TRIBUNA
La lucha contra el cambio climático exige con urgencia otro modelo de crecimiento económico. Los científicos han advertido que el aumento de 1 o 2 grados en la temperatura del planeta puede acabar con nuestra civilización, y la Agencia Internacional de la Energía también ha anunciado que los excedentes de petróleo van a ir reduciéndose indefinidamente. La economía no puede seguir dependiendo en un 90% de los combustibles fósiles. Lo que no destruya el clima lo harán las guerras.
El cantautor británico Billy Bragg decía que "el enemigo de una sociedad mejor no es el capitalismo; es el cinismo". La frase define muy bien cómo nuestra sociedad afronta este reto y cómo la hipocresía, sustentada en el más profundo desconocimiento, empaña todas las decisiones. ¿Pero cómo se manifiesta el cinismo? Por ejemplo, cuando se superpone el debate del impacto visual o de la protección del paisaje al de la contaminación ambiental o del cambio climático. En Catalunya es frecuente ver cómo las administraciones levantan barreras a las instalaciones renovables con el argumento de la protección del paisaje.
Es una insensatez; pero está pasando con la energía eólica, minihidráulica, los biocarburantes y, ahora, se pretende hacer con la fotovoltaica. El valor de la energía se desconoce, hasta que llega el apagón y la queja clamorosa, como ha pasado en Barcelona este verano. Pero hasta que eso sucede habrán sido innumerables los manifiestos contra un parque eólico, una térmica o una línea de alta tensión. Es la cultura del no, frente a la evidencia de que para tener luz es necesario disponer de un sistema energético seguro, diversificado y limpio. Lo que debería preocupar es el fracaso de la política económica para reducir la dependencia energética, garantizar la seguridad de abastecimiento y reducir la emisión de gases invernadero. Es un problema global que en los dos últimos años se ha definido con la renacionalización de las reservas de hidrocarburos, el aumento de la demanda y los efectos del cambio climático.
Ante este marco destaca la incoherencia de las políticas adoptadas sin esfuerzo fiscal ni presupuestario para lograr mayores exigencias de eficiencia energética y manteniendo discursos sostenibles con políticas insostenibles. El cuarto informe de los expertos de la ONU sostiene que una política económica sostenible es posible, pues lograr que la temperatura no suba más de 2 grados sólo recortaría el crecimiento mundial un 0,12% al año. Pero cambiar una economía basada en el consumo de hidrocarburos no será fácil. La OMS dice que cuidar el entorno evitaría 13 millones de muertes al año, y aunque el CO2 destruye el planeta, es incoloro, inodoro e insípido: ni da ni quita votos. Si el CO2 fuera de colores, el cinismo no sería un arma de supervivencia ni las energías fósiles cubrirían el 90% de la demanda, y las tecnologías bajas en carbono serían estratégicas. Hoy es más fácil organizar viajes turísticos a Groenlandia para ver el deshielo del Ártico que cambiar políticas económicas, pero la necesidad de supeditar el modelo económico al cambio climático es una exigencia. Decía Bragg: "El antídoto contra el cinismo es el amor". Volvamos, pues, la mirada a la ética.

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