PANORAMA POLITICO

El conflicto entre la Argentina y Uruguay por Botnia tiene otro pico de tensión. Pero se reanudó el diálogo entre los gobiernos para buscarle una salida política al pleito. Hay presiones de España. Cristina habría sido informada de las negociaciones reservadas.

El paisaje del conflicto tiene ahora colores muy contrastantes. Los espíritus belicosos sobrevuelan de nuevo las orillas de la Argentina y Uruguay después que la pastera Botnia inauguró la semana pasada su puerto con una ceremonia bendecida por Tabaré Vázquez. Pero hay otros espíritus, que habitan el poder político de una y otra nación, empeñados con la paciencia de pastores en ahuyentar aquellos presagios de violencia y hallarle un desemboque razonable al pleito.

Es difícil pensar en la racionalidad cuando esa racionalidad se ha perdido hace rato. Muchos ciudadanos de Gualeguaychú no temen ya por el supuesto daño ambiental que provocará la pastera sino por sus propias vidas. Nadie, ni aquí ni en Uruguay, ha hecho nada para disuadirlos. Eso explica lo inexplicable: la persistencia de los cortes fronterizos, que el Gobierno acepta de brazos cruzados, y ciertas manifestaciones de protesta —la marcha programada para hoy— que crispan el humor bilateral. Tanto que reaparecieron en la escena los viejos cascos y los fusiles militares. Para colmo, Botnia se sigue comportando con una indiferencia supina, como si su emprendimiento estuviera enclavado en un desierto. Atizó los miedos con un escape de gases tóxicos debido a una falla técnica sobre la cual no ofreció explicación.

Alberto Fernández y el secretario de la Presidencia de Uruguay, Gonzalo Fernández, estuvieron reunidos. No estuvieron a solas. Hace un par de semanas habían dialogado por teléfono. El jefe de Gabinete negó la existencia de tal encuentro, aunque su partida en helicóptero hacia la Estancia Anchorena haya dejado alguna huella. Voces diplomáticas uruguayas fueron menos tercas y no se atrevieron a confirmar pero tampoco a desmentir la reunión.

¿Los convocó acaso el miedo a un pico indetenible de tensión? La tensión preocupa, pero uno de los actores de la negociación advirtió que esa tensión no puede tabicar todas las puertas. "El clima de las noticias es malo, pero el clima político entre los dos países es bastante menos malo", tranquilizó. ¿Un acercamiento entre Néstor Kirchner y Tabaré? Nada de eso. Pero los dos presidentes parecen haber comprendido que el conflicto está bordeando un peligroso doble límite político, interno y externo.

Kirchner y su mujer candidata, Cristina Fernández, enfrentan las elecciones de octubre con la amenaza de que Botnia esté en pleno funcionamiento. Tabaré ha concitado la unidad a través de la defensa de aquel proyecto industrial, pero no parece dispuesto a gobernar el resto de su tiempo que caduca en marzo del 2010 con la hostilidad de su vecino. Sucede algo: el mandatario anticipó que no bregará por una reelección que la ley no habilita. Esa confesión desató la lucha de la sucesión en el Frente Amplio. Esa lucha está afectando su esqueleto político y fomentando el crecimiento del senador del Partido Blanco, Jorge Larrañaga. La oposición blanca respalda a Botnia, pero cuestiona el manejo que Tabaré hizo de los vínculos con la Argentina.

Kirchner y Tabaré enfrentan, además, un desafío conjunto. España no desea que su mediación quede en la nada. No es la mediación del premier José Luis Rodríguez Zapatero. Es la mediación del rey Juan Carlos. Kirchner tiene aún un reto mayor que Tabaré: fue él quien pidió un gesto solidario del monarca. El Rey ha hecho algunos llamados a la Casa Rosada. El facilitador español, Juan Yáñez Barnuevo, ejerce presión diplomática en ambas orillas porque pretende que Juan Carlos no tenga las manos vacías cuando en noviembre se realice en Chile la Cumbre Iberoamericana.

¿Será posible? A España le cuesta comprender el hermetismo y los desatinos políticos de la Argentina y Uruguay. Le cuesta comprender también la intransigencia de Botnia. Comprendió, en cambio, que las reuniones entre técnicos de ambas naciones, que venía auspiciando, carecen a esta altura de sentido. No habrá solución técnica si no existe antes voluntad política. Por esa razón se aplazó la cita prevista para el 12 de setiembre en Nueva York. Por ese mismo motivo se alentó el encuentro reservado en la Estancia Anchorena. El intercambio podría reanudarse en la Asamblea de la ONU. Pero de ese intercambio participarían funcionarios políticos de primer nivel y no diplomáticos ni especialistas en la Cuenca del Río Uruguay.

El Gobierno dejará de enarbolar el reclamo de la relocalización de Botnia. La relocalización es desde un punto de vista técnico inviable. Uruguay se ha comprometido a extremar la fiscalización sobre la planta una vez que comience a funcionar. Tabaré le acaba de reclamar a Botnia una serie de requisitos antes de concederle la autorización operativa final. Esos requisitos llevarán un tiempo que quizá supere las elecciones de octubre. Es la esperanza de Kirchner. Uruguay demandaría alguna compensación: que se mantenga abierta la frontera en Concordia y que se levanten los cortes en el paso de Colón, motorizados desde hace mucho por apenas una decena de personas.

Gualeguaychú es otro tema. Es junto con la dureza de Botnia el problema más grave que golpea a Kirchner y a Tabaré. Hay en esa ciudad un miedo genuino y otro miedo que alimenta la política electoral. El menemista Héctor Maya hace causa común fuerte con los asambleístas. Maya irá en octubre como candidato a diputado en una lista junto al ex senador Augusto Alasino. Ambos apoyan la postulación a presidente de Alberto Rodríguez Saá, detrás del cual están Adolfo, su hermano, y Carlos Menem.

El peronismo y el kirchnerismo entrerriano no se quieren quedar atrás: el gobierno de Jorge Busti iniciará una acción en barrios de Gualeguaychú tendiente a formar una base de datos sobre la salud de sus habitantes. Harán ahora mismo análisis de sangre, orina y radiografías de tórax. Repetirán el mecanismo dos meses después que Botnia empiece a funcionar. El fantasma de la posible contaminación circula en todas las cabezas.

Aquellos aspectos del conflicto deberán ser resueltos, o no, por los gobiernos de la Argentina y Uruguay. Por otro andarivel transcurre el fallo de la Corte Internacional de La Haya. El tribunal se podrá expedir a partir de abril o mayo. Para esa época la pastera estará funcionando y se sabrá cuánto dañan el medio ambiente. Sobre esos temores se fundamentó la presentación judicial de nuestro país. Pero cualquiera sea el sentido del veredicto, se impondría antes la necesidad de aflojar el ambiente espeso existente ahora.

Esa necesidad forma parte de una coincidencia de Kirchner con Cristina. La candidata oficial considera inconcebible la prolongación del conflicto. Aunque es consciente de que, si gana, le caerá la parte más pesada de la herencia. Quizás tratar de desarticular la resistencia de Gualeguaychú. Cristina estuvo hablando hace semanas de ese tema con Jorge Taiana durante la visita a México. Integra sus prioridades de la política exterior, si es que llega a suceder a su marido. La senadora tampoco fue ajena a las negociaciones de la última semana.

Sobre esa cuestión —y sobre otras— la senadora no habla en su campaña. Su discurso casi excluyente navega por el momento las aguas de la concertación. Tanta insistencia, tal vez, tenga explicación: el ensayo deberá transitar un sendero difícil desde la teoría a la práctica. El peronismo clásico no entiende demasiado de concertaciones. La candidata lo comprobó en su lanzamiento cuando esa prédica fue replicada por los asistentes con la marcha peronista. Quedó explícito en declaraciones del gobernador de Córboba, José Manuel de la Sota, que despreció a Julio Cobos, y fue insinuado también por Hugo Moyano.

Aquella idea ha comenzado a calar mejor, en cambio, en los ambientes empresarios. Los empresarios sienten que han atravesado un arenal durante la gestión de Kirchner. Imaginan la concertación e imaginan también la posibilidad de un diálogo que en estos cuatro años escaseó. Aunque ciertos impactos los reponen abruptamente en la realidad: la pelea verbal y judicial, por ejemplo, del secretario de Comercio, Guillermo Moreno, con la petrolera Shell.

Cristina va dando, sin embargo, pequeñas señales diferentes de las que supo dar Kirchner. Asistirá esta semana a un coloquio empresario —al cual nunca concurrió el Presidente— que tendrá un esbozo de concertación. Los empresarios han invitado a sindicalistas a compartir sus reuniones y sus deliberaciones. Uno de los temas centrales del coloquio será la situación energética.

Cristina se ha sentido por primera vez cómoda en campaña. La oposición hizo su aporte: el desacuerdo entre Ricardo López Murphy y Elisa Carrió no le hizo nada bien a la confianza que debería ganar la sociedad para votarla y empujar la elección a un ballottage. Roberto Lavagna, ajeno a todo eso, se ilusiona con sacar provecho de la ruptura.

Pero aquella comodidad de Cristina no tuvo tanto que ver con la oposición. Tuvo que ver, sobre todo, con su propio Gobierno, que por una semana no apareció enredado en alguna tropelía.

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