DE GOLPE
No es ya que el vuelo de una mariposa en la más remota isla de Oceanía pueda provocar un ciclón en el trópico, circunstancia tan lírica como imposible de comprobar, sino que la cesta de Navidad de toda la vida, con sus botellitas de cava y la bolsa de peladillas recostadas sobre el confeti o la figurita policromada en tonos pastel de Lladró, pueden ser las responsables de un crack mundial, porque son esos en apariencia inofensivos regalos los que llevan a que el analista de Wall Street que tiene que calificar el riesgo de activos, como los ya famosos bonos basados en hipotecas, eche una firma bastarda que encarezca la mensualidad de la mía en un buen porrón de euros y sea causa de que mi economía, que creía tan doméstica, tan distante de Nueva York como del desierto de Gobi, se vaya al carajo en un pispás, porque con su aval a unos productos financieros que no lo merecían, y gracias a lo cual empezamos a familiarizarnos con términos tan campanudos como subprime o piggyback, ese cabrón ha guiado a los bancos de todo el mundo a un hoyo, como un flautista de Hamelín redivivo, sembrando en el mercado una calabaza gigante, sin pepitas, sin carne, sin piel y sin rabo, que se han tragado miles, millones de inversores, y de cuya indigestión intentarán sanar como sea, a la desesperada, aun a costa de que sea mi bolsillo, nuestro bolsillo, el que les resarza en la medida de lo imposible; y lo malo es que ha ocurrido antes, ocurre ahora y volverá a suceder en el futuro, porque aunque alguien quisiera echar el freno a los especuladores y borrar del mapa todas las Bolsas y Dow Jones que en el mundo han sido, esto no lo para nadie; la pelota es demasiado grande -¿de ahí pelotazo?- y está demasiado podrida -¿qué cabe hacer si el 63% de los analistas financieros cuyos informes de solvencia van a misa porque tienen, de facto, valor oficial, admiten recibir favores de consejeros delegados, directores financieros y altos directivos de empresa para que les den un buen trato (mientan, o sea), qué cabe hacer, decía, cuando de sus informes en Manhattan depende nuestra barra del pan?-; y lo peor es que nadie entiende nada, y he ahí que desde el mayor exégeta de la economía, del Nobel más preclaro al broker más pazguato, un día te defienden la solidez del crecimiento y al siguiente, cuando el jarrón se rompe en mil pedazos delante de sus caras, corren a explicar, cómo no, lo de los ciclos, lo cual abre el debate de si cabe llamar ciencia a una disciplina tan imprevisible y alocada, tan borde, porque entonces también debería enseñarse en la Universidad cómo acertar la quiniela, ante lo que habremos de concluir que nuestros viejos tenían razón: en este mundo turbulento y de sinvergüenzas no hay nada como no deber una perra, y nada que esté más seguro que debajo del ladrillo, si es que no lo puedes llevar, claro está, atado al cuerpo. Así de conectados estamos todos, y así es como de una puñetera cesta de Navidad o de una figurita de Lladró depende nuestro culo. Qué putada, Umbral.
© Mundinteractivos, S.A.

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