La Coctelera

Reggio

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2 Septiembre 2007

El dilema del jardinero, de Clara Sanchis en La Vamguardia

EL RUNRÚN

En un pueblo de Granada tenían un dilema. No sabían si instalar una antena de telefonía móvil junto a sus casas o no. Los entiendo muy bien. Yo también tengo una al lado de la mía y, como ellos, no he conseguido averiguar si es peligrosa para la salud o no.

Sanidad parece tener la misma duda y al mismo tiempo que asegura que no existe suficiente evidencia para deducir que los campos electromagnéticos producen efectos negativos para la salud, recomienda evitar que el haz de emisión de las antenas afecte a espacios sensibles como escuelas, hospitales o parques. Tal vez podría Sanidad reconsiderar que uno siente a sus hijos, y hasta a su propia persona, como un espacio altamente sensible que merece ser sensiblemente protegido de este tipo de peligros por muy insuficientemente evidenciados que sean. Mientras tanto, en el pueblo de Granada han resuelto su dilema con un referéndum que les ha llevado a abstenerse de telefonía móvil por un solo voto de diferencia. Yo, incapacitada para hacer un referéndum conmigo misma, me debato en soledad con el dilema de si mudarme o no, plantando cactus en el balcón de mi casa.

Hay dilemas de muchas clases. Si, por ejemplo, quieres viajar en ferry y dudas entre meter a tu familia en el maletero del coche o pagarles el pasaje, estás en un dilema más o menos mercantil. Y si tienes una enorme fortuna y no sabes si dejársela a un perro o a un humano, podrías estar rozando un dilema existencial.

Pero hay dilemas en la vida que le chupan a uno la conciencia. Encrucijadas que una mañana toman cuerpo y se te enroscan entre las sábanas y te mordisquean los tobillos. No sabes cuál es la mejor opción. Con la encrucijada entre las cejas. La disyuntiva en los higadillos. Como picaduras de avispa. Quizás sea mejor cerrar los ojos y lanzarse al precipicio de los instintos. Porque no saber qué hacer puede ser angustioso y paralizante. Conozco a un tipo que enfermó de dilema. Era un hombre inteligente y lúcido, hasta que empezó a dudar. De cualquier cosa. Dudaba si se ponía la camisa azul o la verde. Daba igual una que otra, ese era el problema. Dudaba si tocar la guitarra o no, si salir a tomar un café o no, si fumarse un cigarro, si dar un beso o un paseo. Convirtió la duda cotidiana y saludable en una maraña de encrucijadas irresolubles. Y empezó a no hacer nada. Corroído por la duda que se ha apoderado de su pensamiento, ahora tiene el pelo cano y da vueltas alrededor de la mesa del comedor de su casa arrastrando las zapatillas.

La hiedra envuelve el tronco y algunas ramas de un fresno gigante de contundente belleza. Como un cuerpo desgarbado, el árbol crece hacia las nubes poblado de nidos de palomas salvajes. La hiedra lo arropa, pero también lo devora. Le chupa la savia. Algunas ramas ya están secas y vacías de hojas como una enorme mano abierta. Hay que sacrificar a la enérgica planta trepadora cortándola de raíz para que el árbol no se vaya secando y muera. Pero sus hojas, de un verde oscuro y brillante, son tan hermosas como el fresno que succionan lentamente. Hay que elegir. O ella o él. El jardinero se debate en su dilema. El dilema del jardinero parecería un dilema que contiene otro dilema y todos los dilemas posibles.

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