Recuerdos de un disc-jockey, de Joan de Sagarra en La Vanguardia
LA TERRAZA
El cinco de julio de 1954, un lunes por la tarde, un joven de 19 años, Elvis Aron Presley, grababa su primer disco en el minúsculo estudio de Sam Phillips (Sun Records), en el 706 de la Union Avenue, en la ciudad de Memphis. La pieza escogida para la primera grabación se titulaba Blue moon of Kentucky, una canción que Bill Monroe y sus Blue Grass Boys ya habían grabado para la Columbia en 1945. A Elvis, el chico debutante, le acompañaban un par de músicos con una cierta experiencia: Scotty Moore, a la guitarra, y Bill Black, a la batería. Aquella tarde, Sam Phillips, encontró lo que desde hacía un tiempo andaba buscando: una voz blanca con el feeling de los cantantes negros, capaz de igualar o superar al soul de los negros. Aquella tarde había nacido una voz que pronto se convertiría en un mito y revolucionaría el mundo de la música, ligera, como se decía entonces, en Estados Unidos y en el mundo entero.
Eso que ocurría en Memphis, una tarde de julio de 1954, y las consecuencias de aquella primera grabación es algo que yo no supe hasta unos pocos años después; pero lo que sí sabía en aquel verano de 1954 era la música, ligera, las canciones que triunfaban en Estados Unidos, que encabezaban las listas de los discos más vendidos. Los discos más vendidos eran Tawny, de Jackie Gleason; Songs for young lovers, de Frank Sinatra; y la banda sonora de la película The Glenn Miller story. La canción más popular era Three coins in the fountain, de la película del mismo título, dirigida por Jean Negulesco y cantada por Sinatra, que ganaría un Oscar. Los Midnighters triunfaban en el género conocido como rythm and blues; Webb Pierce, en el country y Bill Halley era la esperanza blanca del rock and roll.
Esos discos, esas canciones, esa música, las escucharía yo en mi pick-up unos meses después, a lo sumo un año después de su éxito en Estados Unidos. Los compraba en una tienda de la Diagonal que se llamaba Manhattan y ya no existe. La descubrí viendo una peli en el cine Windsor, que tampoco existe y estaba situado muy cerca de la tienda de discos. En el Windsor, antes de empezar la peli ponían algún que otro disco y una tarde pusieron uno que me gustó mucho: Vaya con Dios, my darling.Terminado el disco, en la pantalla aparecía un anuncio en el que se decía que la música que acabábamos de escuchar era una gentileza de la tienda Manhattan, y así fue como yo descubrí la célebre tienda, y ya en ella a la pareja de Les Paul & Mary Ford, la Mary Ford que cantaba Vaya con Dios, y Johnny is the boy for me y Mr. Sandman, y...
En Manhattan nació mi vocación de discjockey. Por aquellos años, mediados y finales de los cincuenta, la figura del disc-jockey profesional existía en alguna que otra emisora, pero en las salas de fiestas, en las boîtes, era toda una rareza. La música de baile era mayoritariamente en directo. Mi terreno favorito no eran las salas de fiestas -eso lo dejaba para el verano-, sino los guateques que organizaba en casa de mis padres o en las de los amigos. Para ser un buen disc-jockey había que tener una buena colección de discos -de 33, de 45 y de 78 rpm-, había que estar atento a cuanto llegaba de Estados Unidos y saber darlo a conocer en el momento oportuno, creando un clima. La escenografía era muy importante, sobre todo las luces, y luego la bebida (yo preparaba un ponche terrible). Había que trabajar con dos pickups para empalmar una canción con otra, un disco con otro. El disc-jockey apenas bailaba, pero las chicas se le acercaban para preguntarle sobre tal o cual canción, tal y cual intérprete, y así se creaba una relación que en muchos casos iba en aumento, porque las chicas te pedían que fueses a sus casas a ponerles tus discos en su habitación.
Por aquellos años, el verano lo pasábamos en la Costa Brava, en Blanes. Junto a nuestra casa, había un hotel -el Mediterráneo- que tenía una pista de baile en la playa, y en esa pista, al atardecer, me dejaban hacer de disc-jockey. Las copas me salían gratis y la verdad es que tenía mucho éxito. La pista se llenaba sobre todo de extranjeros a los que yo ponía lo último de The Four Aces, los primeros discos de Brel o el Resta cumme, de Modugno, que salió en 1957. Fue en esa pista de baile donde puse por primera vez el Heartbreack Hotel, de Elvis Presley, que había grabado para la RCA-Victor. El rock que conocíamos antes era el de Bill Haley y sus Comets, el famoso Rock around the clock y See you later alligator, que, si no recuerdo mal, debe de ser de 1956. Pero después del Heartbreack Hotel de Elvis, ya no volví a poner un solo disco de Bill Halley y sus Comets. El rock de Bill Halley era, en relación con el rythm and blues, un producto mimético, sin gracia; en cambio el rock de Elvis era creativo, original, muy potente. Por cierto, Bill Halley y sus Comets tenían anunciado un recital en Barcelona a finales de los cincuenta, pero el gobernador civil lo prohibió. En aquellos años, el rock era una música de salvajes.
Al margen del bailongo que montaba en la pista del Mediterráneo, con mi colla de Blanes también hacíamos alguna que otra party en el Club Nàutic o en la terraza de la casa de alguno de nosotros. Allí triunfaban los Platers, los primeros discos de Belafonte y el Nat King Cole en español: "Acercate más, pero mucho más, y bésame así...". Estas canciones, tan distintas de las que escuchábamos en el envelat de la fiesta mayor, donde predominaban canciones como Mirando al mar, aquel éxito de Jorge Sepúlveda, nos hacían muy felices y nos llevaban a enamorarnos con gran facilidad. Algunos de mis amores de verano de aquellos años están ligados a esas canciones. Aún hoy, cuando escucho a Nat King Cole cantar en castellano, me acuerdo de aquella chica de Madrid, Elena Arnedo, que llegó un verano a Blanes con su madre, la escritora Elena Soriano, después de recoger en París el premio extraordinario del bachillerato francés, que ella había cursado en el Lycée de Madrid. Elenita era muy mona y bailaba muy bien el agarrao.
Volviendo a aquella tarde del mes de julio de 1954, en Memphis, lo que me sorprende de aquel muchacho -con tres años exactos más que yo: ambos nacimos un 8 de enero, como mi amigo Juan Marsé- eran sus ídolos. No acierto a comprender cómo aquel muchacho que iba a revolucionarlo todo, a inventárselo todo, confesara que sus ídolos eran Dean Martin -una voz extraordinaria, pero un cantante muy comercial-, y sobre todo Pat Boone, "sin discusión la mejor voz del momento", como afirmó en 1957 ¿Quién se acuerda hoy de Pat Boone? ¿Quién se acuerda de Patti Page y de Kay Starr, las cantantes preferidas del joven Elvis Presley?
De quien nos acordamos todos es de él, de Elvis Presley, el Rey del rock, el mayor mito musical del pasado siglo. Esta semana se cumplieron 30 años de su muerte, cuando el 16 de agosto de 1977 lo encontraron en el suelo del cuarto de baño, en su casa de Memphis, con trece clases de drogas distintas en el cuerpo. Y una vez más se ha repetido el sórdido ritual de los disfraces, de las lágrimas y del morbo que rodearon aquella muerte. Sobre todo el morbo. Recuerdo que poco después de la muerte de Elvis, Billy Joe Burnette sacó un disco -Welcome home, Elvis- en el que Burnette interpretaba el personaje del hermano gemelo de Elvis, Jesse Garon, muerto al nacer, y en la canción le daba la bienvenida a Elvis en el más allá: "Donde mamá te está esperando, Elvis. Sí, Elvis, mamá está aquí, y pronto vendrá papá y nos cogerá de la mano y juntos volveremos a ser una familia feliz". Elvis murió a los 42 años y su voz sigue viva. Para mí, ese chico nacido en Tupelo -¿una premonición?-, en el Mississippi, siempre fue un misterio. Y sigue siéndolo.
P. S.: Mucha gente en Gràcia, mucho ruido, pero qué bonita que han dejado la calle Verdi entre Rubí y Providència. Los vecinos la han decorado inspirándose en la famosa carretera 66, que atravesaba Estados Unidos, desde Chicago hasta Los Ángeles. Una carretera muy rockera, con mojitos a cinco euros, que para mí se ha hecho muy cortita. Termina en la esquina de Rubí, donde había -todavía lo hay- el bar de la señora Filomena, famoso por su saitó, y momentáneamente convertido en un decorado de western.
