TRIBUNA

Las comparaciones entre países permiten observar las diferencias en las formas en que les afecta ese fenómeno aparentemente común de la globalización, evaluar las razones de las diferencias e intentar detectar pautas comunes. Permítanme unos comentarios sobre Argentina, tan lejana geográficamente como cercana en otros muchos aspectos.

Tras la crisis de 2001-2002, las tasas de crecimiento están siendo en los últimos años muy notables. Contribuye a ello de forma primordial su tradicional fuente de riqueza: su espectacular dotación de recursos naturales, que registran una enorme demanda incrementada por las de los países emergentes, especialmente los asiáticos. A las producciones agrícolas y ganaderas se superponen ahora las petrolíferas y las asociadas a las "nuevas utilizaciones" con fines energéticos y biotecnológicos. Las pautas de crecimiento de los países emergentes son tan intensivas en recursos naturales y otras materias primas como los procesos de crecimiento de los países avanzados, y la elevación que ello supone de los precios de muchos de estos productos tiene un "efecto riqueza" notable sobre países productores como Argentina. Al final tendrán razón quienes sostienen que aunque la globalización se asocia a innovaciones que resaltan activos "intangibles", "inmateriales" o "virtuales", sigue siendo cierto, como nos recuerda la clásica canción de Madonna, que éste es un "material world".

Pero este aspecto esencial de la recuperación argentina presenta aspectos polémicos. Por un lado, la tendencia a la apreciación de la moneda, resistida por las intervenciones en el mercado de divisas para "frenar" su revalorización. Es comprensible que tras la experiencia desastrosa de los efectos de una "apreciación real" del tipo de cambio argentino en la fase final de la convertibilidad - en que los empresarios argentinos constataron como un tipo de cambio "nominal" fijo puede dar lugar a enormes pérdidas de competitividad en ausencia de mejoras de la productividad- ahora se prefiera una moneda algo más depreciada de lo que determinaría el libre juego de los mercados de divisas, siguiendo en alguna medida el modelo chino. La acumulación de reservas internacionales que generan las intervenciones para limitar la apreciación generan, en menos escala que el caso chino, el debate acerca de qué utilización darles y cómo pueden dificultar el control monetario y de una inflación acerca de la cual se discute hasta qué punto las "medidas oficiales" son un indicador realista de la verdadera evolución del "coste de la vida".

La cuestión de fondo es en qué medida se aprovecha la actual bonanza y los recursos que genera para invertir a fondo en la modernización de los fundamentos económicos, sociales y políticos del país y la sociedad. O si, por el contrario, se vuelve a caer en la "maldición" de utilizar los abundantes recursos naturales, de forma más improductiva incluso, para perpetuar con demagogias un entramado institucional manifiestamente mejorable. Un mal síntoma al respecto es la inoperancia exasperante para resolver determinados problemas relacionados con el transporte y el suministro energético. Aunque esos problemas no son privativos de Argentina…

JUAN TUGORES QUES, catedrático de Economía de la Univeristat de Barcelona (UB).