TESTIGO IMPERTINENTE
Rigoberta Menchú es uno de los personajes más controvertidos de Guatemala y de parte del extranjero
Aunque dicen que la tele engorda, lo de Borja Thyssen es demasiado
Si yo fuera Vasile o Carlotti, ofrecería un programa presentado únicamente por heterosexuales
A estas alturas del verano, me entra el síndrome Cabo Cañaveral y no paro de contar los días que faltan: cuatro, tres, dos, etcétera. No es nada raro. Lo mismo que hago yo antes lo han hecho otros esperando sus vacaciones. A día de hoy (octavo en la cuenta atrás), apenas quedan personajes en mi mochila. Si la crónica sale, será un milagro. Agosto estalla en fantasmas. Puede ser una ilusión óptica, un trastorno neuronal, un espejismo producido por el efecto invernadero. Pero no sólo yo veo la realidad distorsionada. Acabo de saber que Rigoberta Menchú fue expulsada de un hotel de Cancún donde participaba en una asamblea de agua potable por invitación del presidente mexicano. Dicen que la pusieron de patitas en la calle al ser confundida con una vendedora ambulante. Aún conociendo la afición de Rigoberta por los trajes de lagarterana, la noticia me descoloca.
Rigoberta es uno de los personajes más controvertidos de Guatemala, su país. Y no sólo de Guatemala, sino también de parte del extranjero. Allí donde va, le dedican una batería de murmuraciones. Hace años, en el aeropuerto de Miami, yo misma pude ver cómo la abucheaban porque compraba una colonia de marca. Mucha gente no acepta que la Menchú pise un hotel de cinco estrellas o se perfume con unas gotas de Chanel nº 5 (que no me consta, como tampoco me consta que la colonia comprada en el aeropuerto de Miami fuera para su uso personal). Tal vez Rigoberta no sea un angelito maya, por muchos huipiles que se calce, pero no come niños crudos ni es responsable del genocidio que los militares infligieron a su pueblo.
Mientras se resuelve el enigma de Rigoberta Menchú, me detengo en Sara Montiel, que la otra noche desparramó su cuerpo en la discoteca Olivia Valere (así me gusta, sin complejos). También contemplo a Borja Thyssen. El sí es una distorsión producida por los espejos cóncavos de la vida. Ahora lo estoy viendo en la tele. Aunque dicen que la tele engorda, lo suyo es demasiado. Los cronistas cuentan barbaridades de él. Entre los que le dedican comentarios perplejos, hay uno que salió del armario disparado con catapulta. No tiene desperdicio.
Esa es otra: si yo fuera Paolo Vasile, o Carlotti, o incluso Luis Fernández, ofrecería un programa de televisión presentado únicamente por heterosexuales. No digo que me molesten los gays, pero los gustos de la población alternativa también merecen ser tenidos en cuenta. Con tanta tableta de chocolate, tanto trasero prieto y tanto paquete obvio, se echa en falta un poco de guasa testosterónica, el aire desmadejado y la barba de dos días. En otras palabras: Christian Serrano al poder. O al prime time.
Según la prensa del ramo, Borja ha aplazado su boda con Blanca Cuesta, y no precisamente por cuestión de pelas. El mosqueo se ha apoderado de Tita (nadie entiende tanto a Blanca como Tita), que ha parado los preparativos del enlace. La pareja ya no podrá utilizar la casa de Lugano para el evento. Tito Thyssen, la criatura/fenónemo que se mete anabolizantes hasta en el carné de identidad, tendrá que buscarse otro escenario y otro catering si quiere montar el numerito de la boda y venderlo en Hola. Su madre no va a ponérselo fácil. Blanca Cuesta ha logrado domesticar al novio ignorante, pero las suegras saben latín. Que se lo digan a Tita.
(Notas en la moleskine: aquí Marbella, donde, por cierto, languidece una mansión de hechuras jamaicanas que los barones construyeron en los años de esplendor gilista: las cenas -y los ardores de estómago- están en su momento álgido. Hoy toca parada y fonda en la montaña, y, cuando digo la montaña, me refiero a una elevación natural de terreno. Allá voy. Rodeo El Batatal, una finca que ocupa toda una montaña y pienso en Dios, el origen de la propiedad. Lo más parecido a Dios es un jeque árabe. En El Batatal, el hermetismo alimenta el misterio. Aquí nada trasciende. El jeque siempre está envuelto en noche.
Al final de El Batatal, surge una urbanización (y luego otra, y otra más, y las que sean). Las casas se esconden en los repliegues del terreno y forman caprichosos escondites. En uno de esos escondites está mi cena (a la que llego gracias a un GPS que tengo incrustado en la oreja, a modo de microchip). En el jardín, música latinoamericana, velas y gente cuyos nombres conozco, aunque no siempre trato. Algunos incluso son amigos míos. Andrés Hurtado de Mendoza, de cuya santidad disfruto con frecuencia, trata de amansar mi inquietud. Quiere que me reconcilie con la ciudad, aunque la ciudad no se reconcilie conmigo. Si lo dice Andrés, habrá que hacerlo. La música da buen rollo, pero las risas tardan en llegar. Saludo a Beba Longoria, que no es hermana de Eva, y a Gabriel Camuñas, que fue hermano de Nacho 'de noche'. Pepe Gandía, el rey del espárrago, prodiga atenciones entre las señoras hasta que aparece Macarena como recién bajada de un paso de Semana Santa, y monta una saeta. Con José Luis Mugira me explayo hablando de Gehry y su hotel fusión en La Rioja alavesa. Confundo a Mar Vaquero con la novia de Bisbal. La noche es de Lita Trujillo, de los Andión (Patxi y Gloria), de los Sherman, de María Odette Arzu, que ha alcanzado cotas altas de bravura. Y de Ramses.
© Mundinteractivos, S.A.

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