La plaza del Parlamento impresiona al visitante de Westminster. La abadía en la que están enterrados los poetas laureados, el Big Ben que marca las horas del viejo imperio levantándose sobre la Cámara de los Comunes y vigilando el paso del Támesis, Downing Street a unos centenares de metros, Trafalgar Square al fondo y el palacio de Buckingham a poco más de una milla.

Es el corazón de un país que fue grande y que exhibe con orgullo las glorias del pasado. Pero sigue siendo grande. Ayer tuvo un gesto de magnanimidad hacia uno de los grandes estadistas de nuestro tiempo. La estatua de bronce de Nelson Mandela se erigió en la plaza del Parlamento, justo en el centro del jardín, con una altura de 2,70 metros. El premio Nobel de la Paz, a sus 89 años, estaba allí para verlo y para agradecerlo.

Mandela perdurará en la plaza de la más sólida democracia europea al lado de una galería de personajes históricos. Lord Richard Attenborough, cineasta reconocido, abrió el acto en el que participaron el primer ministro, Gordon Brown, el alcalde de Londres, Ken Livingstone, y decenas de miles de británicos que quisieron reconocer la estatura política y moral del ex presidente sudafricano.

En el bosque de estatuas que configuran Parliament Square, Nelson Mandela no estará solo. Se incorpora a la majestuosa colección de figuras que han merecido reconocimiento público en los últimos siglos.

Winston Churchill, con su abrigo hasta los pies, parece como si desafiara el destino mientras observa el denso tráfico que discurre por Whitehall. Primeros ministros como Disraeli, Peel, Canning, Palmerston y Derby llevan muchos años haciendo guardia en la plaza. Abraham Lincoln fue incluido en la tribu de figuras de bronce por haber abolido la esclavitud en Estados Unidos.

Inglaterra es un país viejo, que destruye pocas cosas y las conserva casi todas. No ha conocido una invasión desde que los normandos se adueñaron de la isla en 1066. Pueblo práctico, no le da vueltas a la memoria histórica.

Los británicos se pasean por el jardín pero no pisan las plantas. Es cuestión de educación, de sensibilidad y respeto por su pasado.

Quizás por eso, Mandela tendrá que soportar la estatua ecuestre de Oliver Cromwell que cabalga en un extremo de la plaza. Cromwell fue un iconoclasta, privó de las libertades a los ingleses y libró una guerra civil que acabó con el rey Carlos I ajusticiado y colgado de una horca el año 1649.

Sí compartirá seguramente tertulia, de bronce a bronce, con Jan Smuts, que fue primer ministro de la Unión Sudafricana en la primera mitad del siglo pasado y que intentó suavizar las leyes del apartheid pero perdió las elecciones en 1948. Fue mariscal de campo en la Primera Guerra Mundial al lado de Inglaterra y también participó en la Segunda contra Hitler.

En su autobiografía, Nelson Mandela cuenta que hace años se paseaba por Westminster con otro activista contra el apartheid y al contemplar la estatua de Smuts bromearon sobre la posibilidad de que algún día ellos también estarían subidos en un pedestal en algún rincón de la plaza.

Así ha sido. Mandela es un personaje querido por las gentes de bien. Estuvo más de 20 años en la cárcel por defender la igualdad racial en un país con un régimen radicalmente racista. Al ser liberado, lideró un movimiento que le llevó a la presidencia aboliendo el régimen y convirtió una dictadura racial en una democracia multiétnica. Sin los dramas protagonizados por Mugabe en Zimbabue.

Un hombre de una gran calidad humana que supo esperar entre rejas hasta alcanzar la justicia sin recurrir a la venganza. Los londinenses y el mundo libre le han rendido un merecido reconocimiento.