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27 Agosto 2007

Hacia la paz en Oriente Medio, de John V. Whitbeck en La Vanguardia

En un elocuente discurso pronunciado ante el Congreso de Estados Unidos a principios de marzo, el rey Abdulah de Jordania subrayó la urgente necesidad de alcanzar una paz árabe-israelí durante este año. Por desgracia, no pudo percibirse demasiado sentido de la urgencia el pasado 25 de julio, cuando casi cinco meses más tarde los ministros de Asuntos Exteriores egipcio y jordano visitaron Jerusalén. La impresión que transmitió esa visita un tanto extraña fue, más bien, la de resignación ante nuevos años de deriva.

El sentido de la urgencia sigue estando justificado; al contrario de lo que ocurre con la conformidad ante nuevos años de deriva. El mundo árabe no carece de poder. Tiene capacidades para alcanzar la paz en Oriente Medio con cierto grado de justicia: no en un futuro lejano, sino pronto; y no por medio de un incremento de la violencia, sino por medio de la aplicación inteligente y responsable de una presión económica restringida pero sostenida. Podría adoptarse un plan de acción concertado, concreto y eficaz, un sencillo enfoque del palo y la zanahoria, muy fácil de comprender y éticamente irreprochable.

La zanahoria ya está ofrecida y lleva colgando más de cinco años. Es la iniciativa de paz árabe. Presentada en la cumbre de la Liga Árabe de Beirut en marzo del 2002 y reafirmada con gran publicidad en la pasada cumbre de Riad en marzo del 2007, ofrece una paz plena y unas relaciones diplomáticas y económicas normales entre Israel y los estados árabes a cambio del fin completo de la ocupación de todas las tierras árabes ocupadas en 1967.

Por desgracia, como esta oferta - la más generosa que puede esperar recibir Israel del mundo árabe- no ha tenido nunca un plazo para su aceptación, Israel se ha sentido con libertad para hacer caso omiso de ella con total impunidad, y eso es lo que ha hecho.

Si ahora muestra algún interés es sólo porque el último de la larga serie de planes de paz utilizados para ganar tiempo (la hoja de ruta patrocinada por Estados Unidos) está a todas luces agotado. De modo que la iniciativa de paz árabe, una iniciativa clara, con principios e inherentemente no negociable - pero abierta-, resulta oportuna como un posible y útil recambio susceptible de ser apropiado, manipulado y deformado; en torno a ella, podrá Israel (con pleno apoyo estadounidense) juguetear, picotear y bailar durante los próximos años en una reanudación del perpetuo proceso de paz - que es la antítesis de la paz-, mientras prosigue la construcción de más asentamientos, más carreteras de circunvalación, más muros, y, en general, continúa transformando la ocupación en permanente e irreversible.

Para impedir semejante manipulación y deformación de la iniciativa de paz árabe, la zanahoria debe complementarse con un palo creíble y eficaz. La Liga Árabe debería dejar claro que, si la iniciativa no se acepta sin reservas y en un plazo determinado, ésta caducará y desaparecerá de la mesa. Al mismo tiempo, en caso de rechazo de la iniciativa y hasta que Israel no cumpla por completo con el derecho internacional y las resoluciones de las Naciones Unidas abandonando toda la tierra árabe ocupada y retirándose a sus fronteras reconocidas internacionalmente, los principales productores de petróleo árabes y musulmanes deberían anunciar que reducirán sus exportaciones de modo gradual en un cinco por ciento mensual, un mes tras otro.

Sería preferible, por supuesto, que Estados Unidos - cuyo respaldo incondicional de Israel ha hecho posible la continuada ocupación de las tierras árabes- experimentara una transformación ética y moral y que los estadounidenses se dieran cuenta de pronto de que los palestinos son seres humanos merecedores de los derechos humanos básicos y de que el derecho internacional debe ser respetado por todos, no sólo por los pobres, los débiles y los árabes. Ahora bien, lo realista, tras tantos años de actitudes antitéticas, es que esa transformación no vaya a producirse.

De todos modos, si no se puede llegar a los estadounidenses a través del corazón, sí que se puede llegar a ellos a través del bolsillo. Si los precios del petróleo subieran y los precios de las acciones bajaran, seguro que empezarían a preguntarse por qué debe permitirse a Israel seguir desafiando el derecho internacional y las resoluciones de las Naciones Unidas, negando a los palestinos los derechos humanos básicos; y por qué Estados Unidos debe seguir apoyando incondicionalmente y en solitario la actitud israelí al precio de un furor antiestadounidense planetario y una fuerte subida del precio del petróleo para los estadounidenses.

Dado que no hay intereses nacionales estadounidenses que se vean favorecidos con la continuada ocupación israelí de las tierras árabes, no cabría ofrecer respuestas creíbles y no racistas; con los precios del petróleo subiendo y los precios de las acciones bajando, y en ausencia de una inversión de esas tendencias a la vista, las preguntas se harían cada vez más insistentes y la desafiante postura de Israel no tardaría en volverse insostenible.

Bajo la presión de sus únicos aliados incondicionales, los israelíes acabarían reconociendo, más deprisa de lo que nadie se atreve a imaginar hoy, que su propia seguridad jamás estará garantizada mientras sigan ocupando ilegalmente las tierras árabes, que el pleno cumplimiento de la legislación internacional y las resoluciones de las Naciones Unidas favorecerá a largo plazo de un modo profundo sus intereses y que, en cualquier caso, eso se ha convertido en algo inevitable y, por lo tanto, que debe aceptarse cuanto antes.

Por su parte, mientras esperan que el malestar económico estimule el sentido común y produzca el resultado que redunde en interés de todos, los productores de petróleo árabes y musulmanes no se verían expuestos a las penurias ni los sacrificios. Cada reducción del cinco por ciento en las exportaciones produciría un aumento superior en los precios; y, a diferencia de un embargo total y repentino, una reducción moderada pero regular de las exportaciones es algo técnica, política y psicológicamente sostenible. Se podrían establecer acuerdos especiales para suavizar el impacto económico en los países consumidores pobres.

¿No recuerda nadie en el mundo árabe el valeroso liderazgo del rey Faisal de Arabia Saudí, hace 34 años? Durante un breve y resplandeciente momento, el mundo árabe fue respetado. Y respeto no es una palabra que nadie asocie hoy con el mundo árabe. Por el contrario, hoy los ejércitos de ocupación occidentales gobiernan en Iraq y los altos cargos de Washington hablan en público de desmembrar el país y redibujar el mapa de la región en función de los intereses israelíes y estadounidenses; la posición del mundo árabe se acerca a la de África en la época en que las potencias imperiales se reunieron en la conferencia de Berlín de 1885 para repartirse el continente.

Nada de esto es inevitable. La impotencia no es un hecho ineludible, y la desesperación y la resignación no son las únicas opciones. El origen fuente de la fuerza blandida con tanta eficacia por el rey Faisal sigue estando ahí. Cuanto se necesita es el valor y el liderazgo para utilizarla sabiamente.

JOHN V. WHITBECK, abogado especializado en derecho internacional. Fue asesor jurídico en las negociaciones del conflicto palestino-israelí; autor de ¿The world according to Whitbeck¿

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Lector de artículos de opinión, fundamentalmente de política y economía, que pretende divulgar trabajos publicados por diferentes autores en otros medios digitales.

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