El País Vasco avanza con pie firme hacia el pasado, de Roberto L. Blanco Valdés en La Voz de Galicia
Odón Elorza, alcalde socialista de San Sebastián, debe ser ya el único español que cree, o finge creer, que quienes siembran la violencia en las calles del País Vasco y de Navarra son «quince chavales con capuchas», que actúan por su cuenta con la simple intención de causar mal.
Aunque conocemos a Elorza desde hace mucho tiempo, y sabemos de los equilibrios que se ha impuesto para estar entre los que defienden el cumplimiento de la ley sin molestar demasiado a quienes viven de violarla, su teoría de los gamberros con capucha es una forma ominosa de cerrar los ojos ante una evidencia incontestable: que la violencia callejera ha formado siempre parte de la estrategia política de ETA, que la maneja a su antojo al servicio de sus concretos objetivos.
Son esos objetivos los que han llevado a ETA, según hemos sabido en estos días, a ordenar que se intensifique la violencia, como un medio para compensar las dificultades que está encontrando para hacer trágica realidad el atentado que lleva semanas persiguiendo. Pues dicho y hecho: los ataques crecen a ojos vista en cantidad y virulencia. El miércoles resultó herido un ertzaina al intentar impedir que los de la gasolina dieran fuego a un autobús. Ayer una dotación de la policía autónoma fue agredida con cócteles molotov arrojados al paso de un furgón.
Pero no es sólo, en todo caso, la desasosegante certeza de que la violencia callejera ha vuelto con la intención de quedarse mientras a ETA le interese lo que nos coloca de nuevo ante un escenario que los optimistas antropológicos daban ya por desaparecido. Ese escenario lo completan otros datos que no constituyen, por desgracia, ninguna novedad.
La pasividad de la policía vasca es el primero. Siguiendo órdenes superiores, la Ertzaintza da una de cal y ora de arena: detiene a los violentos unas veces y otras no; cumple las órdenes de los jueces en unas ocasiones y las incumple en otras con toda claridad. El resultado de esa especie de política policial del gato y el ratón es conocido: reforzar la sensación de impunidad de los violentos, que actúan a sabiendas de que quien da las órdenes a los que visten uniforme -el Gobierno peneuvista- siente una irrefrenable simpatía por su causa.
Una causa a la que le ha salido un nuevo valedor, Acción Nacionalista Vasca, que hace ya dentro de la ley -porque quien se lo debería impedir se lo permite- lo mismo que hizo durante años Batasuna. Ese es el dato más relevante para definir el nuevo escenario que se ha instalado en el País Vasco tras la ruptura de la tregua: que, como era previsible, ETA tiene ya otra vez, en ANV, el partido legal que dejó de tener el día que se puso fuera de la ley a Batasuna.
