Elogio de la frustración, de Manuel Conthe en Expansión
Recuerdo la llamativa satisfacción que, a finales de 1993, en la reunión en Bruselas del entonces llamado “Comité Monetario”, nos embargaba a los Directores del Tesoro de muchos países de la Unión Europea: una vez superada la tormenta que había sacudido el Sistema Monetario Europeo, en el segundo semestre de aquel año se produjo una rebaja sustancial de tipos de interés, que nos permitió a muchos Tesoros emitir en abundancia Deuda Pública a plazos largos, a unos tipos que incluso a nosotros nos parecían razonables.
Nunca he sido buen profeta, pero en aquella ocasión barrunté que la situación no podía durar: ¿cómo era posible que estuviéramos satisfechos quienes, por nuestro cargo, tendíamos al optimismo, confiábamos en la sinceridad de las previsiones económicas de nuestros gobiernos y teníamos una visión del futuro fiel a la irónica definición que de ese término hizo en su Devil’s Dictionary el gran periodista americano Ambrose Bierce (“Futuro: período de tiempo en el que nuestros asuntos prosperan y nuestra felicidad está garantizada”)?
La subida de tipos de interés que efectuó en febrero de 1994 la Reserva Federal nos sacó pronto del embeleso y provocó una conmoción internacional en el mercado de bonos que ocasionaría, a finales de aquel año, la crisis del peso mexicano (el célebre “tequilazo”) y, ya en marzo de 1995, la última devaluación de la peseta.
El motivo de mi acertado barrunto lo explicó Keynes en el capítulo XIII de su Teoría General, cuando señaló que para que el nivel de los tipos de interés a largo plazo se mantenga estable es preciso que las opiniones de quienes piensen que el nivel de tipos es demasiado alto y tenderá a bajar se compensen con las de quienes piensen, por el contrario, que es demasiado bajo y tenderá a subir.
“El precio de mercado de los bonos se mantendrá en el nivel en el que las ventas de los bajistas (bears) se equilibren con las compras de los alcistas (bulls)” (el texto íntegro en inglés de la Teoría General puede encontrarse en http://cepa.newschool.edu/het/texts /keynes/gtcont.htm). El corolario de ese análisis es claro: como los Directores del Tesoro estábamos del lado de los optimistas, en equilibrio debíamos estar insatisfechos. Como no lo estábamos, el equilibrio era frágil y no podía durar.
Un razonamiento parecido puede aplicarse a las cotizaciones bursátiles. Por eso, que los ejecutivos de muchas sociedades cotizadas, optimistas, fustiguen la incapacidad del mercado para valorar las brillantes perspectivas de sus compañías es un síntoma de estabilidad: en equilibrio, los optimistas tienen que estar tan insatisfechos como los pesimistas.
Paradoja de Hotelling
En 1929, un estadístico americano, Harold Hotelling, formuló una teoría sobre dónde situarán sus establecimientos dos competidores que responde a esa misma lógica de que la estabilidad está en el centro. Así, si dos vendedores de helados compiten en una playa en la que los bañistas se distribuyen regularmente, acabarán paradójicamente situados en el centro de la playa: porque el vendedor que se vaya hacia un extremo permitirá a su rival que, acercándosele, capture más del 50% de la clientela.
Los clientes del extremo de la playa protestarán por la caminata –y alguno se abstendrá de comprar helado–, pero el vendedor sensato preferirá no moverse del centro. Hotelling intuyó que ese principio de ‘diferenciación mínima’ era también aplicable en política en sistemas bipartidistas.
En los años 40, el británico Duncan Black aplicó un análisis parecido a las decisiones de un comité y formuló el llamado “Teorema de Black”: cuando los miembros de un comité o grupo tiene preferencias distintas sobre la cuestión a decidir (p.ej. nivel de gasto público o impuestos, o grado de izquierdismo-conservadurismo político) y tales preferencias están distribuidas de forma normal o tienen un solo pico o joroba, prevalecerá la posición que esté en la ‘mediana’ –es decir, aquélla que, como la de los vendedores de helados de Hotelling, deje a un lado y a otro el mismo número de votantes–. La idea fue popularizada en 1957 por Anthony Downs en Una teoría económica de la democracia y dio origen a la llamada ‘teoría espacial del voto’.
Esa teoría y el análisis electoral moderno se han sofisticado luego mucho, dada la gran complejidad de las democracias modernas. Pero, en su sencillez, el ‘teorema de Black’ sigue ilustrando bien esa regla política básica a la que apeló este mes de agosto el alcalde de Madrid, Alberto Ruiz Gallardón, cuando, al reiterar su deseo de concurrir a las próximas generales como segundo por Madrid, recordó a su partido que, si quiere ganarlas, debe “levantar la bandera de la moderación”, ilusionar a aquellos votantes que no votaron al PP y adoptar una orientación centrista.
Electorado vs. Partido
En los países donde los partidos tienen gran peso político, la dificultad estriba en la discordancia entre las ideas de sus cuadros, afiliados y militantes y las exigencias políticas del Teorema de Black. La razón está en que los militantes y afiliados a los partidos suelen tener una ideología más acusada y extrema que el votante de centro o ‘medianero’ –si no tuvieran esas fuertes convicciones, posiblemente no serían militantes–, de forma que el partido político que siga a pies juntillas sus inclinaciones viscerales, o incluso busque una posición central dentro del partido, tendrá con frecuencia, como el vendedor de helados que se va hacia un extremo, grandes probabilidades de salir derrotado.
Así, hasta que a mediados de los años 90 triunfó la ‘tercera vía’ de Blair, la ingenuidad y extremismo del Partido Laborista británico pusieron fácil la victoria, durante casi dos décadas, a los conservadores de Margaret Thatcher. Tras la defenestración de ésta y la derrota de John Major, el Partido Conservador británico, apegado hasta hace poco al anti-europeísmo extremo de sus fuerzas vivas, lleva ya una década en la oposición.
Ruiz Gallardón ha dado, con buen criterio, la voz de alarma en su partido, a la vista de la proximidad de las elecciones y la inequívoca perspectiva de derrota. Se ha expresado con mucha menor crudeza que la mostrada el viernes pasado por un periodista del Financial Times, David Gardner, cuya certera crónica criticaba la desmesura y los resabios franquistas de los que ha venido haciendo gala durante esta legislatura el Partido Popular.
El buen político sabe que el rumbo que se debe marcar es la mediana del electorado, no la de su partido. Por eso, la frustración de los más extremistas, lejos de ser un motivo de preocupación, debe verse como un signo de acierto.
