Del pan, aceite de colza o girasol, cerveza, tortillas mexicanas, azúcar… Productos básicos en la alimentación mundial. Podríamos incluir carne de pollo o vaca, huevos, leche y hasta pescados de acuicultura. Cuando digo OPEP, no es una nueva Organización de Países Exportadores de Pan, sino la del petróleo.

La que todos conocemos. Quizás exagerado –sólo un poco– o surrealista –quizás mucho– pero los precios de los hidrocarburos empiezan a influenciar en los de algunos alimentos. La causa, poniendo especial cuidado en no decir que sean los culpables... los biocombustibles.

Es muy simple: la cuota de producción de crudo fijada periódicamente por la OPEP condiciona su precio. Éste, el de sus derivados finales, carburantes como gasolinas o gasóleos. Si son suficientemente caros, como ahora y posiblemente aún más en el futuro, sus contratipos, los biocombustibles –bioetanol (para las gasolinas) o biodiesel (frente al gasóleo)– pueden alcanzar su umbral de rentabilidad. Máxime cuando cuentan adicionalmente –tema polémico– con subvenciones o fiscalidad favorable.

Entre 50% y 80% del coste directo de un biocombustible proviene de su materia prima específica: maíz, cebada, colza, caña de azúcar, girasol, palma, trigo, remolacha… y hasta la yuca. Cuanto más pague el automovilista en la estación de servicio, por el carburante convencional y/o su competidor el biocombustible, más podrá pagar el productor de éste en origen. La ecuación es sencilla: crudo caro = (cereales+oleaginosas) caros, o también: (gasolina+gasóleo) caros = (pan+carne+aceites) caros. No funciona en sentido inverso, pues el pan no encarece la gasolina.

Algunos datos
En Estados Unidos, en cuanto su presidente recomendó utilizar bioetanol, para reducir la dependencia del petróleo, el porcentaje de maíz dedicado al biocombustible subió cuatro puntos, hasta un 16% en el trienio 2003-2006. Ya tienen en marcha 124 plantas de fabricación, y 504 proyectos adicionales. Su objetivo es consumir 132.000 millones de litros de bioetanol en 2017 (¡es América, señores!).

Solamente para poder producir la mitad, tendrían que dedicarle un 40% de su cosecha de maíz. Efecto inmediato: el precio del cereal se incrementó 27% en el último bienio, y hasta un 66% en el mercado “spot”, en este año, respecto al de finales de 2006. Como el maíz se utiliza también para la alimentación ganadera y avícola, se encareció la carne, además. Allí dicen “The Law of Unintended Consequences”. Ahora desean fervientemente que “otros países”, especialmente México y Brasil, dediquen parte de su superficie cultivable a obtener biocombustibles. George W. Bush lo dijo alto y claro cuando recorrió Hispanoamérica, en marzo. Pero, paradójicamente, siguen gravando el etanol brasileño con un arancel de 0,14 dólares por litro, más un impuesto del 2,5%.

En enero, la brusca y fuerte subida del precio del alimento básico mexicano, las tortillas de maíz, provocó una gran manifestación popular en la Plaza del Zócalo, en la capital federal. Había subido al doble, en varios estados. El presidente Calderón apaciguó temporalmente los ánimos, congelando los precios de la harina de maíz y de las tortillas, aunque muy por encima del precio anterior. Pero las reglas del mercado son inexorables, y las subvenciones perecederas. Mientras siga subiendo el precio del maíz en su vecino del Norte, será más costoso en subvenciones y más inestable el equilibrio social.

Brasil fue pionero en utilizar bioetanol, hace ya treinta años, para minimizar el efecto de no ser autosuficiente en petróleo y reducir sus importaciones de carburantes. Su escenario ha cambiado radicalmente al extraer, desde hace unos meses, todo el crudo que necesita. Ahora persigue ser líder mundial en la exportación de bioetanol, del que en 2007 producirá 18.200 millones de litros, más otros 2.700 de biodiesel. Brasil tiene el dominio y la experiencia de la tecnología necesaria y, además, su materia prima, caña de azúcar, es la de mejor rendimiento.

Unos 7.000 litros de etanol por hectárea frente a 3.000 del maíz norteamericano. En coste final, el bioetanol procedente del cereal cuesta un 50% más que el brasileño. El extraído de la remolacha, una alternativa posible en Europa, cuesta tres veces más. Tentación brasileña: talar áreas de la Amazonía para plantar caña.

Más cerca, en Alemania, el precio de la cebada se duplicó en el último bienio. La malta subió un 40% en el periodo indicado… subvencionándose el biodiesel, en 2006, en más del 62%. Contradictorio. Sus agricultores dedican ya un sexto de sus cosechas, cada vez con mayor entusiasmo (y beneficios), a la producción de biocombustibles. Etanol en vez del sabroso pan moreno Gerstebrot y la inigualable cerveza bávara. Ambos se han encarecido notablemente.

Algunas reflexiones
Primero, las pesimistas. La revista norteamericana Fortune publicó hace un año: “El bioetanol puede provocar la hambruna mundial”. La FAO pide que la expansión de biocombustibles no ponga en peligro la alimentación humana, y no sustituya el uso inicial de las cosechas para la fabricación de bioetanol o biodiesel.

Los movimientos verdes, que inicialmente apostaron por los biocombustibles, avisan ahora de que las nuevas y masivas plantaciones pueden acelerar la deforestación de zonas vírgenes selváticas necesitando, además, mucha agua, más pesticidas y abonos, que no ayudan precisamente a mantener el equilibrio ecológico.

Una hectárea de selva o bosque tropical elimina mucho más CO2 que dedicada a cultivos para biocombustibles. Según la OCDE, utilizar maíz, caña, cebada o trigo para obtenerlos, incrementará su precio en el próximo decenio entre 20% y 40%. Una fábrica de bioetanol cuesta 64% más que hace cinco años. Para sustituir la UE un 10% de sus carburantes convencionales por biocombustibles (objetivo 2020), necesitará importar un 30%.

El ex-vicepresidente norteamericano Al Gore, poco sospechoso de proclividad hacia la industria petrolera, ha dicho: “Si (el tema de los biocombustibles) no se lleva con cuidado, puede disminuir la disponibilidad de alimentos y, como en el caso de México, que Estados Unidos consuma la gran parte de lo que se produzca”.

Ahora, las optimistas. El presidente Lula da Silva dijo en julio que, gracias a los biocombustibles, 200 países dejarán de depender de sólo 20 países productores de petróleo, pues habrá más de 100 que produzcan bioetanol y biodiesel, añadiendo: “Va a democratizarse la producción de combustibles en el mundo”.

Algunos biocombustibles generan hasta nueve veces menos CO2 que gasolinas o gasóleos convencionales, frenando el calentamiento global. Dedicar a biocombustibles zonas de cultivos abandonados, por sobreproducción o por falta de mercado de los productos agrícolas, es una alternativa atractiva, social y económicamente. Finalmente, tanto Hugo Chávez (con petróleo) como Fidel Castro (con caña de azúcar) y Daniel Ortega (con maíz), son contrarios a los biocombustibles… lo que indicaría que probablemente éstos son convenientes.

Nunca sustituirán totalmente a los carburantes convencionales, pero los biocombustibles son una buena alternativa para complementarlos, siempre y cuando se haga ordenada y sensatamente, sin complicar aún más el difícil equilibrio (o desequilibrio) ecológico, social, económico y político de nuestro planeta. Y sin que suban el precio del pan, por favor.

Juan Ramón Fernández Arribas. Ingeniero de Minas. Analista de Energía y Consultor.