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El carné por puntos ha contribuido a reducir el número de accidentes y es, por tanto, una medida acertada. Cualquier endurecimiento de las sanciones es un acierto. Y cuanto más duro, más acierto. Sólo hay que deducir lo que sucedería si el que infringiera los límites de velocidad perdiera el carné de por vida. Los accidentes disminuirían hasta el punto (concédaseme) de que ni falta haría mejorar las carreteras. La pregunta es por qué no se aplican este tipo de endurecimientos, dado que en este año han muerto ya más de 2.000 personas en las carreteras españolas. La respuesta, breve y seca, es porque 2.000 personas aún no valen la pena, nunca mejor dicho.
Todas las discusiones sobre el tráfico padecen de esta gran hipocresía central. Porque contra lo que se dice, un gran número de esas muertes son evitables. Basta que los ciudadanos renuncien al fragmento de feliz libertad que supone infringir escrupulosamente las normas. La libertad es un asunto muy complejo. Hay quien prefiere que otros mueran en un atentado antes de que a él le registren su equipaje en el aeropuerto. Si los ciudadanos no respetan las normas de tráfico es porque, de momento, les sale a cuenta. ¡Ahí es nada, llegar antes, reventar de adrenalina en la curva o experimentar la invulnerabilidad, realmente prodigiosa, de conducir borracho! Estas experiencias no son, en absoluto, despreciables y hay muchos hombres dispuestos a pagar por ellas. El precio no es jamás la propia vida, que nunca entra en la subasta por obvias razones psicológicas. El precio es el castigo. Por el momento, el castigo transige con 2.000 cadáveres.
El número de víctimas de tráfico se ha reducido paulatinamente en los últimos años. No es previsible que la tendencia cambie, aunque la disminución seguirá creciendo, al ojo humano, como la hierba. Cíclicamente, y coincidiendo con repuntes azarosos (plenamente compatibles con la tendencia), los comentaristas exigirán soluciones. ¡Dos mil muertos!, clamarán. Y las autoridades, sobre todo en periodo electoral, tratarán de hallarlas confiando en el efecto (tan útil para aterrorizar a los prudentes) de la concienciación mediática. Hasta aquí todo normal, y propio del efecto acción-reacción que vincula el periodismo y la política. El problema, sin embargo, es que a diferencia del cambio climático o las infraestructuras de la ciudad de Barcelona, en este caso sí existe la solución rápida, concluyente y mágica. Se llama represión. Pero, como en otros casos, sólo a las víctimas les sale a cuenta.
(Coda: «En 2000, más de 1,2 millones de personas murieron por accidentes de tráfico, la novena causa de muerte en el mundo. A pesar de que los vehículos son ahora cuatro veces más seguros que en 1970 y se ha reducido en un 50 % el número de muertes en la UE desde esa fecha (periodo durante el cual el volumen de tráfico se ha triplicado), los accidentes provocan más de 40.000 muertes al año en Europa.) (www.portalciencia.net)
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