EN LA MUERTE DE UN MAESTRO
Luis María Anson recrea su emotiva conversación con el autor de 'Mortal y rosa' cuatro días antes de su fallecimiento
- Hola, Paco. Me alegra verte.
- A mí también. Y más en estas fechas.
- Te encuentro muy bien.
- Eso dice éste.
Y Paco hace un gesto señalando a Juan Abarca, el médico sabio que le prorrogó su vida durante varios años con su ciencia y con su dedicación ejemplar a un enfermo al que admiraba profundamente.
El escritor era la llama de un candil que se apaga, una pavesa mortal y rosa, un temblor pontificio en las manos, la metáfora quebrada en la voz. Tenía los hombros sordos, las orejas indulgentes, la cara como de patata hervida, la nariz espesa, las manos yacentes, la musculatura literaria firme y en ignición. A diferencia de otros enfermos de Parkinson, la enfermedad no le había rozado el cerebro y durante cerca de dos horas la conversación se desarrolló con lucidez, con esas descargas de ironía que sacudían la pluma de Francisco Umbral.
- No sé si sabes que he tenido una idea en la que me voy a poner a trabajar enseguida.
- Tú me dirás.
- Te lo digo a ti sólo porque éstos lo mismo van y lo cuentan.
- Hombre, no creo que se cuelguen del árbol de Prisa.
- Es que he tenido la idea de escribir una novela de guerra, pero una novela anacrónica. La guerra como ente en sí mismo sin vincularla a fechas ni a circunstancias concretas.
- Eso no fue capaz de hacerlo ni Valle.
- Valle es el gran maestro y cualquier tema argumental que le venía a la cabeza lo mismo lo podía convertir en una obra de teatro que en una novela. Pero efectivamente cuando habla de guerra no lo hace de forma anacrónica. La circunscribe a un tiempo y a una circunstancia.
- Eso sí, querido Paco -le digo- con un lenguaje imaginativo y feroz. La adjetivación de Valle es siempre renovadora y deslumbra también la metáfora y la forma como quiebra la sintaxis.
- Tienes razón. Es como Camilo, el gran escritor del siglo XX. Sus hermosos segundones Cara de Plata ahí están.
- Y también los jarrapellejos.
- También. Lo mismo en las novelas que en las comedias. Dentro de 200 años Luces de bohemia estará tan viva como ahora.
- Y también Divinas Palabras.
- Sí, también. No sé si te acuerdas que fuimos juntos a ver la versión de Tamayo que interpretó Nati Mistral.
- No, no me acordaba.
- Pues sí. Allí estuvimos tú y yo. Y Nati Mistral se sacó una teta, en esa época, hace 40 años.
- De eso me acuerdo muy bien y Gyenes le hizo una foto estupenda.
- Sí, Gyenes. Tú la publicaste varias veces en ABC. Luego hizo Divinas Palabras, me parece que Nuria Espert. Y Ana Belén en cine. Estaba guapísima en pelota viva cuando el sacristán se ponía a hablar en latín.
- Cela admiraba mucho esta obra. ¿Te acuerdas lo que decía?
- Claro. Tengo devoción por Cela y la mantengo, lo sabes muy bien. Lo que pasa es que me jode Marina, siempre trepando.
- Oye, veo que tienes ahí la Lolita de Nabokov.
- ¡Qué buena vista tienes, Anson! -interviene España-. Yo voy a tener que operarme otra vez de los ojos.
- Ahora hay muy buenos cirujanos oculistas - afirma Abarca.
- De Nabokov no sólo me interesa Lolita. Me interesa todo. ¡Qué formidable escritor! Como ahora con las medicinas que tomo, que son drogas, tengo alucinaciones, pues de pronto veo a algún cabrón en el jardín y luego resulta que va España y me dice que no hay nadie. A veces, se me desnuda una lolita, y hay que joderse, tampoco es verdad.
- Eso siempre ha sido muy umbrálico- asegura España.
- Que me voy al baño -dice Paco.
Y le ayudamos a levantarse. Está delgado como un Giacometti, blanco de cera virgen, los ojos vivos, la sorna en la mirada.
- Acabo de leer la antología de Poesía amatoria de Caballero Bonald -le digo cuando regresa-. ¡Qué gran poeta!
- Lo es, no como otros.
La conversación deriva hacia la poesía actual que Umbral conoce con precisión aunque se produce una discrepancia viva en torno a Juan Van Halen.
- No te levantes -le digo al despedirme-, nos acompaña España. Volveré enseguida a verte y me cuentas lo de tu novela de guerra anacrónica.
- Adiós, hasta pronto. No dejes de venir porque a ti te entiendo muy bien. Es que estos hablan en susurros.
Y allí se queda el escritor entre los libros fatigados, la estancia en penumbra, la mente lúcida, el cuerpo maltrecho, las campanas de la muerte ahorcadas y doblando al viento.
© Mundinteractivos, S.A.

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