WEEK-END POLÍTICO MUNDIAL
Uno detrás de otro los más notables colaboradores políticos de Bush se han ido retirando. El pasado jueves lo hizo el fiscal general, Alberto Gonzales.
Le antecedía un larga lista de personajes de tanta importancia en la cúspide de la Administración como el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, el que fue el segundo de éste Paul Wolfowitz, el ex embajador en la ONU John Bolton, Andrew Card, jefe de gabinete de la presidencia, su sucesora Harriet Miers, y docenas de otros altos funcionarios. Bush se va quedando solo, cuando dispone de poco más de 16 meses para residir en la Casa Blanca de aquí al 20 de enero del 2009.
Suele ocurrir que esto suceda en un segundo, y por lo tanto último, mandato presidencial norteamericano. Quienes han ocupado altos puestos con el presidente que va a ser inevitablemente saliente, abandonan el barco con tiempo. Pero en el caso de ahora hay algo más que esto. Dejan el puesto oficial porque estar en el entorno del presidente Bush es como un estigma.
El final de sus ocho años de mandato se avecina con un balance poco presentable. Yla retirada se impone. Por dos razones sobre todo: escapar antes de ser arrastrado por la posible mancha imborrable que dejará en el recuerdo el presidente. O, facilitarle a éste que intente a la desesperada rodearse de gente menos vinculada a la política llevada hasta ahora con el propósito, escasamente realizable, de darle la vuelta a la situación de descrédito que le rodea. El mismo Partido Republicano exige esta limpieza para evitar una catástrofe electoral en noviembre del 2009.
Se trata, sin embargo, de algo más grave. Casi todos lo que abandonan sus puestos son muy directos responsables de los errores de Bush. Son ellos quienes han tenido un papel determinante en el diseño de las iniciativas políticas que llevan la marca indeleble de un fracaso histórico. Más que como consejeros cabe decir que como autores. Hasta tal punto que a algunos de ellos se les puede señalar como creadores de la imagen misma de Bush. Primero como gobernador de Texas; luego nada menos que presidente de Estados Unidos.
El filósofo francés Bernard-Henri Lévy, en su libro American vertigo,fruto de un largo viaje por Estados Unidos, se pregunta "por qué una persona a quien durante mucho tiempo nadie hubiera supuesto ninguna oportunidad de escapar a su formidable mediocridad consiguió una vez, dos veces, ganar la competición más difícil de Estados Unidos y del planeta", la presidencia de este poderoso país.
La respuesta hay que buscarla en gran parte precisamente en los que ahora le abandonan. Ellos crearon al líder, ellos le lanzaron a la vorágine del favor popular después del 11-M y a partir de entonces le condujeron por un camino de supuesta gloria que acaba en la penosa trayectoria del último recodo para cuyo recorrido le dejan solo.
En este sentido hay que distinguir muy por encima entre los hacedores de la figura política de Bush. Sobre todo Karl Rove que le despejó el camino para el gobierno de Texas primero, posteriormente para la presidencia de Estados Unidos. ¿Sin Rove, Bush hubiera pasado de ser el "nacido para perder" de que habla Bernard-Henri Lévy? Hay que remontarse a Texas para entenderlo. Al estado petrolero donde se hizo la inmensa fortuna de los Bush, al circuito de poder de Bush padre que dirigió la CIA, fue embajador en China, luego vicepresidente y presidente de la República. Rove no trabajaba sobre nada. Hombres de Bush padre estuvieron desde el primer momento en ello. El actual vicepresidente Cheney, ligado a la gran compañía Halliburton; Rumsfeld, secretario de Defensa. Son gente en que la política y los negocios tienen un considerable punto de convergencia.
El Bush converso supo ganarse el fervoroso apoyo de las iglesias y movimientos evangelistas del ancho cinturón de la Biblia sureño. Y el auge poderoso de los neoconservadores vio en él al presidente idóneo. El 11-M hizo el resto. Aquel candidato que llegó a la Casa Blanca en olor de fraude fue de pronto ungido para una misión de salvador de la patria y de combatiente contra el Mal.
Sobre esta base, amparándose en el calor patriótico de un país que de pronto se veía atacado en el centro de su grandeza, los Rumsfeld, Wolfowitz y Cheney pusieron en acto el proyecto preparado desde mucho antes: el ataque a Iraq. La empresa parecía pan comido y se ha convertido en la más amarga pócima que se le ha dado a beber al pueblo norteamericano. Donde se esperaba gloria, hay defraudación; donde afirmación de poder, visible impotencia. Es más: si se trataba de cumplir con el destino moral de Estados Unidos en el mundo, aparecía una desgraciada sucesión de métodos reprochables. En la forma misma de cómo el ejército norteamericano ha llevado a Iraq al padecimiento de unos daños incalculables; en los procedimientos para combatir al terrorismo islamista. La mano sucia del entorno presidencial cuya criatura se identificó entusiasmado con el papel de portaestandarte de la democracia.
Y ahí entra la figura del hasta ahora último apartado del lado del presidente: Alberto Gonzales, como secretario de Justicia encargado de trabajo sucio de dar un barniz de legalidad a la ilegalidad. El jurista de cuya boca salió aquello de que los Convenios de Ginebra son una "superflua antigualla". Responsable de la supresión de garantías de la ley Patriótica y de la ley de Comisiones Militares, de la vergüenza de Abu Graib y Guantánamo, del traslado secreto de prisioneros a terceros países para ser encarcelados y torturados, del control del uso de internet y telefonía sin autorización judicial, del memorándum según el cual se puede recurrir a la aplicación de torturas de baja intensidad. Y, como guinda de la deshonra, el fiscal general que destituyó a ocho fiscales federales por ser incómodos para el Gobierno y el Partido Republicano.
Gonzales es hombre de Bush desde los tiempos de Texas, estado al que contribuyó, con el entonces gobernador, a convertir en el de mayor número de ejecuciones. No pertenece al núcleo de los grandes creadores del Bush primer magistrado de la mayor potencia del mundo, de los que han delineado las líneas esenciales de su política. Es de la familia de los fieles que han elaborado el aparato justificativo de lo injustificable.
Su desaparición del escenario público cierra un círculo y deja desnudo con sus responsabilidades a Bush, cuando la política de que tantos fueron interesados inductores o serviles cumplidores muestra una cara deformada identificable con la del presidente. Gonzales deja un eco amargo en la opinión e indigna al Congreso al responder cínicamente ante una comisión del Senado que no recuerda por qué destituyó a ocho fiscales federales. Habla por sí mismo que Bush diga de él que es una persona "de talento y honor que ha sido arrastrada al fango por razones políticas". ¿Honor? En esta clamorosa tergiversación del presidente va la calificación que merecen sus dos escabrosos mandatos al entrar en el último tramo.
Bush dijo en el 2005: "Estamos presenciando cómo se hace historia. Una historia que cambiará el mundo". Según recientes encuestas sólo entre un 35 y un 36 por ciento de los norteamericanos cree en él, en su mesianismo encubridor de torpezas, mentiras y métodos indebidos. Es improbable que deje a los norteamericanos otra historia por hacer que la de deshacer los entuertos del presidente y quienes ahora abandonan apresuradamente su entorno en la Casa Blanca.

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