TRIBUNA

Detrás de la fachada superficial y la retórica de ardoroso defensor del liberalismo a ultranza que gusta exhibir, el presidente francés está dando muestras de pragmatismo y amplitud de criterio en sus primeros meses de gestión.

La victoria de Nicolas Sarkozy obedeció a dos causas principales. La primera es la debilidad y descomposición de la izquierda. La segunda es la capacidad para unir bajo su dirección a las tres corrientes de la derecha: liberal, nacional y fascista o nacionalista extrema.

No en vano si resultó elegido fue porque supo apropiarse del voto popular de Le Pen. Los que quisieron ver en Sarkozy un aliado, por no decir un rehén, de Le Pen no consiguieron imponer esa tesis durante mucho tiempo, pues todas las iniciativas del presidente apuntaban en otra dirección. En cambio, es fácil aceptar la idea de que el nuevo gobierno intentará complacer a las categorías sociales que le proporcionaron tan importante apoyo.

Y, sin embargo, esta hipótesis sirve cada vez menos para explicar las medidas tomadas hasta ahora. De ahí la nueva idea de que Sarkozy es un neogaullista, desconfiado en lo que a Europa se refiere y partidario de fuertes intervenciones estatales. El nuevo presidente es consciente de que la importancia que concede a la mejora de la atención sanitaria, la investigación y la educación implica un reforzamiento del papel del Estado. Al mismo tiempo, la ecología es otra de sus prioridades, y no procede precisamente del ideario liberal.

La época neoliberal ha durado mucho tiempo, treinta años, hasta tal punto eran fuertes los obstáculos a la libertad de los mercados. Ahora Europa incorpora a los países ex comunistas, o de otras partes de Europa Oriental, prometiéndoles un acceso a los mercados mundiales. La política de destrucción de las barreras, los cupos y todos los medios de defensa de los intereses locales casi ha sido completada. Pero esa política de supresión de los obstáculos al libre comercio se está convirtiendo en un obstáculo para el libre desarrollo de la vida económica.

Lo hemos visto en América latina, donde las críticas al FMI y al consenso de Washington se han multiplicado. Por todas partes se alzan voces cada vez más pesimistas que apelan a una gestión razonada de los recursos, cada vez más escasos. Este análisis parece entrar en contradicción con el discurso de Sarkozy de "trabajar más para ganar más".

Pero ¿por qué hay que ver en semejante declaración una convicción liberal? ¿Por qué no darle una orientación más política y voluntarista? Por otro lado, cuando la ministra de Economía llama a los franceses a trabajar más y a pensar menos, nadie se toma en serio una declaración tan estúpida, ya que todo el mundo sabe que el pensamiento es una de las formas más útiles de trabajo.

Es cierto que Francia ha manifestado demasiado respeto por los ideólogos y no el suficiente por los empresarios, pero ni todo el pensamiento es ideología ni los empresarios son los únicos que garantizan el crecimiento económico. No intento reducir la importancia del pragmatismo ni del gusto por el dinero que el gobierno propone a los franceses. Pero sigo pensando que Nicolas Sarkozy, como Jacques Chirac antes que él, es mucho menos inculto y empírico de lo que le gusta hacernos creer, y que sus discursos no se limitan a atacar el comportamiento individualista de los franceses, pues el principal objetivo del gobierno es definir grandes metas para el país, que implican la participación de todas las categorías sociales.

Definir grandes objetivos nacionales es alejarse del espíritu europeo, que es muy liberal. Pero, en vez de pensar que el presidente francés se aferra a un nacionalismo arcaico, podemos preguntarnos si no será Europa la que carece de grandes proyectos, tanto sociales y políticos como económicos.

La hipótesis presentada aquí requeriría ser matizada y mejor defendida. Pero me parece necesario proponer una alternativa clara: o bien Sarkozy es el campeón del liberalismo o, por el contrario, su objetivo principal es recuperar la capacidad de acción de un Estado debilitado desde hace dos décadas por el triunfo mundial del liberalismo. Después de reflexionar, me quedo con la segunda hipótesis y creo que esa orientación se impondrá poco a poco en toda Europa Occidental.

La única hostilidad que puede suscitar la preferencia del gobierno por una política práctica es su insistencia en desear que la izquierda continúe sin pensar y, en consecuencia, que no se recupere. Desde ese punto de vista, Sarkozy podría tener razón y la izquierda, seguir prefiriendo aún durante mucho tiempo las ideologías antiguas a los proyectos nuevos. Pero ¿quién puede desear que, ya sea la derecha y el gobierno o la izquierda y la oposición, prefieran el marchito encanto de los enfrentamientos de antaño a la dificultad que implica definir los verdaderos conflictos y los verdaderos objetivos actuales?

Alain Touraine. SOCIOLOGO, ESCUELA DE ALTOS ESTUDIOS EN CIENCIAS SOCIALES (PARIS).

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