Aquel verano de 1857 (Baudelaurie y las flores del mal), de Luis Arias Argüelles-Meres en La Opinión de La Coruña
Fue un 25 de junio de 1857. Se editó como libro Las Flores del Mal, de Baudelaire. El 20 de agosto de 1857 en la misma Sala del Tribunal Correccional de París donde se celebró el juicio contra Flaubert, la sentencia prohíbe seis de los poemas que habían visto la luz en la edición original. Otros siete se salvaron milagrosamente gracias a la pericia del abogado del poeta. De los trece textos encausados, cuatro habían sido considerados blasfemos, mientras que los nueve restantes resultaban, según el Tribunal, atentatorios contra la moral pública francesa. Súmese a ello una multa en efectivo cuya cuantía no fue baladí. La sentencia se fundamentaba en "un realismo crudo que hiere el sentimiento del pudor" y como guinda añadía que "necesariamente conduce a la excitación de los sentidos". En 1861 se publica lo que podría llamarse una versión mutilada de Las flores del mal, pues no figuraban en ella los seis poemas proscritos. En todo caso, como alguien acaba de escribir, uno de los grandes poemarios de la cultura occidental contemporánea, "nace como libro non grato".
Las reacciones que se produjeron ante Las flores del mal en el mundo literario, haciendo esta vez "mudanza en su costumbre" fueron mucho más generosas que las provenientes del moralismo y de las leyes entonces vigentes. Y es que, desde estéticas muy diferentes, los elogios que recibió el libro de Baudelaire anticipaban lo que con el paso del tiempo se confirmaría: su indiscutible condición de obra maestra y (pleonasmo) de ruptura.
Víctor Hugo se entusiasma con Las flores del mal y vaticina para este poemario la inmortalidad literaria. Tiene suma trascendencia el parabién del autor de Los Miserables, habida cuenta que está ensalzando una nueva sensibilidad literaria desde un Romanticismo que ya había vivido sus días de gloria.
El 13 de julio de 1857, en vísperas del proceso, Flaubert felicitó a Baudelaire: "Usted ha encontrado la manera de rejuvenecer el romanticismo. Lo que me gusta sobre todo en su libro es el predominio del Arte. Usted resiste como el mármol y penetra como la niebla de Inglaterra". No es menos relevante que el precursor del realismo naturalista que vendría después ensalce la poesía de Baudelaire. Y que además lo haga con tamaña agudeza y elegancia.
Sartre, desde la óptica más genuina del existencialismo, escribió: "Baudelaire es el hombre que ha elegido verse como si fuera otro; su vida no es sino la historia de este fracaso".
Fracaso vital, si se piensa en términosñoños de felicidad convencional, frente a la gloria que supone figurar con toda justicia entre los grandes poetas que en el mundo han sido.
Hace 150 años el mundo recibió dos grandes regalos literarios: Las Flores del Mal y Madame Bovary. Entonces como ahora, había moralistas de oficio prestos a escandalizarse cuando la mediocridad, a la que ellos siempre han llamado moralidad pública, sufría una terrible embestida. Moralistas de ocasión y de urgencia frente a obras maestras, frente a algo que, en el fondo, no admite más prédica que la belleza.
Así lo sentenció el propio Baudelaire: "Hay muchas morales. Hay la moral positiva y práctica, a la que todo el mundo debe obedecer. Pero hay la moral de las artes. Ésta es muy diferente, y desde el comienzo del mundo las artes así lo han demostrado".
Hoy como entonces, desde cualesquiera de las cavernas ideológicas, continua la resistencia a reconocer que lo más subversivo y trasgresor sigue siendo el arte por el arte, precisamente -¡oh, paradoja!- por su pureza. Una verdad tan de Perogrullo como ésta sigue siendo combatida y negada. La moralina es al arte lo que la mugre a la pulcritud.
En todo caso, bienvenido sea el recordatorio de una obra maestra a la que es conveniente regresar, por mucho que resulte inevitable que tras ello se adueñe de nuestro ánimo un desasosiego espiritualmente saludable. El tránsito por universos malditos delata lo abismalmente alejados que estamos de eso que, también en términos existencialistas, es lo contrario de la autenticidad.
El 30 de diciembre de 1857 Baudelaire escribió en una carta: "El extraño éxito de mi libro y los odios que ha provocado me interesaron por algún tiempo, y después volví a caer en lo mismo". Pregúntese el lector en qué abismos, en qué desesperaciones.
Porque, como el propio Sartre escribió: "No merecía, ciertamente, aquella madre, aquella perpetua escasez, aquel consejo de familia, aquella amante avariciosa, ni aquella sífilis; ¿y hubo algo más injusto que aquel fin prematuro"
Frente a todo ello, la gloria, que exige un precio no menos alto que el que pagó el doctor Fausto.
Hace 150 años la poesía demostró una vez más ser un arma letal contra la mediocridad.
