Querido Paco, de Camilo José Cela en El Mundo
DOCUMENTOS
Una vez, hace ya algunos años, incluso más de los precisos, cuando tú eras aún un mozo y yo ya había dejado la mocedad muy a la espalda, te dije que -a mi saber y entender, incluso desleal- lo primero que necesitaba un escritor para serlo de modo que mereciera la pena, no estreñida y obedientemente, era tener voz y voluntad propias, poco importa si poderosas y arrolladoras o tenues y lánguidas pero propias, inequívocamente personales y propias. El más grande poeta español del siglo XIX, Bécquer, tañía un laúd de una sola cuerda, ¡pero qué sonidos le sacaba! En el extremo opuesto, los dos solemnes poetas metafísicos de aquel tiempo, Campoamor y Núñez de Arce, eran dos pelmas grandilocuentes aliterarios y farragosos que no se los saltaba ni un gitano al trote.
Tú tienes voz propia, querido Paco, no hay más que leerte cada mañana para verlo, y eso es lo que salva tus páginas, siempre maestras, pero también arruina tus días, siempre azarosos. ¿No te das cuenta de que sería pedir demasiado que te dejasen en paz tras escribir como escribes y vivir a tu aire?
Proclamo, antes de que cualquiera de los dos nos vayamos para el otro mundo a hacerle compañía a los poetas y a los prosistas de la generación del 50, ¡qué poco están durando!, que a mi juicio eres la única voz tonante, restallente e importante de la literatura española todavía no vieja. Escribes más que el Tostado -y haces bien- porque en este oficio más vale tener que desear, es preferible pasarse que quedarse corto y más se peca, contra lo que suponen los timoratos, por defecto que por exceso, pero también vives más y mejor, quiero decir con más intensidad y calidad que nadie, y esto suele escocer al prójimo.
En la Academia te dejaron a la puerta, mejor dicho, te dieron con la puerta en las narices, y lo peor es que no se percataron de que quien perdía con eso no eras tú sino la corporación que te rechazaba. Tampoco has accedido a los grandes premios literarios, pero puedes estar tranquilo porque aquí no le remuerde la conciencia a nadie.
¿Qué es lo que pasa contigo? ¿Por qué no se pregona en voz alta lo que se sabe y aun lo que se dice en voz baja? Para mí tengo que no eres ni lo bastante dócil ni lo bastante dúctil y eso lo hacen pagar muy caro los tristísimos funcionarios que nos gobiernan y que creen cumplir con la cultura presidiendo la tómbola de las prebendas y los disfavores. Yo sé que todo esto, a ti, te trae sin cuidado aunque durante unos instantes te duela y te decepcione, pero también sé que esto acontece porque tienes un temple heroico y eres capaz de echártelo todo a la espalda y seguir currando como si nada sucediera. Te felicito, querido Paco, y te animo a no cejar en tu actitud. ¡Si vieras el gusto que da ver pasar cadáveres embalsamados en laureles administrativos! Es posible que ya lo sepas pero, en todo caso, estate atento.
No sé cuál es el motivo por el que hoy se te festeja. Tampoco me importa demasiado porque a mí, sólo con que existas y escribas y yo me entere, me basta ya para pregonar la admiración que siento por ti y por tus cuartillas.
Y nada más. Que sigas feliz y trabajador es lo mejor que te deseo, tú sabes que todo el desguazado resto de las pompas y vanidades es algo que fluye solo y sin que nadie sea capaz de detenerlo.
Dile a tus señoritos en ese periódico que no sé si he escrito lo bastante para complacerles en lo que me pedían; a cambio tampoco les cobro nada, y pienso que bien puede ir lo uno por lo otro.Y no les cobro, querido Paco, porque les parecieron altas mis tarifas y a mí no me gusta hablar de dinero: me parece una ordinariez.Yo creo que los escritores, al menos en esto, debemos ser como los toreros o las putas, que pueden torear festivales o joder de capricho, pero sin bajar los precios jamás. Un abrazo de tu lector y amigo.
22 de enero de 1993
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