En cualquier lugar de la Costa Brava vemos cómo se mezclan bañistas procedentes de diversas latitudes, hablando lenguas distintas, con diferentes horarios para comer, de cabello rubio o azabache, de piel más o menos clara. Sin embargo, en lo tocante a esta última característica, se echa de ver que epidermis muy oscuras no las hay, es decir, que negros y negras tumbados al sol o tomando un baño no los hay. Si acaso encontramos un negro pisando la arena será porque se nos acerca cargado de bisutería, pareos y toallas con intención de que le compremos algo. No, no existe el turista africano, excepción hecha de algunos magnates, éstos que se alojan en hoteles exclusivos, con playas subrepticiamente exclusivas.
Nada tiene de extraño que los africanos no lleguen a nuestras costas como no sea en las desafortunadas pateras. Viajar cuesta dinero, y las vacaciones no están, ni muchos menos, generalizadas en todo el orbe. Un hecho sobre el que no solemos recapacitar, en especial los habitantes de la zona euro, acostumbrados a gozar de un nivel de renta y de unas ventajas laborales y sociales que tendemos a valorar poco. Si miramos a nuestro alrededor en un lugar de vacaciones, descubrimos a individuos mayormente del área occidental junto a algunos asiáticos, árabes, magrebíes. ¿Cómo podría ser que descubriéramos entre los turistas a nativos del continente negro?
La vida diaria en África o en la UE es tan dispar que parece que pertenecen a planetas distintos. La UE tiene poco más de 300 millones de habitantes, mientras que África sobrepasa los 700 millones. En este continente la esperanza de vida es de 46 años, en tanto que nosotros alcanzamos por término medio los 79 años, cerca del doble. Aquí los ingresos por cápita se elevan a 23.000 euros, allí son de 500 dólares; aquí disponemos de un 95% de carreteras practicables, en tanto que en África constituyen sólo un 13%; en la UE se realizan 3,5 millones de vuelos comerciales frente a los 348.000 en África.
Cuando Bismarck convocó la conferencia de Berlín, entre 1883 y 1885, y sentó a la mesa a Francia, Inglaterra, Bélgica, Alemania y Portugal con el fin de repartirse África, determinó el fruto que obtendrían de aquel reparto. Fueron cuarenta colonias que englobaban a centenares de tribus enfrentadas durante siglos y que de pronto se vieron sometidas a un mismo gobierno extranjero. Cuando en la segunda mitad del siglo XX les devolvieron la libertad, los conflictos tribales renacieron, no sólo espontáneamente sino estimulados por los intereses espurios de los antiguos colonizadores, vigentes aún hoy. Las guerras que no dejan de asolar África ilustran una realidad infame: la principal tecnología de que disponen es la militar.
El continente negro no levanta cabeza, y es difícil que lo haga en las próximas décadas. Ahora, como antes, cualquier país que se acerca a ella, por ejemplo China, es para seguir explotándola. Los africanos negros no se tienden al sol, ni en las costas mediterráneas ni en otras. No se sientan a comer helados entre nosotros, en todo caso, los venden. Y los saboreamos tumbados al sol, indiferentes a todo lo que no sea nuestro privilegiado mundo.

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