El ojo del tigre
Desde que a la clase política se le ocurrió sustituir el debate político-ideológico por la bronca partidista, los valores pedagógicos de la democracia -entendida esta como un hecho cultural y apartidista, civilizado y racional- fueron marginados de una manera tan radical que, incluso, se podía creer que desaparecieron para siempre sepultados bajo el alud de insultos y de otras necedades seudopolíticas, seudoideológicas y seudorracionales que está cayendo sobre la indefensa sociedad civil: la cual, amedrentada y arrinconada por tantas furias dialécticas, intenta sobrevivir a la catástrofe pensando en que vendrán tiempos mejores.
La autonomía asturiana no es una excepción de esta regla impuesta por los geómetras del bipartidismo que regula el sistema dinástico que nos tutela desde que la dictadura anterior fuera rehabilitada para que siguiera prestando sus servicios a la emergente democracia vigilada... La bronca partidista en Asturias se practica en tres escenarios: a) La Junta General del Principado -el Parlamento asturiano-; b) las ejecutivas de los partidos, y c) los consistorios de los grandes municipios.
La calle es la caja de resonancia de estos tres escenarios citados, el lugar donde los discursos apocalípticos, que se escenifican en los teatros institucionales, se repiten reiteradamente; con lo cual, la sociedad queda a merced de las consecuencias poco -o nada- recomendables de ese pertinaz ambiente de beligerancias agresivas y descabelladas.
EN REALIDAD, los políticos no polemizan entre sí, ni debaten sus ideas, ni dialogan para merecer el título de demócratas. Riñen. Se increpan agriamente. O sea, se abrocan los unos a los otros; carentes de escrúpulos éticos, que les evitarían la irracionalidad de sus argumentos. El debate político -y con más necesidad, el que se plantea en los altos niveles institucionales-, para merecer tal nombre exige a quienes lo protagonizan sosiego dialéctico, argumentación razonada, respeto al adversario, ausencia de ambiciones personales con el antifaz del interés común.
Y algo más: la total presencia de unos principios ideológicos. Porque ha desaparecido el concepto de lucha ideológica, para favorecer el desarrollo de las disputas que bastardean los principios morales de la democracia; a la cual, se le supone que es la garante de las libertades civilizadamente planteadas.
El coro de los portavoces de cada uno de los partidos del ámbito parlamentario, cada vez que interviene no solo atruena sino que, además, nos permite descubrir que, en tan sólo apenas tres décadas de uso, la democracia desanina de tal manera que, a menudo, suena igual que la desaparecida democracia orgánica; la que, si nos fiamos de lo que dicen los modernos ideológicos del vigente régimen monárquico, está desaparecida del mapa social. Una democracia -aquélla- que basaba su legitimidad en el poder concentrado en un individuo providencial; sin el cual, nada tenía sentido por sí mismo; pero con él, todo era razonable, justo y perfectamente contrastado...
A PARTIR DE aquel mágico instante de nuestra historia contemporánea, inmortalizado con el sagrado nombre de Transición, se ampliaron los cauces legales para la participación ciudadana en la política -o no es verdad...?-; los nuevos políticos demócratas se consideran ungidos con los mismos óleos que sacralizaron la autoridad total y absoluta -o sea, absolutista y totalitaria...- de aquel general providencial cuya personalidad emanaba raudales de bienestar económico y político. De este anacronismo interesado parte la actual presunción divina, que llena de orgullo intelectual a la clase política. Una clase que está compuesta por individualidades arcangélicas: cada una de las cuales es un hombre providencial: es decir, un taumaturgo y, sobre todo, un salvador...
Sin embargo, cabe la esperanza de que este endiosamiento jupiterino de la clase política sea un trance transitorio, que sólo dure el tiempo imprescindible para que desde los sanedrines de los partidos políticos sus altavoces retransmitan el sonido de la democracia limpiamente; para que la Junta General del Principado sea inexcusable el Principio de Peter; para que la agresividad dealéctica desaparezca de los salones de plenos de los ayuntamientos... Sobre todo, para que los éxitos electorales no sean interpretados como si fueran derechos de pernada... Amén.
Lorenzo Cordero. Periodista.

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