La pertinaz llovizna, de Francisco Prendes Quirós en La Nueva España
Del agosto recién ido, como en la descripción de Asturias en el viaje de Víctor Alperi, nos quedan seis rotundos «llueves» encabezando otros tantos párrafos o días, sin contar con el Llueves del Oso, que puso fin a la línea masculina de don Pelayo, el primer rey de Oviedo. Mítico lugar republicano (Llueves, no Oviedo, que es levítica) que para nada aparece ni en los mapas turístico-festivos del Principado ni en la narración enamorada del buen amigo.
«Llueve. Parece que las nubes se disfrazan de tapiz» comienza el primer trueno. «Llueve. El inmenso lienzo del paisaje asturiano tiene dos caras» (Piñole y Valle), en el segundo párrafo. «Llueve. El lienzo es otro ahora; más pequeño, luminoso, casi íntimo» (Marola) es el tercero. «Llueve. La otra cara del mismo cuadro pequeño tiene unos colores fuertes rojizos, de hoguera de San Juan o de tumulto de máscaras en Carnaval» (Magdalena), el cuarto. «Llueve. El pesado tapiz, empapado en neblina, llovizna y hojas húmedas se desprenden de los árboles» (del parque, de cualquiera de nuestros parques, en tarde de lluvia), el quinto. Y el sexto (¡ya se sabe!), «Llueve. La noche perfumada del jardín asturiano va llenando de sombras los cuadros». Víctor, escritor, poeta, crítico de arte, sincero, apegado a los suyos. Alperi, siempre sincero y transparente.
Al fin, deja de llover.
«Ya no llueve. Sentado a su mesa de trabajo...», (llora el sol tardío, el turista).
Pero ya es tarde, que entre gotas, algunos baños de mar, chupitos y tonadas en la plaza Mayor ha pasado nuestro agosto para el turista. Por las lluvias mil se multiplicaron las visitas a museos y las lecturas de periódico en el café, aunque, milagrosamente, ¡Dios y San Pedro nos amparan!, las noches mágicas de nuestro verano quedaron sanas y salvas: la noche iniciática de La Tosca, la mítica de los fuegos, la nostálgica del Dúo y la noche del broche, de Sabina-Serrat, que desparramó por la urbe quieta miles de forasteros. Noches fellinianas, sobre todo por Fomento (¡qué de obras y energías para La Magdalena!), de un Gijón-Cabiria.
¡Cuánta alegría gijonesa! cuando durante La Tosca «amplificada», en el patio descubierto de la Laboral Cultural, después de días de borrina, orbayu y lluvia menor y mayor, nuestro convecino don Agustín Antuña no tuvo necesidad de abrir su paraguas... Nos lo dijo el buen vecino en brillante escrito, que en Oviedo, tan cuidada en sus realizaciones urbanas y culturales, Auditorio y Ciudad de la Cultura en Buenavista, no corren esos peligros.
Allí las óperas, por tradición, las hacen en teatro cubierto y sin micro amplificador. Lógico, tienen teatros y subvenciones a docenas..., y palacios y auditorios. Nosotros no. ¡Ahí está la diferencia!
Gijón tiene playa y tiene el patio de la Universidad Laboral Girón de Velasco, como bien apunta el querido vecino; tuvimos más playas antaño, es verdad, y también más patios que el del camarada Girón de Velasco; por citar algunos: el de las Fieras, el de la calle Vicaría, el de Eusebio Miranda, el de Rubiera, el del Francés, el del Príncipe, el de la Carretera Vizcaína... Pero el que ahora se ha puesto en uso va a dar mucho juego en adelante, para alegría de casi todos.
Cuando ya no llueve, porque se acabó agosto, el personal turístico, el de alpargata como el de congreso, ya está sentado a su mesa de trabajo..., en su tajo. «¡Franco..., ar Tajo!», gritaba entusiasmado el pueblo sencillo y fiel al paso del dictador en una visita del Caudillo y su ministro. ¡Agosto al carajo!, podríamos gritar desentusiasmados los fieles y sencillos gijoneses de hoy, después de tantos días de lluvias, lloviznas, orbayos, ventoleras y ventolines, si no fuéramos ecuánimes y capaces de recordar la soberana noche de los fuegos..., en la que no hizo falta que ningún trasgu de más allá de Pinzales viniera a soplar los humos de los cohetes, que los humos de nuestros cohetes, como los olorosos de los farias de Cimadevilla, fueron y son buenos humos.
Como nunca llovió que no escampara, incluso cuando el chaparrón del diluvio, será de confiar en que el regular verano se corone con un buen otoño y remate en templado invierno, que traiga feliz primavera y cálido verano. Felicidad. Paz, Sariego, (¡Señor, siempre los mismos, razón tienen los «pilospardos»). Un día llegará en que llueva a gusto de todos..., incluso de los enemigos del abuelo del señor Rodríguez, que vuelven a sacar a la calle los pendones masónicos de asustar a los niños viejos.
Que Nuestra Señora de la Consolación, antigua patrona del gremio local de zapateros, alivie sus cuitas. Amén.
Lluvia. Consuelo. Taquígrafos. Y nosotros sin ser Oviedo, tan cuidada;... y con nuestros festejos callejeros y pueblerinos..., que, al paso que llevan, a nuestra ciudad la hacen el pueblu más grandón de Asturias. Pues... ¡qué requetebién!
