En Nueva York es el año de homenajes al verano del amor de 1967. Pero aquí en Vermont los sesenta jamás se fueron. Aquí las familias van a la granja cooperativa 'Stony Loam Farm' y recogen flores. Hasta hay alguno que las pone en el pelo. Aun hay comunas y pegatinas antinucleares. El histórico grupo de teatro 'Bread and Puppet' de Vermont, por ejemplo, sigue siendo contracultura en su estado más puro aun 45 años después de sus primeras actuaciones en el 'Lower East Side' de Manhattan. Por eso en Vermont no hace falta inventar festivales temáticos para recordar los sesenta.
A primeros de mes 'Bread and Puppet' especializado en teatro de títeres fue invitado a actuar en el festival del complejo de "cultura alta", el Lincoln Center "Verano de amor: el espírito de los sesenta". Esa debilidad de la alta cultura oficial del nuevo siglo por la 'flower power', los 'trippies' y el "hacer el amor y no la guerra" (Vietnam y no Iraq) contagió al museo Whitney que inaugura su nueva exposición de conmemoración del arte psicodélico de los sesenta también titulado "El verano del amor" con pinturas no sólo de Warhol sino de... Jimi Hendrix. El anuncio de la exposición es una foto de Dylan con letra alucinógena.
'Bread and Puppet' –afincado desde 1970 en Glover un pueblo remoto en el noroeste de Vermont- debió de parecer el grupo de teatro idóneo para los organizadores del festival nostálgico del Lincoln Center. A fin de cuentas, como dice Thomas Naylor, independentista de Vermont y habitual de las representaciones del grupo, "si alguna vez te preguntaste a dónde fueron todos los hippies de los sesenta, pues, te diría que muchos están aquí en Vermont". Pero, una cosa es mantener vivo el espíritu de los sesenta. Otra es convertirlo en un fetiche para dar credibilidad a las instituciones del arte neoyorquino. Y a Peter Schumann, fundador de 'Bread and Puppet' nacido en Silesia en 1934, que creó el grupo en 1963, la nostalgia superficial de la Nueva York actual tan acomodada y complaciente no le acaba de convencer: "Todas aquellas gilipolleces de los sesenta" dijo cuando hablamos después de su ultima representación en Glover. Y recordó: "El 'Lincoln' nos invitó la primera vez hace veinte años y cuando empezó a lloviznar nos dijeron que habría que cancelar la actuación porque no tenía póliza de seguro para la lluvia. Pero nosotros hemos actuado miles de veces bajo la lluvia, así que fuimos directamente a Broadway y actuamos allí mismo en la calle".
Y viendo actuar a 'Bread and Puppet' al aire libre en el campo pastoral de Vermont a 20 kilómetros de la frontera con Canadá, se entiende la molestia de Schumann por el sentimenaltismo "sixties" del Lincoln y del Whitney. 'Bread and Puppet' son rebeldes irremediables. Recuerdan en su museo de máscaras y títeres los días cuando sus enormes figuras de madera y cartón piedra encabezaban las manifestaciones anti Vietnam, manejados por Schumann y sus compañeros andando sobre zancos gigantes. Pero en las representaciones contemporáneas todos los domingos en Glover -el primer acto en una pradera, el segundo en el bosque- los temas de sus obras son de rabiosa actualidad.
El pasado domingo enormes cuervos, metáforas de guerra y muerte, salieron al sonido de un tambor fúnebre y se desplegó un cartel que denunciaba los miles de millones de dólares que Estados Unidos regala todos los años a Israel. "Hace tres años que incluimos críticas a Israel en las representaciones y siempre hay protestas; cualquier cosa que dices te tachan de antisemita; es un tema tabú", dice. 'Bread and Puppet' ha podido decir lo que la cultura oficial en Nueva York –desde el Lincoln hasta teatros off Broadway- no puede sobre Israel. Cuando la obra mi nombre es Rachel Corrie fue retirado Public Theater en Nueva York el año pasado por miedo a ofender a sus patrocinadores, 'Bread and Puppet' visitó la ciudad e interpretó su propio homenaje a la joven activista pro palestina, atropellada por una excavadora israelí. "La diferencia es que nosotros somos independientes, no dependemos ni de filántropos ni de la prensa", dice Schumann.
'Bread and Puppet' sobrevive a duras penas gracias al hecho de que la mayor parte de la compañía son voluntarios, los bajos costes e los enormes títeres de madera y cartón piedra, los modestos donativos de su público y de los jóvenes que vienen a aprender de Schumann y los cuatro o cinco profesionales en el grupo. Las representaciones, son mordaces críticas políticas, que siempre terminan con una representación de muerte y renacimiento después del cual Schummann y sus compañeros reparten pan y ajo entre el público. La estructura formal de las obras no ha cambiado en cuatro décadas y entremezcla Brecht con la teología de la liberación. Schumann, a los 71 años, sigue siendo el personaje clave y sale al final de la obra vestido de Tío Sam andando sobre zancos de tres metros. Su mujer Elka Leigh Scott a la que conoció en Alemania en 1960, es actriz y toca saxófono en la orquesta del grupo.
Hasta 1998, se hacía una sola actuación al año en Glover y asistían hasta 25.000 personas. Pero aquel año un miembro del público murió en una reyerta y todas las actuaciones ante público masivo fueron canceladas. Ahora son dos representaciones por semana, los domingos al aire libre, los viernes por la noche en el pequeño auditorio interior. El público varía entre viejos supervivientes de los sesenta hasta jóvenes familias con niños encantados por el espectáculo. "¿Seguirán tras otros 40 años?". Y "¿quien sustituirá a Schumann?", se preguntaba durante la merienda de pan el domingo pasado. "Vamos a seguir hasta no sé cuando; luego plantaremos patatas en el campo", respondió enigmáticamente Schumann.

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