TRIBUNA LIBRE

Fui a ver la película El ultimátum de Bourne con la idea de escribir un artículo en el que se compararan las tres entregas cinematográficas de la saga del famoso personaje y los libros de Robert Ludlum que las han inspirado. El Bourne de éste es un veterano de Vietnam cuyas relaciones conflictivas con el Gobierno se transforman en colaboración, idealizada en última instancia, con una CIA cuyos funcionarios son unos estadounidenses íntegros y absolutamente rancios. En las películas, por el contrario, se manifiestan unos recelos profundos hacia la Casa Blanca (en este último episodio, la CIA es el único enemigo), lo que parece tener que ver con la posición de EEUU en relación con Irak.

Al margen de lo anterior, la película me hizo volver a plantearme una pregunta, para la que no encuentro respuesta: ¿por qué las mujeres están imposibilitadas para hacer algo de provecho en las películas de acción? Lo más asombroso que hace Julia Stiles en El ultimátum de Bourne es aparecer la segunda en el cartel. Tiene aproximadamente tres secuencias, en las que su personaje recorre toda la gama posible de sentimientos, desde la preocupación a la angustia. En una de sus grandes escenas, Stiles se aleja a paso ligero de un asesino en un bazar marroquí atestado de gente, echando continuamente miradas atrás, con lo que el asesino no deja de disfrutar ni por un momento de la belleza de su rostro lleno de inquietud.

La chica nunca hace nada por defenderse -echar mano de un pañuelo o improvisar una peluca para taparse el pelo, de un color inconfundible; montar una maniobra de distracción, como la de prender fuego a algo; inventar cualquier historia para convencer a un extraño de que la ayude...-. Y, además, ¿por qué no habla ella todos los idiomas del planeta, como sí hacen los agentes masculinos de la CIA? Todo lo que hace es dar golpes a puertas cerradas a cal y canto hasta que encuentra una que está abierta y corre escaleras arriba. ¡A eso se le llama tener recursos!

La pelea que viene a continuación enfrenta, naturalmente, al personaje encarnado por Matt Damon y al asesino a sueldo. En el último momento, el guión permite que Stiles intervenga, en lugar de seguir mirando simplemente como si no pudiera hacer nada, y su esfuerzo resulta en cierto modo gratificante, aunque, como era de prever, del todo ineficaz. No hace ninguna otra cosa que tenga la más mínima utilidad práctica, salvo darle a Damon algo para lavarse.

En la actualidad, hay mujeres protagonistas en papeles de acción tanto en el cine como en series de televisión. En programas como Buffy, la cazavampiros, Xena: la princesa guerrera o la actual Héroes, así como en películas como Catwoman o las secuelas de Matrix, hay mujeres que sacuden de lo lindo a unos cuantos. Ahora bien, se trata en todos los casos de fantasías de ciencia-ficción, se desarrollan en mundos imaginarios y varias de estas propuestas se han saldado con fracasos notables. La regla parece ser que cuanto más realista sea una película de acción, más desventuradas han de ser las mujeres. Los hombres pueden dar sopas con honda a todo un organismo gubernamental, dejar fuera de combate a 43 adversarios de una vez, salir incólumes de espectaculares accidentes de coche y sobrevivir a caídas desde una altura de 10 pisos en el río East [de Nueva York], como hace Bourne en la película en cuestión. Sin embargo, las mujeres no hacen nada más que estar por ahí con cara de angustia. Joan Allen, que en las tres películas ha interpretado a un jefazo de la CIA, tiene un papel ligeramente menos ingrato; su personaje toma algunas decisiones inteligentes, pero no es lo que se dice muy emocionante.

Las películas tratan sobre Bourne, hay que admitirlo. No espero que la chica goce de una cuota igual a la suya en pantalla, pero a Stiles se le podría atribuir alguna habilidad constructiva, aunque sólo fuera una. El personaje de Marie, destinatario del amor de Bourne (y al que mataban en la segunda película), ejemplifica esta tendencia hacia la nada: en 1980, año en que se publicó el primero de los libros, Marie interviene activamente en el papel de una economista experta que rescata a Jason una o dos veces, e incluso hace que se hagan ricos; en 2007 y en la tercera película, ha muerto y su sustituta es completamente prescindible.

En la vida real -como personalmente tuve la oportunidad de descubrir para desilusión propia-, en la única ocasión en la que he estado en peligro físico, yo misma agité las manos por delante del pecho como las gallinas de Chicken Run [Evasión en la granja]. Sin embargo, me gusta que mis fantasías estén trufadas de dificultades algo mayores. Es más, estoy bastante segura de que, si fuera una agente de la CIA, sobre todo si fuera una agente que en anteriores películas se hubiera visto metida en líos con alguien como Jason Bourne, me habría preocupado de aprender un par de idiomas exóticos y me habría puesto al corriente de algunos rudimentos de artes marciales.

A decir verdad, mi trabajo no exige técnicas de defensa personal excepto, por supuesto, cuando no queda más remedio que reconocer que se ha leído, y mucho, a Robert Ludlum. Será mejor que salga a buscar una peluca y una casa segura en Marruecos.

Sarah Churchwell es profesora de Literatura y Cultura estadounidense en la Universidad de East Anglia (Reino Unido).

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