TRIBUNA LIBRE
La paz y cierto respiro para los millones de desplazados de Darfur parecen estar más cerca en las últimas semanas de lo que lo han estado en mucho tiempo. Si las previsiones políticas fueran como las climatológicas, uno podría decir que las perspectivas son bastante buenas. Irónicamente, el gran paso adelante se debe no tanto a la última resolución de la ONU para crear una mayor fuerza de paz extranjera, sino al éxito de las conversaciones entre los grupos rebeldes rivales. Estos parecen haber formado una plataforma común para implicar al Gobierno de Jartum en negociaciones a gran escala dentro de las próximas semanas.
Dos problemas han agudizado la crisis de Darfur. Uno es el tono, exagerado y en ocasiones casi histérico, en el que tiende a debatirse el conflicto. No es «el mayor desastre humano al que se enfrenta el mundo en la actualidad», como llegó a afirmar a principios de agosto el nuevo primer ministro británico, que normalmente suele ser más cauto. Irak, donde ocho millones de personas necesitan ayuda de emergencia, más de tres millones han abandonado sus hogares en los dos últimos años y en torno a un millar mueren por actos violentos cada mes, es un caso más sangrante. En la República Democrática del Congo, a pesar de un frágil acuerdo de paz, las agencias humanitarias estiman que mueren a diario unas 1.200 personas. En Darfur, se han desplazado dos millones de personas y pueden haber muerto hasta 200.000.
Esto no significa que Darfur no sea una gran tragedia, pero allí la situación ha cambiado. Los problemas de 2003 y 2004, cuando la fuerza aérea sudanesa bombardeaba regularmente las ciudades, ya no son los mismos. Bastantes más civiles mueren a causa de los bombardeos de la OTAN en Afganistán. Los críticos que exigen que los aviones franceses o estadounidenses derriben los aviones militares sudaneses deberían considerar la posibilidad de solicitar simplemente un espacio no aéreo en la provincia de Helmand.
Sobre el terreno, la mayoría de los asesinatos en Darfur se producen actualmente entre los grupos tribales más que por los ataques del Gobierno y los rebeldes, como señaló recientemente Jan Eliasson, enviado especial de la ONU en Sudán. Muchos de los obstáculos a los que se enfrentan las agencias de cooperación, a las que han robado sus vehículos y saqueado sus convoyes, los generan los rebeldes y los ladrones. Nada de esto debe sorprendernos. En una región repleta de armamento, donde la guerra ha destruido el tejido social y la siempre precaria economía rural ha quedado destrozada, es normal que la violencia y el caos estén a la orden del día. La única sorpresa es que este hecho se pase por alto en favor de una imagen simplista de un único Gobierno despiadado y unos combatientes por la libertad totalmente inocentes.
El otro problema en la cobertura de Darfur es la mínima atención que se presta a los políticos de la región. La sangre parece tener más tirón que la palabra. Las conversaciones que mantuvo Eliasson con los rebeldes fueron otro caso más digno de destacar. Prácticamente no se informó sobre ellas en los medios de comunicación mundiales, aun cuando potencialmente son un gran paso adelante. Eliasson y el mediador de la Unión Africana, Salim Salim, se las arreglaron para convencer a los rebeldes de que pactaran algunas posiciones comunes, aunque no llegaron a un acuerdo sobre un líder de la delegación común que les represente en las conversaciones con el Ejecutivo.
Hay asuntos importantes que se han dejado a un lado. Uno era el boicot del volátil pero influyente líder Fur (no árabe) Abdul Wahid al Nur, que tiene establecida su base en París desde 2004 y que se negó a unirse a los otros rebeldes. Suleiman Jamous, otro de los principales líderes, está en un hospital de la ONU y teme que las autoridades sudanesas le detengan si le dan el alta. El Gobierno debería levantar esa amenaza inmediatamente. Si está dispuesto a reanudar las conversaciones con los rebeldes, como dice y como parece querer, no puede, al mismo tiempo, intimidarlos o detenerlos. Tiene que haber un pasaje seguro.
El último acuerdo de paz (de mayo de 2006) se vino abajo cuando Nur y otro de los principales líderes se negaron a firmarlo en el último minuto. Desde entonces, los movimientos rebeldes se han escindido y están aumentando sus exigencias, lo que puede dificultar que el Gobierno las conceda. En el lado positivo, Eliasson y Salim hacen todo lo posible por negociar con los líderes de las comunidades en los campamentos. Ellos quieren una compensación y mayores garantías de seguridad para los cientos de miles de desplazados, mientras se quejan de que el último acuerdo de paz se negoció sin contar con ellos. Dicen que la élite dedica demasiado tiempo al reparto de la riqueza regional y del poder y no el tiempo suficiente a las inmediatas necesidades humanitarias de las víctimas del conflicto.
Quedan grandes problemas por delante, incluso si se inician nuevas conversaciones de paz este otoño. El traslado de la fuerza de paz de la Unión Africana -con el añadido de los contingentes de la ONU, que el consejo de seguridad acordó el mes pasado- no se completará por lo menos hasta dentro de un año. A pesar de todo, el bombo y platillo que han dado a la aprobación de la resolución, poco cambiará hasta entonces.
En el ínterin, las agencias humanitarias y las tropas existentes de la Unión Africana deberán trabajar con el Gobierno en programas piloto para reconstruir unas cuantas ciudades destruidas y proteger a las personas desplazadas durante su regreso. El presidente de Sudán, Omar-al-Bashir, dijo en Darfur el mes pasado que quería ver cómo los desplazados regresan voluntariamente a sus ciudades y afirmó que amplias zonas de la región ya eran seguras.
Esas afirmaciones deberían contrastarse. La Unión Africana no dispone de suficientes efectivos para patrullar todo Darfur, ni los tendrá la fuerza híbrida UA-ONU ampliada. Pero tiene suficientes hombres para proteger algunos proyectos piloto. Por otro lado, parece claro que los desplazados quieren regresar para poner de nuevo en marcha las granjas. Si la ONU y las agencias no gubernamentales negociaran con las autoridades y con los comandantes de los rebeldes locales acerca de un pequeño número de retornos, supervisados bajo protección armada las 24 horas del día, los resultados podrían ser excelentes. La confianza ha desaparecido en grandes zonas de Darfur y solamente se recuperará cuando la gente vea resultados.
Sin embargo, más allá de Darfur se avecinan otros asuntos importantes. El enfoque en la región occidental del país ha desviado la atención internacional de los problemas en el sur, como señaló recientemente el International Crisis Group. El acuerdo de paz de hace dos años en la guerra civil más larga y más sangrienta entre el norte y el sur ha empezado a tambalearse. Una importante parte del acuerdo fue la promesa de Jartum de unas elecciones nacionales libres en 2009. Esto no se está llevando a cabo adecuadamente, ya que los planes para confeccionar un censo y una ley electoral arrastran enormes retrasos sobre la fecha prevista y, además, la policía sigue deteniendo a periodistas y a figuras de la oposición.
El régimen sudanés ha firmado un acuerdo supervisado internacionalmente que debería permitir un régimen político multipartidista y unas elecciones libres por primera vez desde que llegó al poder tras el golpe de 1989. Habrá que estar atentos a su evolución.
Jonathan Steele es columnista del diario The Guardian y ha sido corresponsal de guerra en Angola, Afganistán y El Salvador, entre otros lugares.
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