San Roque, de Antonio B. Ochoa Rodríguez en La Nueva España
Hace años, antes de que se popularizaran las discotecas, discopubs y otros antros donde gente enlatada intenta bailar al compás de música enlatada, el calendario veraniego estaba lleno de fiestas campestres a las que peregrinábamos alegres los jóvenes de entre quince y setenta de los alrededores. Y la mayor y más famosa era la de un peregrino como nosotros, aunque más santo: San Roque en Tineo. Es ésta, además, una de las pocas que ha sabido resistir el paso del tiempo, conectando con las nuevas generaciones.
Porque las fiestas de prao son muy especiales y requieren una preparación más concienzuda que las otras. El campo es muy bonito, pero carece de muchas de las comodidades a las que nosotros, los urbanitas, nos hemos acostumbrado. Para empezar, el aire acondicionado funciona siempre en modo intemperie, disminuyendo notoriamente la temperatura según avanza la noche. La verdad es que si usted tiene menos de veinte años y calor corporal suficiente para asar castañas en el regazo, no tiene por qué preocuparse y si es de los que se pasan bailando y bebiendo toda la noche, tampoco. En caso contrario, es muy conveniente llevar ropa de abrigo y, créame, cuando digo abrigo lo digo en serio.
Otro asunto que se debe tener previsto es el aprovisionamiento. Aunque Tineo es tierra de excelentes restauradores, no es fácil desplazarse desde el lugar de la fiesta hasta sus locales. Existe, por supuesto, la posibilidad de ir a cenar antes o de salir cenado de casa, pero se pierde uno de los placeres de estas fiestas: las meriendas de familia o de amigos. Estas reuniones culinarias son especialmente divertidas si se va como invitado, categoría que recomiendo para iniciarse en tales menesteres. Para ello sólo necesitará buen humor, buena navaja y buena capacidad estomacal. Si ya tiene invitación, ¡que aproveche!, y si no, ¡no desespere! A una hora apropiada (cuando esté cenando la mayoría) cruce como sin querer por la zona luciendo su mejor sonrisa. Raro será que no haya algún conocido que le ofrezca unirse al jolgorio. Que ya ha pasado dos veces y nadie le ha dicho nada, ¡tranquilo! Vaya pensando en ampliar su vida social e inténtelo una vez más, esta vez con cara de pena. Los tinetenses son gente de buen corazón y alguno sentirá lástima. Si tampoco así lo consigue, ¡qué le vamos a hacer!, lo suyo no son las relaciones públicas; cómprese un bocadillo y el próximo año traiga merienda.
Porque, claro, habrá ocasiones en las que tenga que proveer usted la comida. Recuerde que debe llevar usted de todo, desde los cuchillos (hay gente que va por el mundo sin navaja para el lacón) hasta las servilletas, pasando por el pan, la bebida, los vasos (hay tipos muy escrupulosos), en fin, todo. En cuanto al cálculo de las cantidades hay un método muy sencillo: cuente las personas que sabe seguro que van a ir, multiplique por cuatro, añada un poco para que sobre y ya está. Recuerde que ningún anfitrión triunfa a menos que al abrir las cestas todos le digan aquello de «¿Dónde vas con esa locura de comida?». Sobre lo que se debe llevar, sólo un consejo: aunque los cangueses y los tinetenses no siempre se han llevado bien, el vino de Cangas y el chosco de Tineo hacen una mezcla excelente.
