LA fama periodística del escritor asturzamorano Leopoldo Alas, 'Clarín', camina inseparable de sus paliques, vocablo con el que rotula sus breves columnas de opinión en los principales rotativos españoles hasta hacerlo indisociable de su marca personal. Con este término recoge la acepción que a la palabra le dio el erudito villaviciosino don Apolinar de Rato Argüelles, quien en 'Vocabulario de las palabras y frases bables que se hablaron antiguamente y de las que hoy se hablan en el Principado de Asturias' (Madrid, 1891) señala que palique es «conversación íntima de cuentos y entretenimiento», pero también «habladuría, charlatanería». Probablemente, 'Clarín' funde ambas interpretaciones en una sola para definir una modalidad periodística que ha quedado, tras su paso, ya totalmente consolidada, y que ha sido reunida ahora, junto al resto de sus artículos, en seis voluminosos tomos (los que hacen los números V al X) de las Obras Completas que edita la casa Nobel -pero que no son las únicas OC de 'Clarín' actualmente en proceso de edición- y que, al cuidado de los profesores Botrel y Lissorgues, agrupan, por vez primera para exultación de la legión de estudiosos clarinistas, la desperdigada producción articulística del autor de 'La Regenta' y 'Su único hijo' que va desde 1875 hasta 1901, año de su fallecimiento.
En el otoño de 1900 -viene signado su texto en Oviedo y en el mes de noviembre-, 'Clarín' escribió un palique para EL COMERCIO, que llevaba ya veintitrés años de andadura. El artículo en cuestión apareció el 25 de noviembre en primera página dentro de la leída sección 'Los domingos literarios', y que no he visto recopilado en la serie de trabajos para la prensa redactados en ese año por el célebre y venerado/vilipendiado literato decimonónico. Aquel lejano domingo de hace más de un siglo, el miniensayo clariniano compartió columnas en la primera plana del rotativo gijonés con la composición poética de Luis Guy de Ansorena 'La mujer', con una glosa ('Rápida. Alma, amor y gloria') de Carlos López Alonso, con una prosa de Manuel García Rendueles titulada '¿¿Pobre náufrago!!...' y otra de J. García Fanjul de la serie 'Recuerdos de Asturias' sobre la figura mitológica del nuberu, y con cinco poesías más en castellano debidas a Alfredo Alonso ('La redención de Caín'), J. Martín Granizo ('¿Oh, el honor!'), Mariano Castaño ('Exequias'), J. Ledesma ('Al caer de la tarde') y M. García Rey ('Boceto').
El palique de 'Clarín' ataca su objetivo desde los primeros compases, como no siempre tenía por norma el autor en sus escritos de periódico, ya que solía dar vueltas y revueltas, alargando a veces innecesariamente sus entregas antes de hincarle el diente al trozo de carne al que dirigía su atención. Se lamentaba en el mismo de la apatía mental e intelectual del común de los mortales en el recién estrenado siglo -aunque para el catedrático 1900 no era el primer año del siglo XX sino el último del decimonono- y de la falta de compactibilidad y hondura que él le presupone a la actividad literaria duradera. Nos hace partícipes de su perplejidad ante el abandono de los tradicionales géneros humorísticos, que no juzga más fáciles ni importantes por adoptar tal orientación, y que han venido, piensa 'Clarín', a ser reemplazados por medianías sin peso. En este palique se lanzan duras invectivas contra el aliento pesimista y desagradable del Naturalismo, al que cataloga como una plaga de consecuencias infectas, y se reclama más cultura para que los nuevos lectores corten el paso a las tendencias impuestas por la moda extranjera. El texto completo -en el que me he tomado la libertad de actualizar, aunque mínimamente, la ortografía- decía así:
«Yo creo que hoy el estudio reflexivo cansa. Es más: yo creo que causa hastío. No hay mejor prueba que comparar, por ejemplo, las publicaciones antiguas con las modernas; y sin remontar nuestra memoria a largos años, sino refiriéndonos a la primera mitad del siglo que ahora agoniza, vemos palpablemente que la literatura va adquiriendo por momentos un carácter poco en consonancia con la seriedad y tacto que necesita una rama del saber humano interesada de todas las ciencias, que interviene en cuantos asuntos piensa el hombre y que se mezcla de infinitos lugares, aunque a primera vista no distingamos el cometido que en ellos pueda ejercer.
»El género humorístico, deleitador en extremo, ya que también de difícil acierto, hoy rara vez se cultiva, y en cambio, vive al por mayor un género-parodia de aquél, que trata de sustituirle, y le sustituirá infortunadamente, pero que sólo merece el pródigo nombre de 'buen humor'. Sembrado de galicismos y de vulgaridades mil, si no influye en el ánimo del estudioso, incauta muchos que, pensando en la fácil posibilidad de ser sus émulos, se dedican a conocer el chiste del 'rata', la gracia de la portera, el dicharacho del aguador y la sentencia del lechero. Con semejantes datos se forma el inapreciable volumen de los conocimientos indispensables, y sale a la calle un nuevo escritor. En 'Germinal', decía, no hace mucho tiempo, que por eso abundaban los literatos y periodistas faltos de regulares conocimientos, aunque atesoren buen caudal de audacia y de chispa chismográfica, condiciones indispensables para meterse en todo sin aprensión alguna: medios tan racionales, que los consideran como condiciones únicas que deben existir e imponerse, como si surgieran espontáneas de nuestra misma naturaleza, y fuesen cual lo decía Emerson 'a voice of nature'. A este modo de escribir, manía de los escritores inútiles y hueros, se la ha denominado 'realismo' y 'naturalismo', cuando, en realidad, no merece otro nombre que 'pauperismo'.
»Me aburre, me fastidia y me produce mal humor la lectura de un articulito de esos tan frecuentes como 'chabacanotes' y 'cargantes'. Parece dado en la forma por el que no tiene energías en el alma y por el que sólo cuenta con las potencias negativas de la indolencia y de la ignorancia.
»Venga la reacción. Pero vendrá por la cultura. Nuestra generación de literatos es como a modo de un suelo o terreno fecundo, cuajado de fermentos, en el que ciertos gérmenes muy activos, como el ibsenismo, se desenvuelven con la intensidad de una horrible epidemia, a expensas de los demás.
»Cultura y mucha cultura. Es lo que falta».
En el momento de poner negro sobre blanco las antipatías enfadosas que le suscitan las tendencias preponderantes en el escenario europeo (censura a Ibsen), 'Clarín' está evidenciando claramente cómo su aureola ha entrado ya en una cuesta abajo que echaría el telón un semestre después.

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