La tarde promete. Es una de esas jornadas estivales de Bilbao, sin preocupaciones y con la página de la agenda para el día siguiente aun en blanco. Mientras la clase media y los funcionarios huyen despavoridos hacia destinos exóticos, para sufrir lo indecible por culpa del calor, los atascos, el mal servicio y el colapso de infraestructuras en Cataluña, como si estas vacaciones fueran las últimas de sus vidas, algunos privilegiados nos hemos quedado a pasar el mes de agosto en el entrañable y provinciano botxazo, muy sosegado a pesar de las fiestas.

“Veranea en Euskadi”, antaño una consigna del nacionalismo radical, es hoy cuestión de necesidad para muchos, incluyendo a cierto político progresista, muy conocido en el País Vasco, que había organizado en su domicilio una velada intelectual al uso clásico, mitad tertulia, mitad tregua, pluralista y transversal.

Tuve ocasión de asistir gracias a la mediación -o mejor dicho, a la insistencia- de un conocido comun. Fui, no por morbo, como una mujer de clase media a la que finalmente se le ofrece la oportunidad de ver los cuartos de baño de su vecina, sino por curiosidad científica, para echar un vistazo al entorno particular de uno de nuestros más afamados hombres públicos, del cual incluso se llegó a especular con la posibilidad de que algún día llegue a convertirse en una alternativa al actual gobernante de la Comunidad Autónoma.

Recibidos mi amigo y yo cordialmente por la esposa del anfitrión, lo que me sorprendió no fue la presencia de los otros invitados, de una tipología predecible en este tipo de cenáculos -funcionarios de la Subdelegación del Gobierno, algunos periodistas, dos jefes de seguridad del partido, mal afeitados y con unas horrorosas corbatas de cuero de color gris, tres o cuatro escritorzuelos locales y varias cincuentonas de buen ver-. Lo que llamaba la atención era el estilo.

Siempre había pensado que aquel hombre era un albañil de la política; de pronto supe que me encontraba no ante un capataz ni un encofrador, sino frente a un auténtico maestro de obras, el jefe de una cuadrilla en el mejor sentido medieval del término. ¿Quién sabe? Quizá también fuera francmasón. El hombre de apariencia simple que se pasaba las sesiones parlamentarias leyendo El Correo Español, mientras el Consejero Azkarraga agónicamente desgranaba sus trabajosos informes, era en realidad un personaje de mundo, culto y perspicaz. Donde yo había esperado encontrar un retrato de Ramón Rubial caminando junto a la Ría, o las fotos de circunstancias con la firma de Felipe González, había litografías de Mondrian y Klimt, libros de urbanismo y arte, obras maestras de la literatura, algunas esculturas y gran cantidad de discos de música clásica.

Me reprendí por la simplicidad de mis esquemas. Había olvidado que la cara que un político pone en el foro no es la misma con la que regresa a la intimidad de su hogar. Al pueblo soberano no le gustan las personas cultivadas: el hombre de la calle jamás otorgará su confianza a aquel cuya ambición no sea la misma que la suya, y mucho menos a quien se haya propuesto corregirle o darle lecciones de urbanidad o moral. Por consiguiente el político ha de seguir los preceptos de Baltasar Gracián y ocultarse tras una fachada inexpugnable de discreción y disimulo... No es fácil, pero con mucha práctica y esfuerzo se puede lograr.

Un momento. ¿No me estaba precipitando en mi análisis? Tal vez aquellos maravillosos objetos y aquel impecable estilo burgués formaban parte de los bienes gananciales. Siempre se ha dicho que detrás de un gran hombre hay una mujer que hace de ángel guardián y catalizador de procesos vitales. Ya me creía en posesión del gran secreto cuando un suceso fortuito me recordó que las sorpresas no habían hecho más que empezar.

Sonó el teléfono. La esposa lo cogió y, tras escuchar unos momentos, puso la mejor de sus sonrisas y comenzó a hablar con su interlocutor en un perfecto alemán, fluido y sin acento. No es lo mío escuchar conversaciones ajenas, pero en aquella ocasión no me quedaba otro remedio ya que estaba justo al lado, con una copa de vino en la mano, soportando estoicamente a un veterinario del Aeropuerto que había escrito un libro sobre toros y estaba empeñado en que yo lo prologara. Lo que decía la mujer era más interesante, ya que la persona al otro lado del teléfono era nada menos que Kurt Beck, el pontífice de la socialdemocracia alemana.

Ella, después de cambiar algunos saludos, de preguntar por la familia, las vacaciones y demás, fue hasta donde su marido y le entregó el aparato: “¡Es Kurt, quiere hablar contigo para ultimar los detalles de vuestro encuentro en Mallorca!” La gran promesa de la política vasca rogó a los asistentes que le disculparan, para acto seguido enfrascarse en una conversación de varios minutos con el hombre fuerte del socialismo germano. Su alemán no era tan bueno como el de la esposa, pero sí de nota alta, y lo bastante fluido como para hacerse entender en asuntos burocráticos y organizativos de la Internacional Socialista.

El resto de la velada transcurrió apaciblemente. El anfitrión se levantó para poner sus discos (no esos insípidos CDs que distribuyen con el periódico del domingo, sino vinilos de pura cepa, microsurcos de los de antes, con su inigualable reproducción de graves): Tchaikowsky, Sexta Sinfonía, la insuperable grabación histórica de 1961 con Evgeny Mravinsky al frente de la Orquesta Filarmónica de Leningrado. Mientras tanto, la esposa encendió algunas velas que crearon una atmósfera muy agradable. Luego escuchamos “El Lago de los Cisnes”, interpretado por la Sinfónica de Boston y Seiji Ozawa en 1979. El gran compositor ruso era el preferido de la pareja.

Noté que el anfitrión me observaba de reojo, sin duda preguntándose qué hacía yo allí. El ya estaba al tanto de mis atrocidades periodísticas y puede que algo contrariado por mi presencia, pero no hizo nada que menoscabara su hospitalidad. Yo le ayudé en todo momento actuando con la mayor corrección. Cuando me tuve que marchar -lamentándolo mucho por lo cordial y exquisito del ambiente-, él mismo me acompañó hasta la puerta.

“Ha sido una velada extraordinaria”- le dije, -”Muchas gracias.”

“Y en algunos aspectos sorprendente, me atrevería a decir” añadió, mientras nos estrechábamos la mano “¿Verdad? Las cosas no son siempre lo que parecen, y un político a veces se ve obligado a aparecer en la Casa del Pueblo y los Congresos del Partido como alguien que en realidad no es... Hay que vestir el mono azul, como aquellos progres acomodados del Tardofranquismo que cambiaban sus trajes por vaqueros y chaquetas de pana para asistir a las asambleas del Partido Comunista.”

Me dijo que se alegraba de mi asistencia, pero con muy buenas formas dio a entender que esperaba cierto pago a su hospitalidad... “¿Puedes hacerme un favor?” Yo respondí afirmativamente, y entonces él me dijo:

“Si vas a escribir sobre lo de hoy, sobre todo en esa bitácora plagada de separatistas, Izaronews o algo por el estilo...”

“No hay cuidado...”

“¡Entiéndeme bien!” me interrumpió él, haciendo un gesto amable con la mano. “Puedes escribir lo que te dé la gana. Pero por el amor de Dios, no cuentes nada sobre Tchaikowsky. Mis bases pensarían que soy maricón