Carlos Cano decía que José Luis Balbín Meana (Pravia, 1940) es un oso pardo asturiano, y Cándido dejó escrito que era el único ser humano que, caminando en solitario por el desierto del Sáhara, era capaz de estar alegre. La leyenda de este periodista asturiano de sonrisa histórica, inmemorial, que da la vuelta al ruedo llevando a hombros una juventud mítica y secreta, no va más allá de la verdad del ser humano más libre que he conocido, y no en virtud de los privilegios del solterón que no es sino por todo lo contrario: por sus manos siempre tendidas y por su sentido de la amistad cuya fama ha llegado, formando círculos concéntricos, no sólo de Pravia a Oviedo, y de ahí a París, Berlín o Praga (escenarios predilectos de su vida profesional) sino a lugares escondidos del Tirol o de los Andes. El inventor del programa televisivo La Clave, que hoy recuerdan hasta quienes no habían nacido cuando se emitía, ha hecho más por el diálogo democrático en España que la mayoría de los santones, hoy con escaño y coche oficial, que siguen viviendo de las falsas batallitas en las que no participaron ni como furrieles (le aclaro a JLB, ya que no hizo la mili y hasta fue declarado prófugo, que el furriel es el soldado encargado de distribuir materiales y servicios entre la tropa, según los tratados de usos castrenses).
La clave de todas las claves de este inconformista fumador de pipa, tan sistemáticamente impuntual con la hora de Greenwich como exactísimo cumplidor de su tempo interior, reside en una densa cultura, más profunda que la mera respuesta a una sucesión de curiosidades periodísticas, que le ha llevado a compartir con Kapuscinski la conclusión de que siendo buena persona se vive mejor. A quien estuvo a punto de ser fusilado por los soviéticos en Checoslovaquia, en sus años de corresponsal del diario Pueblo, y salvó la vida jugándose a los chinos con un oficial, también se le puede atribuir cierta dosis de buena suerte, ese amable rostro de la existencia que hay que labrarse cada día.
De perros y de amigos es el título que le sugiero a JLB para las memorias que quizá nunca escriba en su refugio de Cudillero, y en las que figuren las historias de Xana y de Trasgu, los golden retriver que le enseñaron un nuevo lenguaje porque, según mantiene, no es que a algunos perros sólo les falte hablar sino que somos nosotros quienes debemos aprender a hablar con éllos. Y los amigos: actrices, escritores, pintores, algún político, y músicos (su pasión secreta, junto a la vocación de cómico), preferentemente bohemios y noctámbulos. Fantasmas y trepadores, abstenerse.

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