SABATINAS INTEMPESTIVAS

La estadística es la ciencia preferida por los sinvergüenzas. Sirve para todo, igual para un roto que para un descosido; justificar los crímenes, encubrir mentiras, dar seguridad a los aterrorizados y sobre todo, sobre todo, para apuntalar al poder, cualquiera que sea, que es el principal creador, promotor y ejecutor de estadísticas. Los estadísticos son unos señores y señoras muy serios que saben muchas matemáticas, pero cuyo trabajo en los tiempos que vivimos se acerca peligrosamente al de los decoradores y los periodistas; atenerse a acicalar la realidad según el gusto de quien les paga. Quizá por eso la alianza de estadísticos y periodistas, bajo la férula del poder, es letal para la ciudadanía e incluso para la inteligencia.

Un ejemplo. En un periódico local del norte de España he podido leer: "El carnet por puntos consigue reducir un 58,9 los heridos en accidente de tráfico", y me he sentido humillado como lector, contemplando el crimen en mayúsculas de titulares. Quien suministra esa información es un sinvergüenza en su sentido genuino, de carecer de vergüenza, de ser un desvergonzado. Ni siquiera señala que se reduce el número de fallecidos ¡sino el de heridos!, y si fuera menester en la instrumentalización de la estadística, apuntaría la importante bajada de los accidentados en la cabeza, en los pies o en el culo, con respecto al año pasado. El inventor de la patraña estará desternillándose de risa por la agudeza de hallar el ángulo perfecto para defender a los de arriba y garantizar la prolongación de su suculento empleo, e incluso será felicitado por su astucia, y habrá hasta quien le apunte en la lista de meritorios para más altas empresas desvergonzadas.

Pero sigamos con la escala de desvalores. El periodista que es capaz de reproducir una información así es un manipulador, por más que sea tan zafio que no se haya dado cuenta ni siquiera de su papel de simple, a secas. Respecto al diario que lo permite y al director que lo aconseja estoy seguro de que sabrán sacarle partido al favor que le han hecho al delegado del Gobierno.

Y todo para cubrir con un manto de cinismo estadístico la gran verdad de esta guerra declarada ya hace muchos años y desde otros tantos perdida. Esa guerra de la que es muy difícil que exista en España una sola familia que no haya tenido una baja, cuando no varias, y que continúa como si tal cosa acumulando mucha sangre y muchas lágrimas. ¿Qué tienen de especial los muertos y los muchos millares de heridos para siempre, caídos todos en las carreteras o en las grandes avenidas, para que carezcan de la potencial fuerza de indignación social que genera el terrorismo o la violencia llamada de género? ¿Qué grado de insensibilidad debe tener nuestra sociedad para que semana tras semana se pueda contemplar esa sangría de jóvenes, de familias enteras, provocadas en la mayoría de los casos por exceso de velocidad, cuando no por un criminal impune -las carreteras son el lugar donde se dan más crímenes o tentativas de asesinato impunes-?

Hay algo al volante de un vehículo que transforma a buena parte de los conductores; lo mejor y lo peor de uno mismo se dan cita dentro de una máquina que hasta un imberbe convierte en mortal de necesidad. El coche es un instrumento pensado para que sea más fácil que mates tú a que te maten a ti; fíjense bien en el diseño, en las formas que adopta la velocidad y los avances de la técnica en seguridad interior. El carácter de instrumento de ataque y defensa que tiene el coche ha alcanzado un nivel tal que resultaría cómico sino fuera una amenaza social; los vehículos más usados en los últimos años son los todoterreno, caracterizados por su potencia y su inmunidad, tal que si se tratara de carros de combate pensados para ciudadanos aparentemente pacíficos, que jamás salen del asfalto y que viven encerrados en una vida urbanizada. Un todoterreno da seguridad a quienes van dentro, e intimida a quienes están fuera.

Hay que ser un idiota integral para no entender la imposibilidad de la paz perpetua kantiana desde el momento que las fábricas de armamento son un puntal en el desarrollo económico del planeta. Bastaría un cálculo sumario de la gente que se dedica a la investigación, fabricación y venta de armamento. Luego evaluar el volumen del negocio y por fin admirarnos de que estemos vivos. Pues bien, ¿alguien ha calculado cuanta gente se dedica a mantener en pie la industria del automóvil? Desde el diseño, la fabricación y la multitud de materias primas necesarias, hasta los talleres de reparación y las gasolineras. Sin contar todo lo que existe alrededor del coche, de la optimización del beneficio con sus ridículas carreras a la romana, sus conductores legendarios a lo gladiador y la estupidez de masas a lo plebe que ahora se da en llamar pomposamente, por eso de alimentar la autoestima de la servidumbre, cultura del ocio. Fíjense si seremos mentecatos que ni siquiera nos atrevemos a exigir que los fabricantes de automóviles no produzcan vehículo alguno que supere los 140 kilómetros por hora, o 160, para dejar un margen a la osadía. Si no hay lugar alguno donde el Estado no se jacte de tener normas que impiden viajar a más de 120 kilómetros de velocidad, ¿explíquenme por qué las fábricas siguen produciendo coches que alcanzan los 300? ¿Acaso el buen profesional, piadoso y timorato en su oficio de letrado, oficinista o agente de cambio de bolsa, que se ha comprado un turbo que salta en cuestión de segundos a los 200, pide hora en Montmeló o en el Jarama para hacer sus carreras y quemar adrenalina y frustraciones? Nada de eso, ese jugador de ruleta rusa emboscado aprovechará la primera oportunidad para demostrarse a sí mismo la suerte que tiene de vivir y sus nervios de acero. ¿Alguien se imagina fabricantes de licores con 200 grados de alcohol, o cigarrillos directamente alquitranados? ¿No es por algo como eso por lo que aseguran que prohíben la heroína?

No creo que exista lugar donde la individualidad se manifieste de manera más brutal que en el coche, incluso por encima del sexo; porque el sexo tiene convenciones que no siempre consienten la expansión de los deseos de una manera tan absoluta como al volante. Y sin embargo es llamativo que los trabajos sobre psicología o criminalidad en el volante, incluso literariamente, sean un campo apenas explorado y sin la trascendencia ante la opinión pública de anomalías delictivas como la violencia de género o la pederastia, flagelos menos letales socialmente que la sangría permanente del asfalto. Bastaría detenernos en dos aspectos de la guerra del asfalto para detectar que usamos elementos de los comienzos del siglo XX, cuando los vehículos eran algo tan excéntrico y minoritario que afectaba sobre todo a las mulas y asnos que cruzaban por las carreteras. En primer lugar el lenguaje. El lenguaje es un instrumento del diseño social, un vestido de palabras que se pone a la realidad, y eso exige que seamos muy cuidadosos y muy atentos al describirlo. Un individuo, o un grupo de muchachos borrachos conduciendo por una carretera a una velocidad suicida, sólo podrían describirse como criminales que arriesgan la vida de los demás con absoluto desprecio de la suya. Pues no, eso se denomina preciosamente conducción temeraria. Y si esa panda de descerebrados, solos o en grupo, va y matan a un ciudadano o a una familia, y sabiendo que los han dejado despanzurrados, huyen y se esconden, a eso se le dice faltar al deber de socorro.

Nadie califica un suicidio de accidente a menos que desee ocultarlo ¿Por qué se llaman accidentes a las víctimas de la guerra del asfalto? Eso podía ser cierto hace cincuenta años, hoy el accidente de carretera con resultado de muertos y heridos es algo rarísimo, porque cuando uno conduce a 200 kilómetros por hora, o va borracho, o hablando animadamente con el móvil en una mano y el volante en la otra, o en fin, algo similar, no se trata de algo accidental sino de actos criminales, delitos con resultado de muertes. Un accidente es como su mismo nombre indica algo accidental, no previsto. Lo otro está previsto, lo milagroso es que no suceda una desgracia. Exactamente igual que ocurre en las guerras. Si a usted le envían a una guerra, cuando le maten o le hieran, nadie considerará a eso un accidente, sino una baja. Y así, con esa precisión identitaria entre palabra y realidad, lo considerará la familia de los afectados, y denunciarán la guerra y algunos tendrán secuelas que les durarán toda la vida. Conozco a tantos que no podrán superar nunca esa pérdida de su hijo, de su padre, de su hermana, de su amigo, que me hierve la sangre cada vez que leo en una esquina del diario el parte de bajas de la semana en la guerra del asfalto, como si se tratara de un accidente meteorológico en el que lo único que podemos hacer es consignarlo a efectos estadísticos.

Y aquí es donde llegamos al segundo aspecto insólito de esta guerra perdida de antemano. La cotidianidad de la muerte, nuestra convivencia con ella, como si fuera algo parecido a aquello que los griegos denominaban pandemia. Miles de muertos al año -más de tres mil se dice en España, sabiendo que mienten como bellacos-, y los heridos, incalculables, independientemente de los desvergonzados que apunten un descenso del 58,9. No hay posiblemente nada que pruebe más el desprecio del poder hacia la ciudadanía que el afán de engañarnos con la estadística. Si las autoridades del ramo se vieran obligadas a visitar los tanatorios para dar el pésame a sus propias víctimas se decidirían a plantearse que la guerra del asfalto no es una cuestión de represión sólo, ni estrictamente de educación, sino algo que va más allá y que ahora estamos obligados a dejar aquí. Un asunto de civilización.