«En este partido no hay democracia interna, pero cada uno hace y dice lo que le sale de las pelotas». Este es el diagnóstico de un diputado del PP cada vez que las turbulentas corrientes internas mueven la nave del partido. En este partido basta que se mueva una hoja para que se arme la gorda. Tanto si es el anuncio de la vuelta de Rodrigo Rato a España como si se trata de que Gallardón lleve puesta una corbata con los colores de la bandera española o de que Esperanza Aguirre haya guiñado el ojo a alguien. Mariano Rajoy preferiría que la película se titulara E la nave va, pero no le dejan tranquilo ni de vacaciones. Como en la película de Federico Fellini, el entorno de Rajoy mantiene la aparente calma de un viaje burgués por mar, pero el resto del PP ya está velando sus armas para el otoño invierno, que se avecina calentito e interesante.
Alberto Ruiz-Gallardón, decidido a quemar sus naves, ha empezado la gran batalla un poco antes de lo previsto. Pero que nadie dude de que está dispuesto a darla, porque a estas alturas ya no tiene nada que perder. Esta puede ser su última oportunidad y es verdad, como ayer dijo Esperanza Aguirre, que nunca ha ocultado su voluntad de llegar a las «más altas» magistraturas institucionales.
Muchas personas creen que el alcalde de Madrid pretende ir en las listas del Congreso para ser diputado cuando Rajoy pierda y se proceda a sustituirle. Y hay que reconocer que el regidor de Madrid ha puesto el argumento a punto de caramelo a sus adversarios. Sin embargo, Gallardón cree que, sin su imagen centrista y moderada acompañando a Rajoy en los carteles, el PP tiene escasas posibilidades de ganar y gobernar en las elecciones de marzo. Es bien cierto que el alcalde no ha mimado mucho a su partido y por eso le pasó lo que le pasó en la Junta Directiva madrileña. Pero no es menos cierto que su reflexión acerca de la necesaria moderación del PP es compartida por muchos dirigentes del partido. Son los que piensan que la marcha de Josep Piqué y de Jaume Matas ha dejado al PP sin unas referencias centristas muy importantes.
Seguramente ayer, al ver los periódicos, Gallardón volvió a pensar lo de siempre: «¿Por qué razón cada vez que hablo me atacan de esa manera? Si sólo pretendo ayudar a Rajoy a ganar las elecciones y creo que puedo aportar más votos que muchos otros compañeros del partido. ¿El número? me da igual ir el 10, por detrás de todo el mundo».
Ahora bien, los demás se preguntan por qué sabiendo las ampollas que levantan sus palabras, insiste una y otra vez. La respuesta a esta pregunta radica en la propia naturaleza de Alberto Ruiz-Gallardón.
También es más que probable que el líder del PP haya dado esperanzas al alcalde de Madrid para llevarle en su lista. Incluso le puede haber dicho que sí sin calcular las repercusiones internas que ello iba a tener y que ahora se están empezando a ver.
Mariano Rajoy lleva toda la legislatura intentando que los pasajeros de cubierta no choquen entre sí, pero cuando se acerque el final, no tendrá más remedio que tomar una decisión. El tiempo de las listas acaba llegando y algún día se tendrá que sentar y decir sí o no a las pretensiones de Gallardón. Seguramente a él le gustaría tomar la decisión sin presiones, pero desgraciadamente ya es demasiado tarde para eso. La batalla será encarnizada. Si se trata de medir las fuerzas a día de hoy, no cabe duda de que el alcalde parte de una posición de clara desventaja frente a sus adversarios, muy bien colocados en la dirección.
A cambio, la otra gran incógnita de la ecuación electoral del PP parece bastante despejada. O mucho cambian las cosas, o Rodrigo Rato no volverá a la política, al menos antes de la convocatoria electoral. Ni él tiene ganas de presentarse ni Rajoy de pedirle que le acompañe. El todavía director gerente del FMI volverá para llevar una vida discreta y está hasta las narices de que todo el mundo hable de él. «Que me dejen en paz», es lo más suave que se le escucha.
E la nave va, mientras hay crisis en el PP balear donde se han desatado las ambiciones y las dudas permanecen abiertas en la organización catalana, a la espera de ver lo que Daniel Sirera da de sí.
Los personajes de E la nave va encontrarán un destino común, a pesar de que todos suben a la nave con un objetivo distinto. Pero el esperpento hace su aparición y entonces vemos que aquel entramado no es más que una ficción, en un espacio inexistente y a lo largo de un tiempo irreal.
Rajoy tendrá que haber cargado las pilas en Galicia para la travesía que acaba en marzo.
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