La última vez que Francisco Umbral fue a ver a Mariano José de Larra, en una tarde de frío y plateresco, en la Sacramental de San Justo, con Espronceda y otros, le asaltó un ejecutivo de la muerte, con brisas de peluquería, a venderle su propio nicho: «Y me dejó la tarjeta por si acaso, nunca se sabe. Cuando usted se muera me llama aquí», le imploró el cuervo.

-¿Y usted le llamó?

-Le dije que no me iba a morir, de momento, aunque me hiciera descuento.

-¿Ha vencido Umbral a la muerte?

-Eso lo decimos todos los que hemos pasado por este trance, pero a la muerte no se la vence porque está en uno mismo.

Telegrama de los Reyes

Umbral se confesaba así a ABC en su dacha, hace cuatro años, cuando rozó el carnívoro filo de la guadaña negra. Muy cerca de allí, en el Hospital Montepríncipe, murió en la madrugada del martes por un fallo cardiorrespiratorio, acompañado siempre por su ángel de la guarda: la gran mujer que sobrevive al genio, María España, su alma, su amanuense, su voz. España recibía ayer las condolencias y pésames de los Reyes y de los Príncipes; de la «izquierdona» y de la «derechona», de los pobres de la Gran Vía y de las madres con cartel; del periodismo y de la cultura, encabezada por el ministro de la cosa, César Antonio Molina.

En su mesa camilla, arropado, Francisco Umbral parecía una castañera. Allí gastaba recado de escribir, y por lo mucho que le plagiaban, y encima sin citarle, era un género literario. En bata blanca, con alpargatas, solán de cabras, y olivetti, Umbral mojaba su pluma en tinteros con aroma al gran César del periodismo (González-Ruano) y a los Ramones (Valle-Inclán y Gómez de la Serna), mientras mordía sandwiches de espárragos blancos.

Como Quevedo tres siglos antes, Umbral, animal periodístico, rasgaba el papel con su pluma de buitre en el sotabanco de los cafés (como el Gijón, ayer de luto), y así ha llenado su siglo de obras jocosas y escritos satíricos, críticos, costumbristas, muy plásticos de escritura y vivos de traza. «El periodismo mantiene a los ciudadanos avisados, a las putas advertidas, y al Gobierno inquieto», proclamaba. Le dieron el Cervantes (gracias a que Cela, cual martillo pilón, insistía año tras año) y el premio para Umbral fue el triunfo de la modernidad sobre «esos viejos santones de la cultura que no aportan nada, que no añaden nada y que están superados», acuchillaba. Cuando ganó el Príncipe de Asturias, Umbral se definió como una bestia de carga de la Literatura que iba a vestir de marrón. Tras el Cervantes, que festejó con güisqui y champán para todos mientras Don Juan Carlos le felicitaba por teléfono («está usted en todo, Majestad, en el balandro y en la Literatura», le agradeció el escritor), Umbral siguió usando trajes grises, negros o azules.

Las mañanas de su ciudad, Valladolid, eran de plata y niebla, aunque Umbral nació en Madrid el 11 de mayo de 1935. «Yo, señor, fuí un niño malísimo», confiesa, hasta que domeñó la palabra con armas de poeta.

Con 26 años, Umbral regresa a Madrid, que será su capital del dolor, y «Mortal y rosa» su libro más grave porque respondía a una circunstancia terrorífica: la muerte de su hijo por leucemia, con apenas 6 años. Esa obra nació del dolor por la pérdida del ser más querido: «Los ojos de mi hijo, sus ojos que ayer eran flores abiertas, capullos de noche, y hoy son rendijas tristes, sesgados por el cansancio y el recelo». Umbral sufría como hombre, a la medida del hombre, con sus recursos y su mecánica de hombre, pero dentro de sí, dentro de ese sufrimiento, había algo más sufriente, «una pulpa casi submarina de sollozo». Tras rozar la muerte en el ferragosto de 2003 (tuvo que ser hospitalizado por una neumonía derivada de una operación intestinal) le preguntamos si había cambiado sus creencias: «¡Qué horror!, ¡qué tema! No vaya tan arriba. Cambiar, nada. Si existen se deben reservar para el ámbito privado, y si no existen es mejor dejarlo», respondió. Umbral será incinerado hoy en el cementerio de La Almudena, y descansará junto a su hijo, en el mismo nicho, en el mismo sollozo.

Para Umbral, el escritor era al modo de Hobbes lobo y carroña para el escritor. Le bastaba con leer media página de un libro para comprobar si allí había talento o pura mecanografía, como decía Capote. Y su piscina la llenaba de libros de «pura mecanografía».

En la RAE, «el mismo polvo»

Umbral se vestía de dandy cheli, y de pensador de izquierdas que provocaba con la palabra bien guisada. Hizo de Madrid un género literario, y sostenía que los escritores burgueses se debían suicidar como clase: «Inevitablemente porque la derecha no lee; la izquierda no tiene tiempo, entonces, ¿quién te lee? O bien fracasas espantosamente y te mueres de hambre por ahí vendiendo «kleenex» por las esquinas. O si no fracasas del todo te aburguesas».

A los cachorros noveles les reprochaba que hicieran su autobiografía a los veintitantos años. Después de Delibes, sostenía, todo ha sido experimentalismo, novedad, mimetismo de los extranjeros, mientras que Delibes se ha mantenido en una novela clásica, con grandiosas tiradas y gran éxito de público.

Los seres humildes, los desprotegidos, los cinturones de pobreza eran así universo abonado para hacer buena literatura. Como dijo Picasso, si la miseria pudiera comprarse, Umbral se habría arruinado. Para Umbral era mucho más literario un pobre de la Gran Vía o una mujer con niño y cartel. Poseían mucho más valor, emocionan, conmueven, llegan mucho más que una señora marquesa que va a misa de una. «Eso es de novela del XIX», dijo.

Escribía a contracorriente porque los escritores conformistas «como Pereda y cosas así pues a mí me aburren mucho y me dan mucha risa», confesaba. Tampoco le «molaba» la movida de clanes o camarillas. No hacía política literaria. Y no aspiraba a ingresar en la Real Academia, que le dio con la puerta en las narices: «Eso ni me lo planteo. Allí siempre está el mismo polvo», sentenciaba. Y afilaba: «Los enemigos traicionan muy fino». Fue premio Nadal (por «Las ninfas»), de la Crítica ( «Leyenda del César Visionario») y Nacional de las Letras Españolas.

No se consideraba espada de la «derechona», sino abrecartas de Damocles de la «izquierdona»: «No hay izquierdona -reconocía-. Existe un problema fuerte nacional o antinacional o yo qué sé, nacionalista». Para Umbral, Caín seguía siendo la izquierda y Abel la derecha: «Son los agricultores contra los pastores. Abel es el agricultor que cuida mucho sus frutos y la Biblia dice que para ofrecérselos al Señor; y Caín es el trashumante, que cruza el mundo. Claro, siempre hay más revolución, más inquietud, más novedad, más progreso, en ese hombre errante y aventurero que en el primer burgués que es Abel». Ayer, políticos a su diestra y a su siniestra cerraron filas en torno a él, lamentaron su muerte, y no se cansaron de pedir nombres de calles e institutos en Madrid para Umbral, como anunciaron Aguirre y Ruiz-Gallardón.

Filias y fobias

Iconoclasta, rompedor y desmitificador, Umbral comenzó en el Periodismo dando las cotizaciones del mercado de granos a «El Norte de Castilla», que dirigía su maestro en el tiempo y en la profesión: Miguel Delibes. Ha colaborado en numerosas publicaciones semanales y periódicas, entre ellas ABC, y ha obtenido los premios Mariano de Cavia, Asociación de la Prensa y González-Ruano.

Y como todo ser humano Umbral tenía sus filias y sus fobias. Así, del exilio escribe: «España se había partido en dos porque la mayoría de los literatos y poetas eran o se creían de izquierdas. Creo que la aparición de Cela, Buero, Bardem, Fernán-Gómez y otros compensaba un poco la ausencia de Alejandro Casona, pero incluso esos hombres-revelación mantenían el mito de la España ausente. Luego fuimos comprobando que los buenos, los que no estaban, eran los que ya sabíamos: Juan Ramón Jiménez, el 27... El resto de los exiliados eran unos desconocidos y cuando volvieron no se descubrió nada, no se ganó nada. Y para descubrir a Alberti no hacía falta hacer una transición, ¡ya lo leíamos!».

Y Umbral salvaba: a Larra, a Unamuno, a Azorín, que era el que mejor encaja en el artículo de periódico; a Ortega, que poseía la clave de la columna porque sabía jugar en un recuadro con una metáfora, una idea, una noticia, una imagen, una actualidad, una anécdota; a Valle-Inclán, a Gómez de la Serna y sus greguerías; a Eugenio d´Ors, que aporta al Periodismo «un tonelaje de filosofía y de humor»; a César González-Ruano, «a quien se leía por magistral y porque no hablaba de política». Y al gran árbol al que se arrimó, Camilo José Cela: «Irrumpe en los 40-50 con un género nuevo y caudal, como siempre en él. Cela escribió de Umbral en ABC: «Nadie olvide que Umbral, ese gran escritor al que la Academia, en su desbarajuste, le viene negando un sitio entre los inmortales, es uno de los tres grandes prosistas del siglo XX español (los otros dos somos Valle-Inclán y yo, los tres ex-aequo)». Cuando Cela era «cadáver exquisito» Umbral le «agradeció» el elogio con un controvertido libro titulado así. Ahora Umbral se reencontrará con Cela en el principio del verbo.