LOS DÍAS VENCIDOS

De pánico a pánico. Cuando empezamos las vacaciones de verano las maletas están llenas de una inexplicable inquietud. Queremos ser nómadas, pero es en la rutina donde encontramos la estabilidad. Ni el entusiasmo más sincero impide que la marcha vacacional exhale aromas de exilio. No hay viajero que, en el momento de empezar su viaje, no mire hacia atrás como si cupiera la posibilidad de no volver jamás a la tierra segura de sus horas alquiladas.

Pero el retorno no es mucho mejor. Los muebles parecen cubiertos con fantasmales lienzos. Las cartas se apelmazan en los buzones. Una bombilla parpadea. Una cañería cruje. Nuestra ausencia ha dejado en las habitaciones las huellas de la protesta doméstica. El inmueble, sin las voces de sus inquilinos, cobra vida propia. Una gotera imprevista, unas macetas agostadas, una pecera que huele a puerto y a muerto. Y ese mon- tón de periódicos que se han acumulado en el rellano.

Me entero de pronto de que la ciudad se quedó sin luz, de que las autopistas se colapsaron, de que los trenes continuaron sus travesuras, de que llovió cuando no tocaba y donde no tocaba. El mundo se hunde, pero los países que se quedan demasiado solos quieren llamar la atención a costa de creerse víctimas del apocalipsis. El apocalipsis es un terremoto en Perú. Es la hambruna perenne. Es sobrevivir en Bagdad sabiendo que una explosión no es una verbena festiva. Es ver llegar el fuego griego por los cuatro puntos cardinales antes de morir calcinado. Pero este verano, leyendo las noticias enfriadas, parece que Catalunya ha vivido el fin del mundo.

Abandono la lectura de tanta prensa de tinta tormentosa y hoy ya encalmada. Los que se quedaron en este valle de lágrimas me dicen sentirse desencantados con los gobiernos. Con el calor, las penas se dilatan y nuestro mundo pequeño se deja llevar por rabias artificiales. Me sobreviene de nuevo el pánico del retorno. Si el desencanto ha anidado en el país de la seguridad, de la prosperidad y de la reconciliación con la naturaleza, ¿qué sucederá a partir de ahora, cuando se acercan elecciones y los adjetivos se afilan? ¿Habrá algún lugar para la calma? ¿Se confundirá a los prudentes con los traidores? ¿Será de buen tono destacar que la botella está medio llena o por el contrario deberemos practicar la elegancia social del insulto?

Después de las vacaciones es un gran momento para los buenos propósitos. Hay un gran interés en cambiar lo que nos avergüenza. Adelgazar, saber idiomas, hacer ejercicio son objetivos clásicos que no acostumbran a llegar a la Navidad. Somos muy críticos e intolerantes con nuestra individualidad, pero nos dejamos llevar por el catastrofismo de la sociedad. Todo va mal y va a ir a peor. Esa va ser la tendencia de la moda política otoño-invierno.

El temor a un país desorientado, con infraestructuras frágiles y bocas demasiado calientes, lleva al desencanto. Y el desencanto es ese río revuelto del que sacan su ganancia los pescadores de fortuna. Menos mal que de vez en cuando siempre nos llegará un tiburón enfermo para que durante unos días tengamos la oportunidad de mirar al horizonte y relajarnos, que ya nos conviene.

Contar

Llega el momento de mostrarnos fotografías los unos a los otros. Sería mejor contar las cosas sin apoyo gráfico. La imaginación siempre es más amable que la realidad. Un viaje es un relato.