DOCUMENTOS
Recuerdo una tarde de primavera en la calle Puebla. El ritual de la visita. Había sobre la mesa camilla una botella de Ballantine's de la que a ninguno le apetecía beber como no fuera por cumplir con las exigencias del personaje. Estaban también, creo que en la cornisa de una chimenea, los retratos de Baudelaire y de González-Ruano.Espectros familiares de los que Umbral se reconocía una consecuencia, presencias tutelares, como si ambos vigilaran desde el altar al que Umbral hubiera ofrecido en sacrificio cada renglón, cada metáfora, cada «puto folio» de los que iba arrojando a paletadas a los hornos voraces de la sala de máquinas del periódico.
No en vano, con el columnismo ocurre lo mismo que con la llama de En busca del fuego. Como nadie estaba muy seguro de saber prenderla, hubo algunos prosistas que aceptaron el encargo de protegerla y entregársela encendida a un elegido de la siguiente generación. Umbral la recibió de Ruano, de igual forma que de Baudelaire capturó el desgarro poético. Ahora que ha muerto, todo ese fuego se apaga con él, todo un linaje se extingue. Y los demás nos quedamos condenados a chocar palabras como si fueran piedras sin que haga chispa.
Umbral era generoso, no temía las invasiones del territorio como aquéllos que tienen meado su adoquín, su triste hueco. Por ello, no devoraba a los cachorros de la manada, sino que les iniciaba en los secretos y las disciplinas del oficio, y les revelaba todo cuanto él ya había descubierto antes de replegarse en la dacha. Era como si hubiera cartografiado la escritura en un mapa donde la X señala el escondite de la columna perfecta. La que no se consigue nunca si no eres Umbral. La que es al mismo tiempo ensayo y poesía. La que forja un lenguaje propio, un estilo reconocible aun sin la firma. La que tiene un aliento que perdura incluso cuando el suceso fue olvidado o ya no importa e igual hasta envuelve el pescado. La que acepta que todos los días se vuelve a librar la escaramuza ante un folio nuevo que te puede derrotar y condenarte a esperar la revancha del siguiente artículo. La que admite la digresión siempre que se entre y se salga con el tema: como una morcilla, bien abrochada por arriba y por abajo, y en cuanto al relleno, que cada cual se apañe. La que salva el día cuando no hay tema con la inercia técnica de lo que Ruano y Umbral llamaban «vuelo sin motor», del que no conviene abusar porque algo tiene de trampa y de traición al lector.
-Por lo demás, David, deja ya de viajar, trabájate Madrid, y busca un periódico al que pertenecer. Porque el escritor que no tiene un periódico detrás es como si no existiera.
Aquella tarde de primavera en la calle Puebla. El ritual de la visita. El Umbral que yo conocí, tardío, cansado, como si ya sólo le faltara acabar de derramarse en el teclado, cautivo de su propósito de escritura perpetua. Escritura hasta el final.Ese Umbral ya no pedía tantos taxis a Madrid, que brillaba más allá del jardín como unas luces de costa. Ya apenas salía a encenderse con la temperatura de la ciudad que convirtió en género -«trabájate Madrid»- y que empezó a conquistar aquella noche que llegó al Gijón afilado de osamenta y dispuesto a demostrar a quienes ya se le habían rendido como público que a los escritores, como a los toreros, se les nota que lo son hasta en el modo de andar y de parecer.
A partir de entonces, se trabajó Madrid, le exprimió el jugo con miles de columnas y de crónicas urgentes en las que periodismo y literatura llegaron a un pacto y que no fueron chispazos casuales.Sino las piezas de una obra dispersa, que se iba haciendo sobre la marcha desde el asfalto, y que aspiraba a dejar fijada la visión de un tiempo. Como Tucídides, Umbral fue el historiador de lo que aún estaba aconteciendo. Y Madrid fue el territorio de caza que le bastó.
Cuando le conocí, tenía ya la tristeza de cuando todos los libros han sido leídos: «Mi vida ya está hecha». Le rodeaban todos los elementos de atrezo que había creado para su propio personaje, desde la Olivetti hasta la piscina en el que decía ejecutar las sentencias dictadas contra los malos libros. Pero, aun así, había eliminado las veleidades sociales y culminado un regreso a lo esencial, al alma desnuda, que llenó de temblor la voz de sus últimos escritos, desapegados ya de la minucia del acontecimiento.Aquella tarde que, entonces no lo sabía, era la última en que nos veríamos. Me iba a marchar sin haber probado el whisky. Y entonces Paco recordó que España, su mujer, su sostén, se había marchado al centro.
-Espera, David, no te vayas ¿Tú me harías la merienda?
Y, mientras ambos abríamos gavetas y envoltorios de comida, algo perdidos como lo está siempre en una cocina la gente habituada a comer fuera, mientras tajábamos membrillo y pelábamos la mondadura de unas manzanas compartidas, yo pensaba que ahí iba cuajando el que sería uno de mis pocos recuerdos personales con Francisco Umbral. Más allá de la impronta de un autor que siempre estuvo en mis lecturas, en mi vida, de una forma tal que para intentar escribir con voz propia hube de emanciparme de su influencia como se mata a un padre. Le vi una sola vez más, después de aquella tarde. En la clínica Montepríncipe, durante uno de esos ingresos tortuosos que sacudieron esos últimos meses en que peleó por seguir enfrentándose al folio diario porque claudicar ante la escritura equivalía a resignarse a no vivir más. Yo subía una escalera y le vi sentado en un sillón. Exhausto porque le habían obligado a caminar y vestido con una bata de hospital que no valía el batín con que Ruano se entristecía a lo dandi delante de una chimenea apagada, en un invierno como el de ese jardín de Majadahonda que fue la última guarida del león derrotado.Me di la vuelta y me fui sin decirle nada. Me dio por pensar que él no querría haber sido visto así, consumido, demasiado dependiente de los demás, con la elegancia y el ingenio postergados, tan incapaz de cumplir con las exigencias del personaje.
Ahora que es inmortal, sé que muchas veces durante el resto de mi vida contaré que le conocí y que hablamos como hablan los amigos durante una tarde de aguacero de la que siempre quise tener el recuerdo. Lamento no haber probado el whisky. Como lamento dar la vuelta al periódico y descubrir que hoy tampoco está Umbral.
© Mundinteractivos, S.A.

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