Zoo de Agosto
He aquí, ecce homo, al ladrón de la Cámara Santa de Oviedo, al joven delincuente José Domínguez Saavedra (Galicia, 1958) a quien los lugareños que jamás visitaron las santas reliquias del templo gótico estuvieron dispuestos a linchar sin juicio previo cuando la indignación siguió a su malhadada fechoría de hace 30 años: robó y trituró las joyas trenzadas mágicamente por los ángeles en un amanecer en que la heroica ciudad seguía durmiendo la siesta. Hagamos sitio en este bestiario estival a quien desde la más tierna infancia fue carne de presidio: acababa de cumplir 19 años cuando perpetró la barbaridad de la Catedral de Oviedo, pero su historial delictivo muestra una insólita precocidad desde la edad en que los niños buenos hacen la Primera Comunión. Esbelto, flexible y casi imberbe, con aterciopelados ojos de rufián y un ligero malestar romántico en el rostro, con audaz y sombría resignación a su oficio de perdedor, era un gallego expulsado del paraíso, un falso héroe del «camina o revienta».
En la actualidad, JDS cumple condena en la penitenciaría de A Lama, en Pontevedra, tras penas sucesivas: 10 años por el episodio de la Cámara Santa, varios más por el asesinato de dos portugueses en Monteporreiro (Galicia), y un nuevo internamiento por un robo. En total, tres décadas a la sombra, con sólo cuatro meses de libertad por medio, y una inexorable querencia al mal, tan misterioso. Acaso Sarkozy invente otros métodos, pero aquí vamos tirando y sobreviviendo y ofreciendo defensa y garantías a los malhechores. Mejor eso que atizar la cámara de gas con falsas emociones.
De por entonces, cuando el arzobispo Díaz Merchán y los canónigos se rasgaron las vestiduras y el esperpéntico Antonio Masip, que accedía al socialismo desde la cúpula del Banco Herrero, defendía con lúcido ungüento dialéctico al pobre hombre, se han sucedido muchas lunas y un maremoto de palabrería. Quiero recordar el abatimiento del santo laico Joaquín Manzanares, que tan fatigosamente clamó en el desierto en defensa del patrimonio histórico y artístico de Asturias, a quien las autoridades de la época habían tildado de excéntrico y avaro, y que lloró aquel día como un hombre, naciéndole las lágrimas en su buena condición sentimental, clamor por las que en sus monografías eran «ocho piezas portentosas, elaboradas con arte magistral en la Sancta Ovetensis». La recompuesta de las cruces de los Ángeles y de la Victoria y de la caja de las Ágatas son la interrogación desgarradora de la piqueta del delincuente gallego, un analfabeto al que un día se le permitió sentirse el rey del mundo. Otro ángel roto en el paraíso perdido.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados