TRIBUNA LIBRE

Falta más de un año para conocer el nombre del sucesor de George Bush en la Presidencia de Estados Unidos, pero ya se pueden anticipar con grandes posibilidades de acierto las prioridades de la nueva Administración, sea republicana o demócrata: rearme y proteccionismo.

Leyendo y escuchando los análisis que hacen los principales candidatos de ambos partidos de los desafíos del siglo XXI y las propuestas que proponen para hacerles frente con éxito, hay muchas más similitudes que diferencias.

Entre los desafíos, todos destacan Irak, Afganistán, Al Qaeda, la proliferación de armas nucleares y de otras armas de destrucción masiva, genocidios como el de Darfur, el autoritarismo creciente en países iberoamericanos como Venezuela y en ex superpotencias como Rusia, enfermedades y pandemias como el SIDA, la malaria o la gripe aviar, la competencia creciente de potencias emergentes como China y la India, los estados parias -necesitados del chantaje permanente para sobrevivir, como Corea del Norte-, los estados fallidos (presas fáciles de las nuevas redes terroristas globales), el cambio climático, acelerado por la acción del hombre, y focos tradicionales de conflictos no resueltos heredados de la Guerra Fría, como Taiwán, la frontera indopakistaní, Oriente Próximo y muchas guerras africanas.

A esta lista incompleta de riesgos y amenazas, en la que, con ligeros matices, coinciden los principales candidatos estadounidenses y los principales gobiernos, independientemente del partido en el poder, hay que añadir las actividades ilegales internacionales más desestabilizadoras, investigadas por Moisés Naím en su libro Ilícito. Cómo el contrabando, los traficantes y la piratería están cambiando el mundo.

Esas actividades son, principalmente, el narcotráfico, la falsificación de productos, el contrabando de armas y de personas, y el blanqueo de dinero. Si tenemos en cuenta el dinero que mueven -posiblemente más de 1 billón (con b) de dólares sólo el narcotráfico y la mitad o más la falsificación de productos-, se necesitan instituciones democráticas muy sólidas y servicios de seguridad muy eficaces para resistirse a su capacidad de corrupción. Según el FMI, el lavado de dinero se ha multiplicado por 10 desde 1990 y hoy representa entre un billón y un billón y medio de dólares.

Salvo en Irak, donde los conservadores más ciegos creen posible todavía la victoria y se resisten a pedir la retirada del grueso de las fuerzas extranjeras en los próximos meses, los principales candidatos consideran fracasada la estrategia seguida hasta ahora, basada en la iraquización y en el refuerzo de las tropas de ocupación, y piden urgentemente negociaciones políticas para lograr un pacto interno que restablezca la paz entre las tres comunidades iraquíes más importantes, y otro pacto externo que restablezca la paz entre las ramas suní y chií (iraní) del islam.

«Retirarse ahora o dividir Irak (...) precipitaría un conflicto regional», afirma el republicano Mitt Romney. «Demos a nuestros militares los medios y el tiempo que necesitan».

«Sólo los dirigentes iraquíes pueden llevar la paz y la estabilidad a su país», dice el demócrata Barack Obama. «Retiremos todas las brigadas de combate de aquí al 31 de marzo de 2008».

Más allá de Irak -que, como advierte el historiador Paul Kennedy, no deja de aumentar el déficit presupuestario, de desgastar al Ejército y de socavar el poder blando de EEUU-, todos ven la amenaza número uno contra la seguridad estadounidense e internacional en la galaxia Al Qaeda y en la fuerza que proporcionan a sus redes las guerras de Irak y de Afganistán.

Nadie tiene soluciones milagrosas. Mientras Obama y Hillary Clinton buscan en F. D. Roosevelt, Truman y Kennedy proyectos, palabras e instituciones útiles para los nuevos desafíos, Romney, Giuliani y el resto de los republicanos ven alguna lección también en Reagan.

Desechada la hojarasca retórica de todos ellos, descubrimos una coincidencia asombrosa en las medidas concretas. «Nuestro Ejército necesita otros 65.000 soldados, la Marina otros 27.000, hay que multiplicar los gastos en equipos, formación y entrenamiento, y hay que mejorar considerablemente la definición de las misiones», afirma Obama.

«Yo aumentaría el Ejército en 100.000 efectivos y los gastos militares en 30.000 o 40.000 millones de dólares», contesta Romney. «De un 6% del PIB en 1986, con Reagan, el presupuesto de defensa ha caído por debajo del 4% anual. Yo lo subiría al 4% como mínimo».

Teniendo en cuenta que ese presupuesto ha superado ya los 500.000 millones de dólares anuales (la mitad, aproximadamente, de los gastos militares en todo el mundo), no parece que sea por problemas presupuestarios por lo que EEUU ha fracasado en Irak y está fracasando en Afganistán.

La decisión unánime de seguir aumentando los gastos militares se debe, más bien, a la obsesión de todos los candidatos por librarse del sambenito de blandos o poco fiables en seguridad y defensa. No olvidemos que ésa fue la clave de la reelección de Bush en 2004.

El aumento del proteccionismo no será una ruptura con la Administración actual, sino continuación de lo que estamos viviendo desde 2000. El Congreso 109 (2004-2006) introdujo 27 proposiciones contra las importaciones de China y el actual (2006-2008), otras 15 en sus primeros tres meses de trabajo. Si a ello añadimos los vetos a adquisiciones como la de Unocal por la china CNOOC y de seis puertos estadounidenses por Dubai Ports World, está clara la tendencia dominante.

Francia, Alemania, Rusia y la propia China, entre otros, han seguido el ejemplo y, entre todos, prácticamente han condenado al fracaso la ronda de Doha, inaugurada tras el 11-S como una de las mejores respuestas globales al terrorismo internacional. Se trataba, se dijo, de liberalizar el comercio y los servicios mundiales, repartiendo de forma más equitativa los beneficios de la globalización.

Si tenemos en cuenta que la liberalización del comercio aportó entre 500.000 millones y 1 billón de dólares cada año a Estados Unidos en los últimos decenios y que un nuevo acuerdo en Doha aportaría beneficios similares en los próximos años, es evidente que los primeros perjudicados por un fracaso y por la aceleración inevitable del proteccionismo serían los propios estadounidenses.

Este proteccionismo creciente se ha atribuido en los últimos años a los efectos negativos de la globalización, a una mala información y a la prioridad de la seguridad frente al terrorismo.

En el último número de Foreign Affairs, los profesores Kenneth Scheve y Matthew Slaughter dan una explicación mucho más creíble: el Gobierno estadounidense es cada vez más proteccionista porque la mayoría de los estadounidenses lo son en respuesta a su pérdida de poder adquisitivo en todos los grupos, salvo el de los que tienen un doctorado o un master muy especializado.

Invertir mucho más en educación no resuelve el problema a corto plazo y dedicar mucho más dinero a los desempleados por las deslocalización tiene efectos muy limitados. La mejor solución está en reformas fiscales -dentro y fuera de EEUU- que redistribuyan con justicia y equidad los beneficios de la globalización, cada vez en menos manos.

Felipe Sahagún es profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Complutense y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.

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