El pasado jueves día 30 aparecía en el periódico la odisea que había sufrido un vuelo de Finnair. Todo empezó por las protestas de algunos pasajeros a causa de una avería del avión que hizo que permanecieran dentro de él esperando más de tres horas a cuarenta y cinco grados de temperatura. La tripulación del DC10 pidió la intervención de la policía china, y a un mosso d¿esquadra y a una vecina de Premià - además de ser retenidos e interrogados en el aeropuerto de Pekín- no se les permitió volar.
Quizás les parezca raro, pero me encantó ver la imagen que acompañaba la explicación del suceso. ¿Saben por qué? Porque ya son muchos los viajeros - somos muchos, demasiados- los que en un momento u otro en estos últimos tiempos hemos sido tratados de la misma forma que reproduce la fotografía publicada.
La lástima es que en el resto de casos en que se han vivido situaciones parecidas no ha habido un gesto ni tan gráfico ni tan directo y mucho menos ha quedado prueba objetiva del maltrato, la desatención, la burla y la prepotencia con la que actúan una parte - a tenor de las quejas cada vez mayor- de la tripulación y demás personal de las compañías aéreas.
No es lógico lo que está pasando con las compañías de vuelo - es decir, la cantidad de retrasos, anulaciones, pérdidas de maletas y demás incidencias que se registran-, pero menos lógico y del todo inadmisible es el tipo de trato hacia los clientes que se ha instaurado de manera muy habitual entre el personal de las mismas. Huelga decir que ni todas las compañías ni todos los trabajadores son iguales y que hay muchos casos en los que el comportamiento de los mismos es exquisito; pero aun así, hay que insistir en que, de un tiempo a esta parte, el desprecio más absoluto hacia los pasajeros acaba siendo la tónica habitual y no una anécdota.
La gente protesta, claro que sí. Es la única vía ante la desatención y la impotencia de las situaciones vividas. A veces se protesta de malas maneras, y a nadie le gusta que le griten o le hablen mal, pero la mayoría de situaciones sólo reflejan el malestar y el enfado - por otro lado prácticamente siempre más que justificados- causados por el mal proceder de la compañía. El problema no está en que la paciencia de los pasajeros tenga un límite, sino en que no hay voluntad de servir bien al cliente, y ni aquellos usuarios que se arman de paciencia consiguen una buena atención. No se informa, ni se solucionan las problemáticas generadas de manera rápida.
Todo es muy complicado y trabajoso para el usuario. Aun así se protesta poco porque muchos se callan conscientes de la posición tan vulnerable que tienen ante la compañía. El ejemplo de Finnair lo deja bien claro. Todos queremos volar, llegar lo más pronto posible y con las maletas. Por lo tanto ningún viajero sale dispuesto de casa a armar la marimorena a la primera de cambio. Todo lo contrario, y nada justifica que la respuesta de los miembros de la compañía a cualquier tipo de reclamo se convierta en un ataque feroz con represalias incluidas.
De ahí la alegría que me produjo abrir La Vanguardia y asistir en primera fila y con butaca privilegiada a la plasmación inequívoca de la actitud prepotente y soez del piloto de la foto. Podemos dudar de las versiones, podemos creer que llevan más razón unos que otros, pero en todo caso queda claro que la actitud del comandante es del todo incorrecta y muy alejada no ya de la dignidad y el respeto a los demás, sino del todo inadmisible en un profesional con un cargo como el suyo.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados