La reacción del PSOE ante la marcha de Rosa Díez ha sido la esperable: acusarla, de modo abierto o subrepticio, de defender las tesis del PP. Según esa versión interesada, extendida desvergonzadamente por los medios afines al presidente Zapatero, la ya ex eurodiputada socialista no habría hecho otra cosa en realidad que actuar en consecuencia con su supuesto giro a la derecha, que haría imposible para ella mantenerse por más tiempo en un partido de la izquierda.

Tal interpretación de las cosas choca, sin embargo, con hechos evidentes que carecen, al parecer, de toda relevancia para el PSOE y sus intelectuales mercenarios. El primero es que Rosa Díez no se va para afiliarse al Partido Popular, sino a un grupo de nueva creación, que lideran Fernando Savater y Carlos Martínez Gorriarán. En el interior del Partido Socialista podrá estarse o no de acuerdo con sus conocidas posiciones, pero sólo desde la voluntad más descarada de mentir puede calificárselas como posiciones de derechas. ¿También Felipe González, Alfonso Guerra o Joaquín Leguina, que han sostenido o sostienen todavía ideas similares eran ya, o se han vuelto, de derechas?

Dejémonos de cuentos: la pura verdad es que la creciente discrepancia que la gente que actualmente se está agrupando en ¡Basta Ya! mantienen con la deriva del PSOE desde la llegada a su dirección de Zapatero y José Blanco -discrepancia que expresa un sentimiento compartido por cientos de miles de españoles progresistas- nada tienen que ver con sus políticas sociales o con sus reformas en materia de derechos, sino con los cambios en la política territorial y en la política de lucha contra ETA.

Rosa Díez tuvo el valor de proclamar estando en el PSOE lo que pensaban muchos militantes y dirigentes socialistas sobre la negociación con la banda terrorista y la errática tolerancia hacia Batasuna y sus marcas asociadas. Habló bien alto, mientras otros callaban o runruneaban por cobardía o por un mal interpretado patriotismo de partido, y acertó: la negociación con ETA fue un fiasco sideral y la tolerancia con los llamados aberzales ha servido para que ETA tenga otra vez representación institucional por medio de ANV, esa a la que la vicepresidenta De la Vega defendió como legal y tilda ahora, como si nada, de indecente. ¡Qué cara dura!

Bien está que el PSOE monopolice la representación de sus votantes. Pero que quien ha hecho mangas y capirotes con algunas de las mejores tradiciones del socialismo democrático español, con el único objetivo de seguir en el poder, pretenda establecer dónde acaba la izquierda y dónde empieza la derecha, es más de lo que un electorado progresista hecho y derecho debería estar dispuesto a soportar.