LA TERRAZA

Me enteré de la muerte de José Luis de Vilallonga el jueves por la tarde mientras hacía zapping en la tele. La noticia apareció en uno de esos horribles programas del corazón. Al poco de dar la noticia, los presentadores del programa contactaron con John de Vilallonga, el hijo que José Luis tuvo con su primera mujer, la inglesa Priscilla Scott, quien dijo que hacía veintitantos años que no se hablaba con su padre. Luego apareció en pantalla el periodista Jaime Peñafiel quien dijo que el tal John era un mal nacido, que había escrito unas cosas terribles sobre su padre, etcétera, etcétera. La crónica de la muerte de José Luis se encaminaba, alegremente, irremediablemente hacia la pura mierda cuando, de pronto, los presentadores cambiaron de personaje y nos llevaron hacia el pueblo de El Arenal donde Julián Muñoz asistía al entierro de su hermana, ocasión que yo aproveché para preparar unos dry martinis y poner en el televisor el vídeo de Breakfast at Tiffany's, la película de Blake Edwards, de 1961, que aquí se estrenó con el título de Desayuno con diamantes.

En Breakfast at Tiffany's José Luis de Vilallonga, que cuando se rodó la película acababa de cumplir cuarenta años, interpreta el personaje de José da Silva Pereira, un aristócrata brasileño, riquísimo, con pinta de playboy, que sale con una chica, Holly Golightly, una chica monísima (interpretada por Audrey Hepburn), y a punto está de casarse con ella de no ser que la chica se ve envuelta en un tinglado mafioso. Esa imagen de José Luis de Vilallonga -que en los caracteres de la película aparece como Vilallonga, sin el nombre ni la partícula- junto a Audrey Hepburn es la imagen de José Luis que yo quería recuperar aquella tarde, la imagen de un mundo que ya no existe -"El final de la vida es triste, vivo en un mundo que ya no existe", dijo José Luis en una de sus últimas entrevistas-, pero que el cine, acunado por el Moonriver de Henry Mancini y Johnny Mercer, por los maullidos del gatito atigrado de la chica Holly y por los dry martinis -que me salieron estupendos-, me permite revivir por una hora y quince minutos.

Yo conocí a José Luis un par de años después de haberse estrenado Breakfast at Tiffany's y cuando estreché su mano no pude menos que pensar que acababa de estrechar la mano del novio de Holly Golightly, de Audrey Hepburn. Años más tarde, cuando Marsé y un servidor coincidimos en un almuerzo en Valencia con el famoso actor y cantante francés Yves Montand, mi amigo Marsé, después de estrecharle la mano del cantante, me dijo: "Acabo de estrechar la mano que ha tocado el culo de Marilyn Monroe". A José Luis le conocí en París, en un cóctel que daba una editorial -'Gallimard'- en el bar del Hotel du Pont-Royal, en la Rue du Bac, frente al que había sido mi domicilio en el año 1947. Me hizo gracia conocerle precisamente en el bar de aquel hotel, un hotel donde había fallecido don Miguel Primo de Rivera, aquel general que solía merendar con la abuela de José Luis, doña Dolores de Cárcer y de Ros, marquesa de Castellvell y baronesa de Maldà, en el palacio Maldà, en Barcelona; un general al que, como cuenta José Luis en uno de sus libros, El gentilhombre europeo, le gustaba una barbaridad el fuet que le regalaba la señora marquesa, y que el general "rociaba varias veces con el vino dulce de nuestra bodega". Se lo conté a José Luis, se echó a reír y acabamos brindando a la memoria del general.

Hará cosa de diez años, reviví aquel primer encuentro con José Luis cuando su hermano Alfonso transformó el dormitorio de la abuela en el palacio Maldà en la calle del Pi, en bar, y el resto de las habitaciones privadas en un club en el que Alfonso, Miguel Milà y Ana Cristina Werring tocaban la guitarra y cantaban boleros y sones montunos, como El limpiabotas: "Ándele, muchacho / métele el cepillo / y ahora dale al trapo / pa que saque brillo..." Con Alfonso, que era muy simpático y muy cariñoso, estuvimos hablando un buen rato del general, de la abuela -prima hermana de la mía, según me contó Alfonso-, y de su hermano José Luis.

Volviendo a Breakfast at Tiffany's, es una verdadera lástima que por culpa de unos mafiosos José da Silva Pereira no acabe casándose con Holly Golightly, porque Vilallonga y la Hepburn hacían una hermosa pareja, mucho más agradecida que la que forma la Hepburn con George Peppard. El tal Peppard es un actor sosísimo; "una pepa", como decía el marido de Azucena. Azucena, que hace años fue mi vecina, era, es, una señora estupenda que de jovencita trabajó como azafata de una compañía de líneas aéreas argentina y no sé cómo se convirtió, antes de que se rodara la película de Blake Edwards, en la novieta del joven actor George Peppard. No pocas fotografías habré visto yo del tal Peppard con la guapa Azucena y puedo garantizarles que entonces ya era tan sosito como en la célebre película.

Con José Luis habré coincidido una docena de veces, en sitios bastante raros -recuerdo un programa de televisión, en Prado del Rey, en el que teníamos que comentar una novela de Klaus Mann, un programa del todo surrealista-, pero, al margen de nuestro primer encuentro, guardo un especial recuerdo de cuando se rodó en una finca de Pedralbes uno de los capítulos de la novela de mi padre Vida privada. Era una coproducción de TVE2 y la RAI, con actores de aquí y actores italianos. José Luis interpretaba el personaje de un aristócrata catalán que acude a la fiesta que Hortensia Portell da en su palacio del paseo de la Reina Elisenda y donde se espera que acuda el dictador, un dictador que no es otro que el general Primo de Rivera, el cual en aquellas fechas -1929, el año de la Exposición- se encontraba en Barcelona y después de cenar en el Círculo del Ejército había prometido asistir a la fiesta de la señora Portell. José Luis, con su frac, estaba elegantísimo y hacía sufrir de envidia a unos actores del país que a su lado parecían ir disfrazados de camareros del Ritz. "Volvemos a coincidir a la sombra del general", le dije. Pero en aquella ocasión, a falta de una buena copa, sustituimos el brindis por unos habanos: él encendió un 898 de Partagás y yo un robusto de la misma casa.

Me ha dolido la desaparición de José Luis de Vilallonga, como en su día me dolió la de su hermano Alfonso. Sé que José Luis fue un personaje difícil, en ocasiones de pluma envenenada, con pocas simpatías en el mundo de la cultureta, por muy descendiente que fuese del barón de Maldà. Pero era un caballero y supo llevar su vida, que no siempre fue una delicia, con una gran dignidad. Quiso ser un escritor y acabó siéndolo, y de un cierto mérito: su libro La nostalgia es un error (1980) es, en su género, un excelente libro. Para un cronista de terrazas, terrazas principalmente barcelonesas, la desaparición de José Luis deja un vacío. No es lo mismo ver al marqués de Castellvell saliendo del Majestic y paseándose por el paseo de Gràcia, que ver ese paseo invadido por un turismo de pies sucios que se rasca el culo, como un mandril, ante el escaparate de Pronovias. José Luis de Vilallonga era un gentleman, un señor, y ya me perdonarán ustedes, pero los señores cada vez escasean más en Barcelona.

P. S. Jordi Galves escribe en La Vanguardia el subrayado es mío- son comparables a los cursos de literatura de Nabokov o a los trabajos de Borges y de Henry James". ¡Y yo sin enterarme! La gente regresa al barrio y las terrazas vuelven a abrir. En el restaurante Cala Lloret (Rosselló-Bailèn) hubo jaleo esta semana protagonizado por un falangista, un militar y un republicano. Entre las frases que se oyeron, me quedo con esta: "Es que yo amo a España más que a mi puta madre, cojones!". Junto al bar Moe's han pintado una hoz y un martillo de considerables proporciones. Todo parece indicar que es obra de la Coordinadora d'Assemblees de Joves de l' Esquerra Independentista que se anuncia - "Jove, organitza't i lluita amb assemblea de joves"- frente a la Orxateria-Turroneria Verdú (riquísimos helados) en Rosselló-paseo de Sant Joan. ¡Más madera! Philippe Bot canta en el Pastis todos los domingos del mes de septiembre (nuevo repertorio), a las 22.30.