teólogos cuyas admoniciones se dirigen a conceptos y mecanismos cuya naturaleza desconocen, ya que solo podrían conocerla desde dentro del propio conocimiento económico.

Pero eso no significa que Schäffle deje sin respuesta a unos y a otros. A sus colegas economistas responde desarrollando un nuevo enfoque de ciencia económica, que denomina “ético-antropológico”; y a los teólogos y moralistas les muestra el lugar de su nuevo modelo en el que se articulan coherentemente componentes éticos y económicos sin transgredir los respectivos discursos de las correspondientes disciplinas.

La coherencia discursiva de esa articulación descansa en el hecho de que hay componentes éticos situados dentro del propio mecanismo económico; y en que, sin abandonar el razonamiento estrictamente analítico, han de ser juzgados también desde el punto de vista ético. Solo si se da esta coincidencia puede hablarse con propiedad de una “ética económica”.

La teoría del valor

En 1870/1871 un economista francés (Walras), un inglés (Jevons) y un austriaco (Menger) abandonaron el concepto objetivo del valor (el valor del bien se rige por lo que ha costado producirlo) y establecieron un nuevo concepto subjetivo (el valor del bien se rige por el aprecio de su posible consumidor).

En su artículo antes mencionado, en su manual de Economía General del mismo año 1861 y en su escrito “El lado ético de la teoría económica del valor”, publicado en 1862, había establecido Schäffle ya ese nuevo paradigma del valor subjetivo, “que pone al hombre en el centro de la economía por ser el agente ético”.

La demanda es por un lado mecanismo técnico que, en su relación con la oferta, dinamiza el mercado y establece sus precios sin que la ética pueda ni tenga que jugar papel alguno en esa relación mecánica; y es también, por otro lado, el lugar en el que se sedimentan y activan las opciones de compra de las personas libres, opciones que sí pueden ser juzgadas desde el punto de vista ético. Por eso sólo puede hablarse de ética económica en relación a las personas que efectúan libremente sus compras en una economía de mercado.

Pero, prosigue Schäffle, no corresponde al economista en cuanto tal dictaminar sobre la cualidad ética de los bienes producidos o comprados, sino a la conciencia moral o religiosa del comprador o vendedor. La aplicación de este enfoque schäffliano a las diversas formas de organización económica de una sociedad ha de quedar para otro día.

Enrique M. Ureña. Universidad Pontificia Comillas.

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