Un libro reaviva la polémica ejecución de los anarquistas Sacco y Vanzetti hace 80 años

El clamor callejero internacional contra Estados Unidos por la guerra de Iraq y por montar la cárcel de Guantánamo no es un hecho sin precedentes. Hace ochenta años, algo en apariencia de mucha menor magnitud - la ejecución en la silla eléctrica, en Boston, de los anarquistas Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti- desató violentas protestas en medio mundo, de París a Sydney. En la capital francesa hubo de intervenir el ejército para proteger la embajada norteamericana de las masas iracundas.

Un nuevo libro y un documental reviven con polémica el caso, que ha pasado a la historia como una de las grandes causas reivindicativas de la izquierda, un símbolo político, de percepción de injusticia, equiparable a lo que representó en Francia el caso Dreyfuss en el siglo XIX.

En Sacco y Vanzetti. Los hombres, los asesinos y el juicio de la humanidad,Bruce Watson describe el convulso entorno social e histórico en que se produjo el crimen y el controvertido juicio posterior contra la pareja de anarquistas, a los que se atribuyó el atraco y el asesinato de dos empleados que llevaban el dinero para pagar la nómina de una empresa. La obra destila simpatía hacia los italianos ajusticiados pero no llega a afirmar con rotundidad que fueran inocentes. Watson recuerda que Sacco y Vanzetti propugnaban la insurrección armada, eran galleanistas - seguidores de Luigi Galleani-, formaron parte como tales del grupo que perpetró una cadena de atentados en 1919 e iban armados cuando fueron detenidos en un tranvía. Concluye, empero, que debido a las múltiples irregularidades del proceso hubieran merecido de sobras la oportunidad de una revisión del juicio. "El fanatismo de un juez y de un fiscal, la indiferencia de demasiados estadounidenses y la moral dudosa de demasiados testigos llevaron a una negación de la justicia", escribe en su libro Bruce Watson.

En su documental Sacco y Vanzetti,que acaba de salir en DVD, el cineasta Peter Miller argumenta que la culpabilidad o la inocencia de los dos anarquistas no es lo fundamental. Para él, lo más importante es entender cómo fue posible que pudiera celebrarse un juicio tan manipulado e injusto en el país que tanto se jacta de respetar el imperio de la ley y que se define como una nación de inmigrantes.

Una opinión diferente es la que expresó Robert K. Landers en las páginas del diario conservador The Wall Street Journal,donde, bajo el título de Martirio sin final,despotricó contra el libro de Watson - "No es ningún Sherlock Holmes, se burló"- , lo acusó de ser demasiado condescendiente con los ajusticiados y recordó sus probadas conexiones criminales: una de las teorías que él recoge es que Sacco fue el autor material y Vanzetti lo encubrió.

La renovada discusión sobre el caso en los medios de comunicación norteamericanos ha llevado a establecer ciertos paralelismos con la coyuntura actual, con la enérgica reacción de amplios sectores de la opinión pública internacional contra la política de EE. UU. después del 11-S. El miedo al terrorismo anarquista y los prejuicios contra la oleada AP de inmigrantes italianos fueron el caldo de cultivo sobre el que creció el escándalo en torno a Sacco y Vanzetti. Ochenta años después, el pánico ante el terrorismo islámico y las pulsiones antiinmigratorias engendran también unas políticas muy contestadas.

Rich Barlow, en el diario The Boston Globe,opina que "se ha cerrado un círculo". "Ahora, como entonces - escribió el periodista- una decisión estadounidense ha soliviantado al mundo. En la era del jazz, bastaron dos muertes, no los muchos miles de una guerra, para inflamar a la opinión. Pero hay algo en común entre nuestra era y entonces: el caso de Sacco y Vanzetti ardió bajo la materia combustible del terrorismo y de la resultante fobia a la inmigración".

Antes de morir, Sacco exclamó: "¡Viva la anarquía! ¡Adiós, madre mía!". Vanzetti reiteró su inocencia y perdonó a quienes lo condenaron. Cincuenta años después, Michael Dukakis, gobernador de Massachusetts y luego candidato presidencial demócrata, exoneró simbólicamente a los dos anarquistas por el juicio injusto que sufrieron.