EL RUNRÚN
Sentado frente al cristal, observo los movimientos de los pingüinos. No sé cuánto tiempo llevo aquí. Intento descifrar su conducta, el sentido de esa curiosa coreografía en blanco y negro; o simplemente me dejo embaucar por el vaivén de estos pájaros de aspecto humano con los hombros caídos y expresión abotargada. Tres pingüinos se dan la vuelta hacia la izquierda, ocho se giran al revés. Inmovilidad. Paso la tarde embobado como otro pájaro bobo, hasta que me dicen que es la hora de cerrar.
Vuelvo al día siguiente con una bolsa de palomitas y dos amigos que se apuntan al plan. Los pingüinos pasan largos ratos de absoluta quietud, nosotros también. Ése de ahí se ha quedado solo, dice mi amigo. Nos pasamos la bolsa.
Unos días después ya somos un montón de gente. Se ha ido corriendo la voz. A muchos no los conozco. Todos hombres. Casi no cabemos en el banco y hay que venir temprano para coger un buen sitio. Pasamos las últimas tardes de agosto mirando pingüinos. La gente no sabe estar callada. Hay comentarios. Hablan de cosas de la vida, cosas de estos días. Pero nunca quitamos la vista de los pingüinos. Por ejemplo, alguien dice que ha visto un anuncio en prensa de una marca de zumo de naranja que dice que el zumo de otra marca no tiene condiciones refrigerantes para vender zumo refrigerado como el suyo. No entendemos nada, hay abucheos leves. Tres pingüinos se frotan el pecho entre sí. Debe de hacer mucho frío ahí dentro, comenta otro. En cambio, contesta alguien, en la pecera de enfrente las sepias se mueren de agotamiento de tanto realizar el acto sexual. Murmullos. Los pingüinos titubean con su mirada apocada. Las palomitas hace rato que no vuelven. ése de ahí me recuerda a alguien, susurra un hombre a mi lado. Silencio. Pues los expertos predicen pérdida memorística humana, oigo. Un pingüino aletea.
Cuando venía hacia aquí, comenta una voz rasposa, el puente que cruza hasta L´Aquàrium estaba atiborrado de gente, era un atasco humano. Como en Venecia, dice otro, que los turistas recorren las mismas calles y las callejuelas están vacías. Como ese fabricante de juguetes chinos que se ha suicidado. Eso no tiene nada que ver, hay abucheos. Un pingüino se tira al agua con agilidad y nos sobresalta. Se ha sabido que hay buitres estrellándose contra aviones, murmura alguien. Silencio. Pues la leche se pone a precio de gasolina. Aplausos. El pingüino bucea. A mí todo este hielo me recuerda el deshielo de los polos y todo eso, comenta otra voz. Más pingüinos se tiran al agua. Pues el Gobierno de Estados Unidos quiere acelerar la ejecución de 3.350 condenados a muerte. Silencio largo. Vuelven las palomitas. Las cabezas de los pingüinos oscilan. Dos se frotan el pico. Bush quiere mucho a su perrita. Aplausos. Los pingüinos están formando una hilera en las rocas falsas con la mirada al frente.
Para ser aves, me animo a decir, se parecen bastante a nosotros. Los pingüinos no se mueven con los picos hacia lo alto. Alguien habla de robos de cuadros. El hombre que roba un cuadro muy famoso no puede venderlo, no puede enseñárselo ni a su madre, está condenado a contemplarlo en soledad. Silencio. Cuánta soledad. Los pingüinos hace rato que parece que nos están mirando.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados