Una carta explosiva, por su contenido, han recibido los socialistas navarros, enviada por su jefe de filas en el ámbito de la Comunidad foral.
La remite, en efecto, el secretario general del PSN-PSOE, Carlos Chivite, y en ella se refleja la crisis interna que se vive en el partido después del veto de Ferraz al acuerdo con NaBai e IU y el apoyo, mediante la abstención, del Gobierno en minoría capitaneado por Miguel Sanz.
Que Chivite se vea obigado a hacer un llamamiento a la unidad, después de que días atrás restara importancia a las dimisiones de cuatro miembros de la Ejecutiva, de la dirección en pleno de las Juventudes Socialistas de Navarra y, antes de todas ellas, la del candidato a la presidencia del Gobierno, Fernando Puras, demuestra que las aguas no han vuelto a su cauce y que, lejos de remitir, el clima de desacuerdo va en aumento.
Chivite afirma en su carta que el disenso que se respira en su partido “no está contribuyendo a superar una situación que fruto de una decisión federal, no compartida pero asumida y aplicada, ha provocado que algunos compañeros estén animando a la rebelión, a la escisión o a la desaparición del PSN-PSOE”. Son palabras fuertes y claras que en nada se parecen a la opacidad que se atribuye tantas veces a la clase política.
El episodio de la larga historia de la formación del Gobierno en Navarra tuvo como punto de inflexión el famoso viaje a Madrid de una embajada de los socialistas navarros, encabezada por su secretario general. Llevaban a Ferraz el acuerdo con los nacionalistas, pero Ferraz lo echó abajo. ¿Esperaban que sus dotes de persuasión lograran que la dirección federal cambiara de criterio en una decisión que se había tomado tiempo atrás? Chivite intentó convencer a la cúpula del PSOE de las bondades de un Gobierno plural con NaBai e IU y, aunque aceptaba que la operación entrañaba un riesgo cierto, merecía la pena intentarla.
Cálculo electoral
No lo vieron así Blanco y compañía, que ya habían puesto en marcha el marketing de las próximas elecciones generales: un acuerdo como el que les presentaban sus conmilitones navarros les restaba votos. Aceptar lo que les proponían sus correligionarios navarros sería tanto como cargar de razón a los que mantenían la tesis de que Navarra se ponía a la venta.
En otras circunstancias, tal vez lo hubieran aceptado, pero con el “proceso de paz” roto había que sacar pecho de invulnerabilidad con los objetivos políticos de ETA. También –todo hay que decirlo– Zapatero asumió que la banda se enfadara. Y ya se sabe de qué manera se enfadan los terroristas.
Total, que el pasado día 16 –a dos días que venciera el plazo de formación del Gobierno–, Miguel Sanz volvió a alzarse con la victoria. Una victoria pírrica porque gobernar en minoría exige a veces demasiadas cesiones. Sanz tuvo en sus manos la posibilidad de no complicarse la vida con una nueva llamada a las urnas.
Nada más ser investido presidente del Ejecutivo foral, recibió aplausos y pitos con la hipótesis de formar un grupo parlamentario propio de UPN en el Congreso de los Diputados.
Las actitudes de Miguel Sanz y el eco que despertaron en la opinión público hicieron que pasara a un segundo plano el verdadero escenario de la conflictividad en la política de Navarra: la disensión en el seno del PSN, la contestación creciente por parte de las bases por lo ocurrido en Madrid –les llegaron a llamar “traidores”– y el hartazgo que produce en la militancia de un partido no tocar poder desde hace una docena de años. Los partidos políticos son maquinarias de poder y, cuando el poder no se alcanza, se sienten incómodos y fuera de juego.
Carlos Chivite saca una conclusión malintencionada a todo este embrollo que se vive en su partido: “Los adversarios estarán encantados de nuestra sangría interna”. Una rebelión en el PSN no conduce a nada nuevo.
Limitaría la eficacia en la labor de oposición que se le ha encomendado. Para que la oposición sea fructífera se requiere antes que nada que no exista una oposición en casa, porque “no hay peor cuña que la de la misma madera”. Los versos sueltos, a lo Gallardón, son muy celebrados pero escasamente rentables.
Llamamiento a la calma
Como el clima interno en el PSN no es apacible, Carlos Chivite se ha visto obligado a hacer un llamamiento “a la calma, al sosiego, a la serenidad y, sobre todo, ahora más que nunca a la unidad”. Navarra no puede permitirse el lujo de no contar entre sus opciones políticas con los socialistas o con unos socialistas sin la tranquilidad suficiente para acometer sus proyectos políticos.
El PSN, con UPN, ha sido siempre un factor de estabilidad en la gobernabilidad de la Comunidad foral. Hubiera sido deseable que ambos partidos gobernaran juntos, como tantas voces lo han pedido.
En el dilema de entendimiento con los regionalistas o con los nacionalistas, el PSN prefirió a los segundos. La “entente” con quienes, tarde o temprano, plantearían alguna fórmula de acercamiento y anexión posterior a la Comunidad Autónoma Vasca suponía la asunción de “riesgos” predecibles (como dice Chivite). Más que un riesgo, fue un error.
Lo curioso es que, lejos de sacar alguna lección de ese acuerdo contra natura, la rebeldía tenga por principales protagonistas a los partidarios del acuerdo con NaBai. Las malas lenguas atribuyen la indudable ascensión nacionalista en Navarra al aumento del censo de ciudadanos vascos. No es verosímil porque la gente que sale del País Vasco no forma parte precisamente de la población nacionalista. En el equipaje, junto a la txapela, no llevan las obras de Sabino Arana. Su marcha es una huida. Escapan de un déficit de libertad.
Si los socialistas consiguen que más pronto que tarde reine la armonía dentro de casa, y tienen el buen estilo de no crear situaciones difíciles y artificiales en el Parlamento y alejar el fantasma de la moción de censura, Miguel Sanz tiene por delante unos meses en los que deberá revalidar sus dotes de gobernante. Oficio tiene.
De momento, en el primer período legislativo, la ley no le permite la disolución de la Cámara legislativa. Sería de pésimo gusto que el PSN aprovechara la ocasión para asestar un golpe bajo al adversario. También en política los golpes bajos se pagan.

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