Algunos analistas creen que la medida tomada este viernes será insuficiente para atajar el problema

El miércoles 15 de agosto, en medio de una semana tumultuosa para los mercados financieros internacionales, William Poole, uno de los 12 hombres responsables de fijar los tipos de interés estadounidenses, negó importancia al temor de que la crisis del mercado de la vivienda en EEUU fuera a arrastrar a la economía norteamericana y afirmó que tendría que producirse «una catástrofe» para que el banco central se sintiera empujado a reducir los tipos de interés con carácter urgente. Menos de 48 horas después, la catástrofe se había producido. Llegaba la hora de la verdad para el presidente de la Reserva Federal (Fed), Ben Bernanke.

El viernes, antes de la apertura de Wall Street, la autoridad monetaria se vio obligada a intervenir para tranquilizar unos mercados financieros mundiales presa del pánico. Al tiempo que diagnosticaba que los riesgos para el crecimiento de la economía se habían «incrementado de forma considerable», la autoridad monetaria reducía su tipo de descuento para los bancos con problemas de liquidez para prestar dinero. Y dejaba caer que reducirá los tipos de interés oficiales en su reunión del mes que viene.

A este lado del Atlántico, el Banco Central Europeo (BCE) ya había dejado claro que el incremento de tipos previsto para septiembre está en cuarentena. Y aunque el Banco de Inglaterra ha guardado silencio, se ha enfriado la perspectiva de que encarezca el dinero hasta el 6% de aquí a final de año. Para Nick Parsons, director de estrategia de mercados de NAB Capital, «la Reserva Federal tenía que dejarse ver haciendo algo, en respuesta a la incapacidad de los mercados de dinero para reaccionar».

«Reducir el tipo de descuento tendrá un impacto escaso a efectos prácticos pero prepara el terreno para una reducción de los tipos de interés el 18 de septiembre», explica. Para los operadores de Londres y Nueva York, la decisión de la Reserva Federal ha sido como un reconstituyente absolutamente necesario al final de una semana de negros augurios. Pero no está claro que la medida sea suficiente para solventar la crisis.

Desde el lunes, se habían alimentado esperanzas de que las grandes liquidaciones de posiciones de las semanas anteriores no hubieran sido más que incidentes momentáneos y de que los precios volverían a retomar su implacable marcha alcista.

Estas esperanzas fueron efímeras. Goldman Sachs, el banco de inversión con los mejores resultados de Wall Street, anunció que tenía que asignar 3.000 millones de dólares (más de 2.200 de millones de euros) para cubrir las pérdidas registradas por uno de sus hedge funds. Como muchas otras firmas, el fondo de Goldman se había visto atrapado por la crisis del mercado de la vivienda de Estados Unidos.

Al día siguiente, llegó otra señal de alarma desde Merrill Lynch. La firma aseguró que Countrywide -la mayor institución financiera del mercado hipotecario estadounidense- podía quebrar si la crisis de la vivienda seguía empeorando. Los comentarios coincidieron con estadísticas oficiales que indicaban que el inicio de la construcción de viviendas en los EEUU estaba en las cifras más bajas de los últimos 10 años.

El jueves resultó ser el momento crucial de la semana. Hasta entonces, Wall Street había estado especulando con que Bernanke terminaría haciendo lo mismo que su antecesor, Alan Greenspan, había hecho siempre cuando los mercados financieros se encontraban en dificultades: reducir los tipos de interés de manera agresiva para restablecer la confianza (lo que había llegado a conocerse como el toque de Greenspan).

Tras las palabras del señor Poole, esas esperanzas se evaporaron. Dio la impresión de que la Reserva Federal no estaba ya dispuesta a suministrar dinero barato para facilitar la marcha de Wall Street como de costumbre. Parecía que, en su lugar, el banco central se sentía satisfecho de ver que los inversores sufrían un poco de mono. El impacto en los mercados fue inmediato y espectacular.

Algunos analistas sostienen que el giro de 180 grados de la Fed es un indicio de que las cosas estaban todavía mucho peor de lo que se pensaba. «La Reserva Federal ha reducido su tipo de descuento en 50 puntos básicos y ha acompañado su decisión con una declaración sobre las condiciones del crédito que se puede interpretar como el diagnóstico de una enfermedad terminal. Podemos optar por una de estas dos explicaciones: o uno de los grandes bancos atraviesa dificultades muy graves o bien se trata del toque Bernanke en todo su esplendor», señala Jim Wood-Smith, director de estudios de Williams De Broe.

«El mercado se ha inclinado por esto último. Es decir, no se preocupen ustedes por la crisis de los préstamos hipotecarios porque el tío Ben nos va a echar un cable. Es previsible que suba la Bolsa y se hunda el yen», añade. «Pero quizás eso no dure mucho tiempo».

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