La muerte de Francisco Umbral ha suscitado un auténtico alud de necrológicas en la prensa española. Sobre todo en El Mundo, donde el escritor publicaba ahora su columna diaria. La edición del miércoles de este rotativo llevaba cerca de 40 artículos de opinión sobre el finado, además de una generosa colección de piezas informativas, esquelas, viñetas, una docena larga de columnas del propio Umbral desempolvadas para la ocasión, y más de cuarenta retratos suyos, entre fotos y dibujos, a los que cabe aún añadir una quincena de imágenes de sus deudos frente al hospital mortuorio.

En tan copiosa despedida abundaban las hipérboles, los superlativos y los pasaportes a la inmortalidad, como corresponde al caso. Y quizá más. Toda loa es poca -nos dirán los fieles del escritor- en la hora dolorosa del adiós. Vaya y pase. Pero si hubiera que resumir en pocas palabras lo que Umbral ha aportado, bastaría con destacar su prosa musical, armada sobre una sintaxis imprevisible, y, ante todo, el uso ilimitado que hizo de su libertad como creador, tanto en la forma como en el fondo. En eso, Umbral tuvo una conducta ejemplar.

Es importante resaltar esta característica umbraliana, la del autor libérrimo, por más que a menudo viniera acompañada de groserías o salidas de tono. En su Utopía, publicada pronto hará 500 años, Tomás Moro recomendaba a los ciudadanos que se entregaran a la libertad y al cultivo de la mente, ya que sólo así lograrían la felicidad en vida. Pese a tan sabia exhortación, el poder ha intentado siempre, hasta anteayer mismo, controlar a los creadores. Umbral experimentó esas constricciones bajo el franquismo. Y colegas de otros países vieron -o ven todavía- recortada su libertad. Nos recuerda esta realidad otro muerto de agosto, el compositor ruso Tijon Jrennikov, fallecido el pasado día 14 en Moscú. Si Umbral fue un practicante de la libertad de expresión, Jrennikov fue el paradigma del represor de creadores. Desde que Stalin en persona le nombró secretario de la Unión de Compositores en 1948, y hasta que dejó el cargo, en 1990, Jrennikov ejerció cual dictador musical soviético y fue el azote de compositores como Shostakovich o Prokofiev. Todo autor musical que no abrazara la causa comunista podía ser acusado de antinacional, formalista y reaccionario y, a continuación, sometido a censura e intimidación. "Su lenguaje musical -escribió Jrennikov a propósito de Shostakovich, al que forzó a la autocrítica y la humillación- encubre formas y emociones extrañas al realismo soviético: un expresionismo ampuloso, una preferencia por la degeneración y una fealdad próxima a la patología". ¿A qué nos suena esto? Más o menos, a lo que decían los nazis de todo arte que no ensalzara la belleza aria.

Stalin nos parece hoy una figura de otra época. Sin embargo, pertenece a nuestra contemporaneidad: hace sólo cuatro años, Putin condecoró a Jrennikov con el Gran Premio de Estado; y no precisamente después de que renegara de su carrera músico-policial. En Occidente tendemos a pensar que nuestra libertad está garantizada. Pero no lo está: hay que luchar por ella cada día. Las conductas hegemónicas y abusivas perviven, también en las estructuras culturales, bajo dispares ropajes ideológicos, llámense éstos corrección política, mercado o izquierdismo excluyente. Todo pensamiento único suele acabar alumbrando, paradójicamente, a su antagonista. Y cuando tales antagonistas se enfrentan, ninguno de ellos duda en recortar, de modo más o menos subrepticio, las libertades del creador que pasaba por allí. Por ello es conveniente que se hagan oír el mayor número posible de voces creativas libres: la profusión de umbrales es el mejor antídoto frente a los jrennikovs de este mundo.