La siesta, de Xavier Marcé en El Mundo de Cataluña
RUTINAS DE VERANO
En la lista de los tópicos internacionales, a los españoles nos ha tocado la siesta. No hemos salido mal parados, especialmente si nos comparamos con esos insensibles amantes del trabajo que viven en Alemania, con esos cínicos británicos que decoran sus cocinas con moqueta o esos americanos que leen la Biblia y van a misa antes de invadir países musulmanes para arreglar el mundo.A diferencia de los franceses los españoles somos pobres pero aseados y, a la vista de la opinión internacional, descansados.
Los tópicos son verdades a medias que exageran la realidad pero no la inventan del todo. Así que la siesta, sin ser una práctica universal, configura una pequeña parte de nuestra rutina diaria, muy especialmente en verano cuando los horarios se marcan por el libre albedrío y no por el convenio sindical de una empresa con jefes europeizados.
Hay una siesta española obligada por el bochorno y la humedad.Esa siesta es estructural y no debemos tenerla en cuenta porque es cosa de supervivencia. En la España que soporta cinco meses al año más de 40 grados al sol, el ritmo diario está cambiado: las tiendas abren a las diez y cierran a las dos, para volver a abrir las seis y cerrar definitivamente a las diez. Entre las dos y las seis, el país baja la persiana y la gente se esconde a la sombra para olvidarse del sol y de la madre que lo parió.Por eso comemos tanto al mediodía, porqué incita a la modorra y lleva directamente a la cama.
Hay siesta de pijama y siestorra tonta en el sofá. No se trata de hacerla más corta o más larga sino de dormirla como Dios manda.La pereza y la ñoña se curan con 10 minutos de somnolencia, pero el placer de pillar un sueño entero necesita de unas horitas, así que a nadie debe extrañar que el aventurero, el comodón, el soñador y el barrigón prefieran la siesta completa que es como acostarse de verdad, con el placer inmenso de pillarse la película del subconsciente a la misma hora que en la tele dan un culebrón insoportable. Cuando estamos de vacaciones y las noches se alargan en conversaciones intrascendentes cuya principal virtud es disfrutar del poco fresco que nos ofrece el verano, la siesta se convierte en un argumento incuestionable, una argucia para cambiar el ritmo de las horas y ganarle la partida al termómetro en su propia casa.
Los turistas que nos visitan lo aprenden rápidamente. No son ni los más ricos ni los más cultos del continente, pero uno advierte que a los pocos días de permanencia en la Costa Brava sus costumbres se van normalizando, será porque ese carácter de proletarios que disfrutan de vacaciones baratas, les otorga una capacidad de adaptarse para la que están incapacitados los burgueses europeos más acostumbrados al lujo y al boato del golf o del ressort tropical.Quizá sea porque llevados por ese toque genuino de nuestra costa, comparten la sangría con los niños, o porque la piel quemada por el sol les obliga a quedarse algunas horas en el hotel o quizá porque vieron la luz e intuyeron que no es del todo estúpido ese tópico malintencionado que las guías nos dedican. Poco a poco retrasan la salida vespertina, hasta que un día cenan a las diez y sin mayor problema alargan la sobremesa como lo hace el nativo de manera natural.
Incluso el Papa de Roma bendijo la siesta en uno de sus múltiples viajes a la España católica. Antes de retirarse a sus aposentos para seguir rezando, Juan Pablo II se pidió un postre típico después de comer. Le ofrecieron natillas, crema catalana, arroz con leche sin que nada pareciera apetecerle, hasta que él mismo se pidió una siesta española. Planteado en términos espirituales, la siesta familiar une a la familia, permite un sexo imaginativo y evita que las relaciones se agrien. Qué mejor ejemplo que el Papa nos la bendiga aunque sea porque a él lo pusieron a dar misa en medio de la torrija y reclamaba ingenuamente ese descanso sindical al que todo trabajador tiene derecho.
Si en la España del sol la siesta es de obligado cumplimiento, en la España más fresca (a lo que me refiero en términos puramente comparativos) es un requerimiento vacacional, un hábito que se enseña a los niños y que se practica con indulgencia. Es cierto que las nuevas generaciones le han perdido el respeto y la cambian por esa indolencia de levantarse pasado el mediodía sin apenas tiempo para distinguir el desayuno de la comida. Ingenuos seductores de pacotilla, todavía no saben que algún día encontraran trabajo y tendrán hijos y que la media parte le da a cada jornada un poco más de vidilla.
Uno de los rasgos característicos de nuestro país es, sin duda, la siesta. Con fama internacional por ello, el hábito se vuelve más habitual en verano con ánimos de sofocar el calor del mediodía, sea en casa, la playa u otros lugares
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