Zoo de Agosto

Se cumplen cuatro años del anuncio del compromiso matrimonial de los hoy Príncipes de Asturias, noticia que al principio consideramos los más incrédulos un rumor descabellado, convencidos de que Don Felipe se terminaría por casar con muchacha europea de sangre azul o con joven americana de la que en España no se pudiesen seguir los rastros de un pasado siempre misterioso. Contra las previsiones, los Reyes acabaron con las habladurías y atajaron el peligro de que se produjese alguna filtración en el avezado y sagaz reporterío de la prensa rosa: la futura reina de España, si el veleidoso azar de la Historia en su día lo permite, será Letizia Ortiz Rocasolano (Oviedo, 1972), una periodista asturiana con currículum de cierta precocidad, y que se libró de la quema de las guerras mediáticas aún poniendo su cara en un telediario en que, para menospreciar al sindicato Comisiones Obreras, y aún en cumplimiento de dictamen judicial, se aludió a tal organización de izquierdas como Ce-Ce-O-O, y en ningún lugar está escrito que a quien compartía plató con Alfredo Urdaci, el audaz perpetrador de la chifladura, se le cayese la cara de vergüenza por tal desvarío ni presentase su dimisión por la tropelía.

Quisieron los dioses que el Príncipe Felipe fuese adicto al telediario del anochecer en la cadena pública, y se fijase en una chica que daba bien en pantalla, que tenía reflejos, que intentaba eludir el papel de la voz de su amo, pero que tampoco era una revolucionaria ni eso tan despectivo, y tan hermoso, en las profesiones de riesgo que se llama una cabra loca. La periodista era discreta, comedida, con un punto de audacia en sus reportajes internacionales, pero más que capacitada para tragar los sapos justos y para no incordiar en el callejón sin salida de Torrespaña, antes Prado del Rey, y seguramente nada dentro de muy poco. Dícese que Pedro Erquicia, un veterano del tinglado audiovisual del Estado, fue quien propició el encuentro, y lo que en la Corte de hace siglos era cuestión de intrigas palaciegas, con duques, cardenales y espadones por medio, aquí se resolvió con una naturalidad vegetal, como en las corralas de comedias. Y no hubo más.

Desde entonces, y tras la solemne boda en la Almudena, con lluvia astur capaz de desbordar ese aprendiz de río que es el Manzanares, la periodista convertida en Princesa, como en un cuento de hadas, y madre de dos hijas, aprende su oficio, y cada día son menos los ultrasur de la Monarquía que le exigen pergaminos. Algo ha cambiado en la Corte sin cortesanos de don Juan Carlos desde la llegada de su nuera.