Xuan Bello, de Faustino F. Álvarez en La Voz de Asturias
Un retrato del escritor Xuan Bello (Paniceiros, Tineo, 1965) podría ilustrar un libro de mitología asturiana, con los ojos vivaces y la ironía aflorando en los labios, entre cuélebres y xanas salpicados por el agua de los riachuelos. También se le ha visto como modelo de los canteros de los monasterios románicos, con orgías burlonas de sátiros y arcángeles en los capiteles, o asomado al Sena desde una gárgola de Notre Dame. El autor de Historia universal de Paniceiros está herido por sus raíces como un sefardí o como un palestino, y sus coplas de ciego son el romance de la niñez en la arboleda, cuando aprendía a hablar y aún nadie se había muerto, y aquel mundo de afectos en que las frutas tenían sabor, y XB jugaba con su hermana Maya y con Xuanín de Xuan Ferrán y con Zoilo la Fonte, que eran los únicos niños del Macondo vaqueiro que hoy se rebela contra los éxodos y los vientres secos como un cementerio imposible. El escritor milita en la cofradía de lo autobiográfico, y en sus relatos de Les Noticies practica la acción a quemarropa del periodismo sajón mezclada con la implicación sentimental de aquel al que nada le resulta ajeno, ni la muerte de un jabalí atropellado ni el sistema métrico decimal.
Estamos ante un caso poco habitual de narrador del que todos hablan bien, hasta quienes no lo han leído, quizá porque su talento incluye una cordialidad de voz baja y paciencia franciscana en una sociedad fatigada por los tenores de las predicaciones y por los malheridos del vértigo egoísta. Da la impresión de que XB nunca tiene prisa, aunque la procesión vaya por dentro, y escucha antes de hablar, y habla lo justo. Si el planeta tuviese una docena de habitantes, a XB le sobrarían argumentos para narrar con toda precisión el realismo de sus sueños. Milita en un relativismo espiritual que atribuye al carácter asturiano: nos enseña que nada dura, nada hay seguro, nada permanece, nada desaparece para siempre, y los anfibios son los primeros que han aprendido, aunque el cielo eche agua a jarros, que nunca llovió que no parara.
Al escritor lo quisieron meter en política, en la candidatura del PSOE por Oviedo, y huyó a tiempo. Hubiese sido un edil heterodoxo y descabellado que piensa, por ejemplo, que Roma sigue siendo la capital del mundo, pese a los vanos y megalómanos intentos de Nueva York. Está atento a las obras de su casa de Caces, frente a Las Caldas, como si cada habitación fuese un relato, y los albañiles mezclasen ladrillos indeterminados y adjetivos concretos. Remata otro libro, La historia escondida , y no se oculta.
