EL RUNRÚN

Cuando el mono estira el brazo hacia el plátano siente más placer que cuando lo coge. Experimentos científicos han demostrado que segrega más dopamina al ir hacia el fruto deseado que al alcanzarlo. Eso le pasa al mono. Imagínate a ti, que con tu cerebro sofisticado quizás has hecho que el camino hasta tu plátano sea mucho más largo, trazándolo con mucha antelación, recorriendo una y otra vez el itinerario lento y anhelado de tus dedos en tu imaginario. La sustancia, ya nos habíamos dado cuenta, estaba más en la idea que en la cosa.

Desear es placentero en sí mismo. ¿Puede entonces disfrutarse del deseo como tal, sin la necesidad de realizarlo? ¿Podría uno quedarse ahí, regodearse en esa línea inagotable? ¿Llevar la cerilla encendida en la mano sin llegar a prender ese papel que sabes que con el fuego está destinado primero a arder y luego a extinguirse? Seguramente desear lleva implícita la necesidad de realizar ese deseo. Yes probable que sea necesario ir comiéndose plátanos para seguir deseándolos, para que el deseo no se transforme en ansiedad o en locura o en enfermedad.

Una vez Van Gogh deseó tanto pintar que pintó encima de uno de sus cuadros. Como no le llegaban las telas que le mandaba su hermano, hemos sabido hace poco que no le importó ocultar Vegetación salvaje debajo de Barranco.Las ganas de pintar, el movimiento incontenible de sus pinceles en el lienzo, estaban por encima de la propia obra.

De otra manera, también en la música la belleza está en los recorridos, en las transiciones, en el hilo delicado que une un tema musical con otro. En los compases que entrelazan las melodías, más que en la creación de las melodías en sí. Se enseña en el estudio del contrapunto que cualquier tema puede ser hermoso; el arte está en unir, caminar, hilvanar. Esa tierra de nadie es la que puede esconder la médula del asunto, la que diferencia a un compositor de otro. La que hace que la escucha del Arte de la fuga de Bach sobrecoja y al mismo tiempo provoque una poderosa sensación de equilibrio, como si esos sonidos armonizaran misteriosamente con el mundo o con el cuerpo o con la respiración. Ese paso sutil de cualquier nota de cualquier acorde que desemboca necesariamente en otra, y así sucesivamente. El secreto está en el hilo.

Mientras vamos hacia un sitio, estamos rabiosamente vivos. Es el impulso, tan estimulante. Cuando uno viaja, ese espacio de tiempo en el que no está allí ni aquí, algo pasa en la cabeza que le sitúa en otra dimensión. El poder de la imaginación proporciona placeres profundos. Es un espacio de vida enérgico el que nace del puro inventar, quizás tan valioso como la vida misma.

La idea del encuentro con el otro amado palpita en la yema de los dedos, recorre las venas, emociona, emborracha. Contenemos un yo que hace cosas y otro que las inventa. Tener la osadía de desear sin miedo, saborear esa idea suspendida en el aire, puede proporcionar minutos de vida de una gran intensidad. Minutos que uno guarda dentro del pecho, y ahí quedan.

Dice Espinoza que el deseo es la naturaleza misma de cada uno. Alguien dijo que el deseo es la verdadera manifestación de estar vivo. Después llegó el mono y lo demostró.