La crisis que ha vivido en las últimas semanas Cataluña no es nueva para los madrileños. Ellos la vivieron hace algunos años. Eran los tiempos en los que las inversiones más importantes se destinaron a Cataluña para preparar la Olimpiada.
Hacía poco tiempo que un insigne urbanista, y luego consejero socialista, Eduardo Mangada, había vaticinado que Madrid no iba a crecer más. La ciudad y la Comunidad no hicieron caso a Mangada y crecieron.
Los atascos eran insoportables, el Metro estaba muerto (no se abrían estaciones), Cercanías eran una revuelta constante y la velocidad de los autobuses de la EMT era la de las tortugas.
Los ciudadanos se revelaron y tomaron las vías lanzándose a los andenes para cortar el tráfico de los trenes. La carretera de La Coruña era un tapón total y los yuppies que se habían ido a vivir a Las Rozas y Majadahonda buscaron casa en Madrid.
Felipe González, Joaquín Leguina y Juan Barranco, los tres en el poder, se dieron cuenta que el problema se les iba de las manos y se aprobó el Plan Felipe. Las carreteras comenzaron a ampliarse, se invirtió en Cercanías y se pusieron en marcha políticas de movilidad.
Madrid recuperó parte de lo perdido. La llegada de Alberto Ruiz-Gallardón fue muy imperante para la Comunidad. Construyó más Metro y carreteras.
Esperanza Aguirre aumentó el esfuerzo inversor y se han abierto más estaciones de Metro, se han construido más carreteras e incluso se ha querido pagar la ampliación de Cercanías.
Pero en el Gobierno central hay una ministra, Magdalena Alvarez, que está empeñada en seguir las enseñanzas de Mangada y no ha iniciado una sola infraestructura en toda la legislatura. Dentro de unos años, los problemas de Cataluña se repertirán en Madrid.
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